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El acontecimiento más ilustrativo de la semana que pasó tal vez haya sido la movilización de la CGT hasta Plaza de Mayo, en abierta protesta contra la política laboral del Gobierno de Javier Milei.
No fue un acto multitudinario, ni pasará a la historia, seguramente, como los grandes hitos de la lucha obrera.
"Se terminó la paciencia, señor presidente", enfatizó el camionero Octavio Argüello, uno de los tres secretarios generales de la histórica institución. Jorge Sola, otro de los secretarios, prometió "una medida de fuerza mucho más fuerte" y añadió que "se percibe el malhumor social",
Es cierto que el malhumor social existe, y lo reflejan los análisis de la opinión pública, realizados por distintas consultoras que coinciden en una tendencia de la opinión de la que el oficialismo no se hace cargo, aunque, tarde o temprano, puede costar caro.
Pero también es cierto que se percibe que los sindicalistas no representan a quienes experimentan ese malestar. Algo lógico, por otra parte, en un país donde los gremios les cobran cuota a todos los trabajadores, aunque no estén afiliados; donde los dirigentes están politizados al extremo, pero ya sin Juan Domingo Perón, ni el carisma de Ubaldini o la autoridad de Lorenzo Miguel. Sobre todo, porque la misma confederación se parece más a una gigantesca unidad de negocios que a una organización de lucha por los derechos laborales. A la inmensa mayoría de los trabajadores en actividad que cobran en negro, la CGT les dice poco y nada.
Representación distorsionada
La Confederación General del Trabajo fue creada por Juan Domingo Perón para brindarles a los trabajadores voz y presencia política.
Hoy, esta, como muchas otras formas de representación, se van disolviendo en el tiempo, justamente, por la dinámica de la historia, los cambios en el sistema productivo y las estructuras sociales, que van entrando en la obsolescencia. Es la democracia misma la que hoy se debate sobre su futuro, que le demanda crear un sistema idóneo y efectivo contra la corrupción que es una lacra que atraviesa gobiernos, ideologías, partidos y países.
Una democracia que vuelva a poner al ser humano, con todos sus derechos, en el centro de la agenda política. Hoy no ocurre. Y por eso, el desarrollo (salvo el tecnológico) parece estar afuera del horizonte.
Gran parte de la descomposición del empleo real en la Argentina se produjo desde la crisis de 2001 en adelante. Todos los intentos por restaurar viejos derechos e incorporar nuevos chocaron con la ausencia de visión política de gobiernos y partidos. Todos observaron la realidad a través de un prisma de supuestos ideológicos, y ese prisma dificulta la mirada y suele limitar la percepción de lo humano a la del votante.
El Congreso y otro bochorno
Desde esta perspectiva, el espectáculo ofrecido por los diputados y el gobierno, el miércoles, fue no solo bochornoso: fue desalentador. El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, impermeable a la opinión pública, no estuvo en condiciones de dar alguna respuesta esclarecedora sobre los hechos de corrupción que se le imputan. La presencia del presidente Javier Milei y su comitiva de ministros y asesores derivó en otra muestra de agresividad, impropias del espacio donde se encontraban, el Parlamento de la República, dirigidas a periodistas y legisladores. Del otro lado, los diputados optaron por hacer de la sesión un acto de campaña, que solo dio lugar al intercambio de agravios y auna muestra más de que los problemas reales de la gente, que son muchos e importantes, importan menos que ganar cámara.
¿Qué posibilidad existe de que esta gente ofuscada pueda ver con claridad el futuro?
Acreditados expulsados
Aunque hay muchas señales de dificultades y retrocesos en la microeconomía, que justamente resta apoyo y debilita la confianza en el proyecto libertario, Milei, aferrado al dogma libertario, pretende atribuir la culpa del malhumor y de la paciencia que se agota a los medios de información.
La prohibición del ingreso de los periodistas acreditados en la Casa Rosada -levantada el jueves a la noche- es una decisión inédita en la historia argentina. Objetivamente, es la negación explícita del principio republicano expresado en los días de la Revolución de Mayo: "El pueblo quiere saber de qué se trata".
La motivación argumentada es insostenible: un complot ruso destinado a desacreditar a Javier Milei y que operaba comprando periodistas para que publicaran notas adversas.
El complot ruso es probable, pero no usa periodistas profesionales.
Vladimir Putin es un experto en la utilización de datos, redes e inteligencia artificial y sus equipos lo pusieron en práctica, por ejemplo, para golpear a Europa influyendo en el plebiscito que decidió que el Reino Unido abandonara la Comunidad Europea. Y, también en ese mismo año 2016, operaron a favor de Donald Trump contra Hillary Clinton en las elecciones presidenciales. Todo desde Moscú, a través de distintas plataformas digitales. El ruso Dmitrii Novikov, detenido en Lanús, lo que demuestra es que los servicios de Inteligencia argentinos no funcionan. Novikov, efectivamente, tiene antecedentes. Pero nadie lo detectó al ingresar al país. El argumento contra los corresponsales es una falacia. Quienes ejercemos el periodismo lo sabemos, porque los conocemos. Y el servicio de Seguridad Presidencial, también.
Aferrados al dogma austríaco
Es evidente que el presidente Javier Milei está resuelto a sostener su defensa del equilibrio financiero con uñas y dientes. Su visión de la realidad política se apoya en una fórmula que él simplifica como "motosierra". Pero no aparece en ese proyecto economicista, una mirada acertada de la realidad social.
La política se sostiene en la confianza de la sociedad, y en las seguridades que puedan brindarle la Ley y el Estado. Si la gente no ve soluciones a mediano plazo, el equilibrio fiscal, a la larga, también será insostenible.