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La oleada de críticas y descalificaciones, absolutamente sesgadas y sin fundamento, contra la Argentina y los argentinos, a partir del Mundial de fútbol, es difícilmente explicable. Actores destacados, comentaristas deportivos, intelectuales, músicos y algunos medios internacionales han acusado a nuestro país de racismo y segregacionismo, sumándose así a la pirotecnia irresponsable de usuarios de redes que se multiplica exponencialmente cuánto más agresivos son los mensajes y más violentas las respuestas. En este punto, conviene seguir el consejo de los jugadores argentinos que regresaron a sus barrios y, en términos simples, aconsejaron no sumarse a ese escándalo. Y agradecer la defensa que hicieron muchos extranjeros que viven en Argentina.
No conviene ignorar que existen regímenes políticos que usan inteligencia artificial para introducir conflictos y polémicas a través del flujo digital, con el objetivo de obtener determinados réditos, incluidos, el de alterar la vida en los países occidentales sin conflictos militares.
Como contrapartida, en los dos últimos mundiales, la magia y el carisma de Lionel Messi, el compromiso de los integrantes de nuestra selección y las pintorescas celebraciones de los simpatizantes argentinos generaron una inédita empatía popular en muchos países.
No es solo simpatía futbolera, sino que es el reflejo de un país extraordinariamente inclusivo, en un mundo donde la inmigración altera la convivencia. Y donde el incremento de personas que huyen de sus tierras para escapar de las guerras, de dictaduras genocidas, de sequías o de la pobreza viene multiplicando los conflictos xenófobos.
El calificativo de "racistas" es injusto, e incompatible con la historia argentina. Racismo no es la actitud displicente de algún grupo aislado para atacar o descalificar a personas de otro credo, otra ideología u otra nacionalidad. Racismo es la negación al otro del derecho a existir.
La Argentina es inclusiva, simplemente, porque abrió las puertas de par en par a los extranjeros y, especialmente, porque una de las primeras medidas del primer gobierno patrio fue declarar la libertad de vientres y cortar de raíz el negocio de la trata de esclavos.
Nuestra realidad poblacional actual es el fruto de la integración progresiva entre nativos e inmigrantes, incluidos los descendientes de africanos, a lo largo de cinco siglos.
La legislación vigente permite el ingreso sin visa a los viajeros procedentes de más de 120 países. Muchos estudiantes de países vecinos estudian en las universidades públicas argentinas y los hijos de extranjeros radicados en nuestro territorio reciben la nacionalidad.
En nuestros días hemos escuchado absurdos que nos calificaban, al mismo tiempo, como antisemitas, anti musulmanes y negacionistas de la población afrodescendiente; también, como un refugio de criminales nazis. Todo esto supone desconocer la realidad argentina, y nuestra historia.
Las razones de tanto desatino, que nos agravia, habrá que buscarla allí donde se originan los rumores.
De nuestra parte, es necesario sostener en firme nuestra identidad. Tenemos que sostener las políticas poblacionales receptivas y hospitalarias, concebidas con racionalidad estratégica, para que nunca la llegada de eventuales refugiados genere conflictos y se pueda garantizar calidad de vida para todos.
Vivimos en un país en paz, con problemas económicos de varias décadas y una perspectiva social sumamente frágil, no por los extranjeros sino por los fracasos y la negligencia de la dirigencia política para sostener el desarrollo.
Tenemos nuestros problemas, pero los agravios que hemos recibidos son injustos y minoritarios. Y está muy claro que nadie que conozca Argentina los va a tomar en serio. La actitud positiva hacia los turistas y migrantes es una cualidad heredada de nuestros constituyentes de 1853, cuando ordenaron: "asegurar los beneficios de la libertad para nosotros y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino".
Un mandato que debemos honrar por siempre.