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Una movilización contundente

Miércoles, 13 de mayo de 2026 01:56

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La movilización en defensa de la Universidad pública fue contundente. Simplemente, porque cuando un reclamo es justo y los partidos oportunistas quedan a un costado -aunque se asomen-, además de masiva, la manifestación es creíble.

La educación pública es un genuino patrimonio cultural argentino.

Hoy, cuando la dirigencia -oficialista y ultraopositora- levantan las banderas de las batallas culturales -una guerra entre dos falacias– es bueno recordar que el dueño de la cultura es el pueblo, su historia y sus instituciones. Por eso, las batallas culturales naufragan.

La universidad tiene autonomía y una normativa interna que establece un nivel exigente de calidad académica. Resulta pintoresco que un presidente pretenda entrometerse en cuestiones académicas, porque los que saben deben ser los que deciden. Platón, en La República, advierte que nunca un economista debe gobernar; porque eso le corresponde a un sabio. Estamos lejos.

La descalificación global del Conicet formulada por Javier Milei es un absurdo. Sin educación pública, sin universidades eficientes y sin un sistema de investigación científica no hay malabarismo financiero que valga. El desarrollo de un país requiere de los tres vértices: Estado, Universidad y Empresas. Y el Conicet, como el INTA, el INTI y centros de investigación como la CNEA no pueden ser reemplazados por contadores ni robots.

Estrangular presupuestariamente a las universidades, a los centros de investigación y a los servicios esenciales que dependen de ellas es un abuso de poder y, además, una conducta autodestructiva. Porque a la larga, el éxito de un presidente se logra construyendo y no arrasando con una aplanadora todo lo que no le gusta. ¿No existe una alternativa más inteligente y saludable?

Incluso, desde el punto de vista meramente económico, la capacidad de desarrollar tecnología propia y exportarla ofrece una fortaleza mucho mayor que las herméticas maniobras financieras características del libre mercado, y más seguro que las ayudas arbitrarias de Trump.

Como dijo una participante de la marcha a un canal: "Estamos cada vez peor; este país tenía escuelas, universidades y hospitales públicos; ahora no va quedando nada".

Y este es un punto crítico: el presupuesto real dedicado a la educación, la universidad y la investigación viene en franco declive, desde hace años. Probablemente, la fecha de quiebre se remonte a último medio siglo. Y marque el comienzo de la caída del nivel de aprendizaje, del nivel del salario docente y la desaceleración de la investigación tecnológica local. No hay un solo culpable. La politización de la universidad pública durante los gobiernos kirchneristas, con la consecuente creación de apetitosas cajas políticas y la multiplicación de universidades militantes con muy discutible jerarquía académica anticipaban este desenlace.

¿Y eso no se puede corregir con gestión y sin ahorque'

La diferencia es que Milei y, en general, su círculo más cercano, muestran un abierto desprecio por el conocimiento y la educación universales.

La decadencia educativa favoreció la proliferación de escuelas y universidades privadas que solo puede pagar una pequeña elite. Muy pequeña. Hoy el 10% más rico de la población argentina parte de un piso de ingresos de $ 3.644.000 por mes por hogar. Es evidente que, de ese mínimo grupo, son muy pocos los que pueden pagar la educación privada.

Milei solo ha echado la leña al fuego, hasta ahora. Probablemente, por impotencia para apagarlo.

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