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Durante miles de años, la alimentación humana fue el resultado de una relación estrecha entre las comunidades y la naturaleza. A lo largo de distintos territorios y culturas, los pueblos seleccionaron, cultivaron y consumieron una enorme variedad de especies vegetales adaptadas a sus ambientes. Sin embargo, esa diversidad se fue reduciendo de manera progresiva.
Según expuso la bióloga Mariana Ferreyra durante el evento Hablemos de lo que Viene, desde los inicios de la agricultura la humanidad utilizó alrededor de 7.000 especies vegetales para alimentarse. Hoy, en cambio, gran parte de la dieta global se sostiene sobre apenas 30 cultivos. La cifra resulta aún más impactante al observar que cuatro de ellos -trigo, arroz, maíz y papa- aportan más del 60% de las calorías que consume la población mundial. Pero el problema no es solamente estadístico. "Esto nos vuelve muy frágiles y vulnerables", sostuvo la investigadora al explicar que una alimentación cada vez más dependiente de pocas especies implica también una menor capacidad de respuesta frente a sequías, enfermedades, plagas o eventos climáticos extremos.
La biodiversidad suele asociarse con paisajes naturales, bosques o especies silvestres. Sin embargo, también está presente en los alimentos que llegan diariamente a la mesa. Ferreyra explicó que la biodiversidad para la alimentación incluye plantas, animales y microorganismos que participan de los sistemas productivos y que resultan esenciales para garantizar la seguridad alimentaria.
Esa diversidad no solo aporta nutrientes. También contiene información genética acumulada durante miles de años de evolución. En esa enorme biblioteca biológica existen características que permiten a ciertas variedades tolerar sequías, resistir enfermedades o adaptarse a condiciones ambientales adversas.
Por eso la especialista definió a la diversidad genética como una especie de seguro para el futuro. Si un cultivo está compuesto por plantas genéticamente muy similares, una enfermedad o una condición climática extrema puede afectar a toda la población. En cambio, cuando existe diversidad genética, aumentan las probabilidades de que algunas variantes logren sobrevivir y permitan sostener la producción.
Cuando desaparece una semilla, también se pierde una parte de la historia
Uno de los conceptos más interesantes de la exposición de la doctora en Investigación Agraria y Forestal, Mariana Ferreyra, fue que la pérdida de biodiversidad no implica únicamente la desaparición de recursos biológicos. También significa la pérdida de conocimientos.
Ferreyra mencionó el caso de las papas andinas, los maíces locales y otras variedades tradicionales que durante generaciones fueron utilizadas para elaborar alimentos específicos o responder a determinadas condiciones ambientales.
Cuando esas variedades dejan de cultivarse, no solo desaparecen genes valiosos. También se pierden prácticas agrícolas, recetas, formas de conservación y saberes transmitidos entre generaciones.
"No es solo pérdida de diversidad genética, sino también pérdida de conocimientos culturales", advirtió. La observación resulta especialmente relevante para regiones como el noroeste argentino, donde muchas comunidades conservan todavía variedades locales vinculadas a identidades productivas y gastronómicas propias.
Guardianes silenciosos
La investigadora destacó además el papel de los pequeños productores y agricultores familiares en la conservación de la diversidad genética.
Durante décadas, muchos de ellos mantuvieron variedades locales que hoy constituyen una reserva estratégica frente a los desafíos que plantea el cambio climático. Gracias a ese trabajo silencioso, todavía existen recursos genéticos que pueden ser utilizados para mejorar cultivos comerciales o desarrollar variedades más adaptadas a nuevas condiciones ambientales.
En ese sentido, también resaltó la importancia de los bancos de germoplasma, espacios donde se conservan semillas y materiales genéticos que pueden resultar fundamentales para futuras investigaciones.
En Salta, por ejemplo, el INTA conserva distintas variedades de poroto, incluyendo formas silvestres y criollas que representan una fuente valiosa de diversidad genética.
Los consumidores
Sin embargo, la responsabilidad de construir sistemas alimentarios más sostenibles no recae exclusivamente sobre científicos, productores o instituciones. Ferreyra dedicó una parte importante de su exposición a reflexionar sobre las decisiones cotidianas de quienes consumen alimentos.
Muchas veces, explicó, los consumidores buscan frutas y verduras perfectas, sin manchas ni irregularidades. Esa exigencia estética termina generando descartes innecesarios de productos que son perfectamente aptos para el consumo. Las consecuencias son enormes.
Actualmente, un tercio de los alimentos producidos en el mundo se pierde o desperdicia. Y una parte importante de ese problema ocurre dentro de los propios hogares. Según los datos citados por la especialista, el 60% del desperdicio de alimentos proviene de los hogares salteños.
Detrás de cada alimento descartado no solo existe una pérdida económica. También se desperdician agua, energía, fertilizantes, trabajo humano y recursos naturales que fueron necesarios para producirlo. El problema adquiere una dimensión aún más preocupante si se considera que millones de personas continúan padeciendo inseguridad alimentaria.
En el plato
Ferreyra propuso ampliar la mirada sobre la alimentación. Conservar biodiversidad no es únicamente una tarea de científicos o instituciones especializadas. También implica elegir alimentos diversos, consumir productos locales, valorar las legumbres, apoyar a pequeños productores y recuperar ingredientes tradicionales.
"La diversidad en el plato" fue una de las ideas que atravesó toda su exposición. Porque una agricultura diversa favorece dietas diversas. Y las dietas diversas, sostuvo, contribuyen a construir comunidades más saludables.
Durante el intercambio con el público surgió una reflexión que terminó atravesando buena parte de la exposición: la dificultad de proteger aquello que muchas veces ni siquiera se conoce.
Ferreyra señaló que numerosas variedades locales, especialmente legumbres, frutas y cultivos tradicionales, permanecen ausentes de los hábitos alimentarios de gran parte de la población. Esa falta de conocimiento también influye en su pérdida progresiva. La investigadora consideró que la comunicación y la educación tienen un papel clave para revertir esa situación. "No podemos conservar lo que no conocemos", resumió.