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Posibles futuros para China y el mundo

Las décadas próximas estarán signadas por el reacomodamiento de las relaciones entre China y Estados Unidos, y por la adaptación del resto del mundo a un juego impredecible, pero que será definitorio de la economía, la guerra y la paz en el orden planetario.
Domingo, 31 de mayo de 2026 01:59

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Durante más de una década, la política china estuvo definida por un solo hombre: Xi Jinping. Desde que este asumió el control del Partido Comunista Chino en 2012, concentró autoridad de manera sistemática. Remodeló la élite partidaria y militar mediante continuas purgas –algunas recientes–; impulsó campañas anticorrupción cuyo objetivo no fue sólo combatir la corrupción sino eliminar rivales y garantizar lealtad absoluta; y orientó la economía hacia un rol mucho más dominante del Estado. En paralelo, restringió a la sociedad civil, modernizó las fuerzas armadas y redefinió la política exterior china.

El proceso transformó la estructura del sistema. Hoy, la estabilidad política china ya no depende de las instituciones históricas del Partido sino de la figura de Xi. Y allí aparece el problema. Porque, aunque Xi pueda permanecer muchos años más en el poder, la lógica de su sucesión ya está instalada dentro del sistema político chino.

Sucesiones históricas

La historia del Partido Comunista muestra que las transiciones de liderazgo nunca fueron simples. Desde 1949, sólo una de las grandes sucesiones resultó relativamente ordenada; el resto quedaron atravesadas por intensas luchas internas. Mao Zedong dejó tras de sí un enorme vacío de poder que derivó en enfrentamientos feroces. Deng Xiaoping mantuvo control efectivo incluso después de abandonar cargos formales. Jiang Zemin retuvo el mando militar luego de dejar la conducción partidaria. Hu Jintao logró una transición institucional menos traumática, pero incluso allí persistieron disputas facciosas.

Xi parece haber aprendido de todos ellos. Su estilo se asemeja más al de Mao y Deng que al de Hu. Es un líder fuerte que concentró poder personal y que, llegado el momento, probablemente intentará designar un heredero capaz de preservar su proyecto político. Pero la historia china también muestra que elegir un sucesor no garantiza una transición estable. Un heredero fuerte puede convertirse en una amenaza prematura; uno débil puede desencadenar luchas abiertas anticipadas. Y la falta de sucesor alimenta conspiraciones silenciosas.

En ese contexto, el rol del Ejército Popular de Liberación (EPL) es decisivo. Durante décadas se dijo que "el Partido comanda al fusil". Pero la relación entre liderazgo político y poder militar es mucho más compleja. El ejército no actúa como actor político, aunque sí inclina la balanza en momentos críticos. En cualquier disputa por el poder, su respaldo será decisivo. Parafraseando a Mao, quizás resulte correcto afirmar: "el fusil sostiene al Partido". Y aquí aparece otro dato importante. Las recientes purgas dentro del EPL sugieren que Xi todavía no confía del todo en la estructura militar. Según algunos estudios estratégicos occidentales, más de la mitad de los generales de máximo rango fueron desplazados en los últimos años. Esto no parece el comportamiento de un líder desesperado por iniciar una guerra inmediata, sino el de alguien preocupado por garantizar disciplina y lealtad absoluta. Porque, en el fondo, la principal obsesión de cualquier régimen autoritario no suele ser el enemigo externo sino la posibilidad del desorden interno.

Mirando a Taiwán

Pero la sucesión no es sólo un tema interno. Tiene consecuencias directas sobre la política exterior. Los líderes chinos son muy sensibles a su legado. Mao quedó asociado a la revolución; Deng a la apertura económica. Xi parece decidido a asociar su nombre al "renacimiento nacional chino". Y dentro de esa narrativa, Taiwán ocupa un lugar central.

En los últimos años, Beijing aceleró la modernización militar, incrementó los ejercicios militares alrededor de la isla, endureció el discurso oficial y planteó la "reunificación" como un proceso ineludible. Pero el problema suele ser simplificado en Occidente: se imagina una gran invasión anfibia clásica, casi cinematográfica. La realidad podría ser otra. Cada vez más analistas militares creen que China podría optar por campañas limitadas, bloqueos navales o acciones punitivas antes que por una invasión total. La lógica no sería conquistar Taiwán sino producir suficiente daño económico, militar y psicológico como para forzar negociaciones y alterar el equilibrio regional.

Y allí aparece un problema enorme para Estados Unidos y sus aliados. China desarrolló capacidades misilísticas, antisatélite, navales y de guerra electrónica que redujeron la ventaja militar norteamericana en el Pacífico occidental. Algunos especialistas sostienen incluso que Estados Unidos ya no posee superioridad en varios dominios militares clave. El propio Pentágono empieza a asumir que un conflicto en el Pacífico sería mucho más costoso, incierto y prolongado de lo que imaginaba hace apenas una década.

Además, el problema taiwanés excede lo militar. Taiwán produce más del 90% de los semiconductores avanzados del planeta. Un conflicto paralizaría buena parte de la economía asiática y produciría una disrupción global comparable –o superior– a cualquier crisis reciente. El estrecho de Taiwán, el mar del Sur de China y las rutas marítimas regionales concentran el 67% del comercio mundial. Una guerra allí no afectaría sólo a Beijing, Taipei o Washington. Afectaría al sistema internacional en su totalidad.

Por eso la situación resulta paradójica. China incrementa presión militar sobre Taiwán mientras, al mismo tiempo, sabe que un conflicto abierto podría destruir aquello que busca proteger: estabilidad económica, crecimiento tecnológico y continuidad política interna.

Pero el mundo también cambió. La relación entre China y Estados Unidos dejó de ser cooperación pragmática para volverse una rivalidad estructural. Ambos países se perciben mutuamente como amenazas centrales a sus intereses estratégicos.

La interdependencia económica - que durante décadas funcionó como mecanismo estabilizador - empieza ahora a verse como vulnerabilidad. Las cadenas de suministro se reorganizan, la cooperación tecnológica disminuye y los controles comerciales se endurecen. La competencia ya no es sólo geopolítica; sino tecnológica, industrial y sistémica. La reciente sucesión de visitas de Trump, Putin y varios líderes europeos a Beijing reforzó además otra percepción creciente: China ya no es sólo una potencia emergente, sino que se está volviendo uno de los principales centros de gravedad diplomática del sistema internacional.

Así, la relación tampoco encaja en el molde clásico de la Guerra Fría; lo que constituye uno de los rasgos más extraños de esta época. China y Estados Unidos compiten con denuedo, pero, al mismo tiempo, quedan atrapados dentro de una misma estructura global interdependiente. El cambio climático, las cadenas logísticas, las pandemias, la estabilidad financiera y, sobre todo, la inteligencia artificial, generan riesgos imposibles de administrar de manera unilateral. La rivalidad convive entonces con una cooperación inevitable. Ambas potencias necesitan competir y colaborar al mismo tiempo.

Esto vuelve mucho más compleja la lógica estratégica. Ya no se trata sólo de derrotar al adversario, sino de evitar que la competencia destruya el sistema. Y quizás allí resida la principal diferencia respecto de la Guerra Fría del siglo XX: Estados Unidos y China no pueden desacoplarse sin producir un nivel de caos económico y tecnológico inmanejable para ambos.

China piensa y se prepara para el largo plazo. Sus planes quinquenales priorizan autosuficiencia tecnológica, inteligencia artificial, energía, innovación industrial y reducción de  dependencia externa. El objetivo es construir una economía capaz de sostener crecimiento, estabilidad y poder militar incluso bajo presión occidental.

El país ya produce cerca del 35% de la producción industrial mundial y destina recursos gigantescos a investigación científica, robotización, energía y desarrollo tecnológico. El avance en IA, semiconductores, vehículos eléctricos y manufactura automatizada forma parte de esa estrategia acumulativa. Pero, cuanto más poder logra acumular China, más temor genera. La repetida referencia de Xi Jinping a la "trampa de Tucídides" –concepto que no surge de la tradición china sino de una reinterpretación contemporánea elaborada por el politólogo estadounidense Graham Allison– muestra a una élite estratégica china transformando y adaptando parte de su lenguaje geopolítico.

China se acerca a una encrucijada histórica. Los próximos años serán decisivos para determinar si el sistema logra atravesar la sucesión de Xi de manera relativamente ordenada; si deriva hacia tensiones internas más profundas; o si la rivalidad con Estados Unidos termina acelerando dinámicas de confrontación regional más peligrosas. Por el momento, Beijing parece cada vez más interesado en administrar la rivalidad con Washington que en resolverla; mientras sigue alterando la relación de fuerzas globales.

Así, no se trata sólo de quién gobernará China después de Xi. Se trata de cómo convivirá el mundo con la principal potencia industrial y tecnológica del siglo XXI. Y también de si Washington y Beijing serán capaces de competir sin destruir el sistema global del cual ambos dependen. El futuro de China ya no es más sólo un asunto chino; se transformó en una de las variables centrales de la estabilidad global. El problema es que la moneda sigue girando en el aire y nadie sabe de qué lado caerá.

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