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La aprobación del pliego de María Verónica Michelli como jueza del Tribunal Oral Federal Nº 3 de La Plata no hizo más que imponer la razonabilidad por sobre un absurdo que parecía inevitable. El despropósito de que una persona, con antecedentes valorados por el Consejo de la Magistratura y por sus colegas, y con un examen excelente, fuera descartada por un problema de parentescos. Después de enviado el pliego al Senado y aprobado en la Comisión de Acuerdos, la Casa Rosada había dispuesto retirarlo, simplemente, porque el Gobierno se enteró de que la magistrada es cuñada de un periodista, Hugo Alconada Mon. Claro, no es cualquier periodista, es justamente uno de los que investigó los pormenores del caso Libra, quizá la sombra más oscura que se proyecta sobre los hermanos Milei.
¿A quién se le puede ocurrir sancionar a alguien por lo que hace un pariente? Solo a una mentalidad autoritaria. O totalitaria.
El desenlace en el Senado es paradójico. Cuando se debería celebrar que, después de ocho años de idas y vueltas, se habían cubierto 74 cargos de la Justicia federal, la decisión llevó al recinto el triste espectáculo que ofrecen los tres poderes del Estado, que no aceptan los límites del orden republicano y convierten la delicada tarea de elegir magistrados en un juego bochornoso de presiones donde entran en juego intereses políticos y económicos, que nada tienen que ver con las necesidades de una sociedad democrática.
Una puesta en escena habitual en la política argentina.
Pero también, una vez más, vuelve a aparecer el odio a la libertad de prensa. Esa fobia no busca más que encubrimientos, y que revela la fragilidad de las conductas públicas ante el observador externo. Eso, quizá, hermana en la Argentina al kirchnerismo y a los libertarios.
La Cámpora ponía los rostros de periodistas famosos para que los chicos les tiraran piedras. El presidente Javier Milei y su círculo íntimo utilizan a sus operadores digitales para campañas que tienen como consigna el slogan de "no odiamos lo suficiente a los periodistas".
No hace falta aclarar que lo que molesta no es lo que dicen los diarios, las radios y los canales, que no son un "poder concentrado", como aducen los autoritarios, sino que son el único camino posible para que la ciudadanía, el soberano, se informe. Les molesta la democracia y la libertad.
En estos días, el juez Carlos Mahiques, integrante de la Sala III de la Cámara Federal de Casación Penal, pidió que sean sancionados los integrantes del Poder Judicial que hablen con periodistas y amenazó con denuncias penales a los comunicadores.
Es el padre del flamante ministro de Justicia Juan Bautista Mahiques. Tiene 75 años, edad de jubilarse, pero Milei le renovó el mandato. Y es el mismo magistrado que celebró su último cumpleaños en una fastuosa quinta vinculada al tesorero de la AFA, Pablo Toviggino, investigado por presunto enriquecimiento ilícito y lavado de dinero. Por eso, quizá, está especialmente enojado.
Pero no conviene equivocarse. Estamos en una época en la que el socialismo real muestra dramáticamente su fracaso, mientras la democracia parece tambalear en Europa y América, de la mano de movimientos emergentes que no creen en el sistema. El mundo vive un torbellino donde los derechos humanos, pero, sobre todo, la dignidad del ser humano, corren enorme riesgo.
Y nuestro país no está al margen de ese desconcierto. El presidente Milei sufrió ayer una derrota parlamentaria. Ahora debe efectivizar la designación de la jueza Michelli. Si se le ocurriera no hacerlo sería un signo de debilidad. Un síntoma más de la fragilidad política del país.