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Hay lugares donde el camino parece no terminar nunca. La Puna se extiende áspera, silenciosa y enorme, con el viento golpeando de frente y el frío metiéndose entre la ropa. Por allí avanzan cada septiembre cientos de peregrinos rumbo a Salta para renovar su pacto de fidelidad con el Señor y la Virgen del Milagro.
En ese paisaje, donde durante kilómetros no hay más compañía que las montañas, los vehículos de apoyo y otros caminantes, también aparecen gestos capaces de cambiar el sentido de una jornada entera. Uno de ellos tiene nombre y apellido: Elena Siquila.
Peregrina minera, oriunda de Tolar Grande, Elena vuelve a caminar hacia el Milagro llevando consigo su fe, su agradecimiento y la imagen de Santa Bárbara, patrona de los trabajadores mineros. Pero su peregrinación tiene desde hace dos años una particularidad: además de caminar, ella y su familia esperan a otros peregrinos para darles de comer. Este año fueron más de 250.
Un almuerzo milagroso
Desde temprano, alrededor de las 7, Elena, sus hijos, hermanos y algunos colaboradores llegaron hasta Incachuli, en plena Puna salteña, para poner en marcha una tarea que requiere tanta organización como esfuerzo.
Allí, en el camino que vincula San Antonio de los Cobres con Santa Rosa de los Pastos Grandes, por la zona del Abra del Gallo, se encuentra este paraje puneño del departamento Los Andes. El sector de Incachuli forma parte de uno de los recorridos que realizan los peregrinos mineros antes de continuar hacia San Antonio de los Cobres y, desde allí, emprender el largo descenso hacia la ciudad de Salta. Fuentes oficiales de turismo ubican la zona de Incachule —también denominada Incachuli— dentro del circuito andino que conduce hacia Santa Rosa de los Pastos Grandes y el Abra del Gallo.
No es un punto cualquiera del recorrido. Incachuli aparece entre los lugares atravesados históricamente por las peregrinaciones que bajan desde los campamentos y localidades mineras de la Puna hacia la capital salteña. Un recorrido documentado años atrás incluyó precisamente Sijes, Santa Rosa de los Pastos Grandes, Ciénaga Ancho, Abra del Gallo, Incachuli y San Antonio de los Cobres antes de continuar hacia Salta.
Allí, en ese paisaje de altura, Elena y su familia armaron su particular puesto de bienvenida.
El menú fue sencillo, pero contundente: milanesas con papas perejiladas. Un plato caliente y abundante para quienes llegaban después de varias horas de caminata. "Este año recibimos a más de 250 personas. A pesar del viento y el frío pudimos cumplir nuestra promesa y logramos estar a tiempo con la comida", contó Elena.
No fue solamente cocinar. Hubo que trasladar los alimentos, preparar todo desde temprano, organizar las porciones y esperar a que los peregrinos fueran llegando. Una tarea familiar que convirtió unas horas de la inhóspita Puna en un lugar de encuentro.
Una promesa, en servicio
Para Elena, la historia comenzó mucho antes. Su peregrinación nació como una forma de agradecer por la vida de sus hijos, especialmente después de atravesar momentos de angustia por problemas de salud y un accidente que sufrió uno de ellos. "Yo peregrino, antes que nada, en agradecimiento a todo lo que tengo y soy. Le doy gracias al Señor y a la Virgen del Milagro. Y principalmente, por la vida que le regaló a mi hijo", explicó.
Aquella experiencia personal se transformó en una promesa. Y la promesa, con el paso del tiempo, tomó otra forma: servir a los que caminan. "Lo hago como una manera de agradecer al Señor y a la Virgen del Milagro por la vida de mis hijos, que tuvieron que pasar por momentos difíciles, como lo fue un accidente ocurrido hace unos años. En honor a eso decidí brindar un almuerzo, en la medida que pueda", contó.
El año pasado, Elena y su familia ya habían comenzado con esta iniciativa y recibieron a unos 300 peregrinos mineros en Incachuli. En aquella oportunidad prepararon arroz con pollo, sopa, jugo y postre.
Caminar para agradecer
La imagen de Santa Bárbara acompaña a Elena en el camino. La lleva consigo como símbolo de su identidad minera y de una fe que se construyó en los momentos difíciles.
Cada paso tiene entonces un doble sentido. Está el camino personal, el de la promesa y el agradecimiento. Y está el camino compartido, el de quienes avanzan detrás de una bandera, una imagen religiosa, una intención o simplemente el deseo de llegar.
El Milagro reúne cada año a peregrinos provenientes de los distintos puntos de la provincia, muchos de ellos después de varios días de marcha y cientos de kilómetros recorridos. La propia Catedral Basílica destaca que las peregrinaciones llegan desde lugares de la Puna, el Norte Andino, los Valles Calchaquíes, el Valle de Lerma y otras regiones del país.
Los llamados Peregrinos de la Puna tienen, además, una historia particular dentro de esta manifestación de fe. Un estudio académico sobre estas peregrinaciones señala que el colectivo nuclea desde 1988 a fieles de distintas localidades puneñas de Salta, Catamarca y Jujuy.
En esos caminos largos, los puestos de asistencia se vuelven fundamentales. Agua, comida, descanso, abrigo y atención pueden significar la diferencia entre continuar o detenerse.
Por eso, el gesto de Elena tiene una dimensión que excede el plato servido: es compañía, es alivio. Es decirle al que viene caminando que, aun en medio de una Puna enorme y silenciosa, alguien lo estaba esperando.
El Milagro también se sirve en un plato y, para Elena Siquila, agradecer también es servir.
Y este año, en Incachuli, ese agradecimiento llegó en forma de más de 250 platos de comida caliente para otros peregrinos que, como ella, también llevaban una promesa en el corazón.