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Michael Wallace Banach: "Señor del Milagro, Tú eres la paz. Danos la paz para recibirla y para darla”

Mensaje de monseñor Wallace Banach, representante del papa León XIV en Argentina, durante su homilía en la Misa Estacional.

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Monseñor Michael Wallace Banach, durante su homilía en la Misa Estacional, expresó: “El Papa me confió dos mensajes para ustedes. El primero: Dios los ama. El segundo: el papa León también los ama”.

“El significado del Pacto de Fidelidad: si el grano de trigo cae y no muere, no da frutos. El camino hacia la gloria pasa por la muerte. No reinaría Jesús en un palacio, sino que colgaría en una cruz. No descansaría en un lecho de rosas, sino en la fría piedra de un sepulcro. Aunque muchos consideran que esta teología no tiene nada de gloriosa, es precisamente aquí donde vemos su gloria con mayor claridad. Jesús produciría muchos frutos. Esta es la paradoja central, el misterio clave del cristianismo. Tanto Cristo como los cristianos deben morir a este mundo para ganar la gloria. Es la teología de la cruz.

Pero, ¿cómo se demuestra que esto es verdad? Tanto en la agricultura como en la salvación, la vida surge a través de la muerte. ¿Cuál es el grano del que habla Jesús? Somos nosotros. La vida llega a nosotros a través de la muerte de Jesús. Con su muerte, Él ha destruido el poder del pecado para esclavizarnos. Para nosotros ya no es el final. El sepulcro no es nuestro hogar definitivo. Jesús dijo: ‘Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí, aunque esté muerto, revivirá. No morirá para siempre’.

Ustedes vinieron en peregrinación. Jesús quiere que comprendan su propósito. Él no vino para vivir, sino para morir, para que con su muerte haya una cosecha de vida y salvación, de paz. Señor del Milagro, tú eres la paz, paz para recibirla y para darla”.

En la vida de Jesús se ve su humanidad. Él revela a la multitud las emociones que se agitaban en su corazón. Jesús conocía los horrores que le deparaba el futuro: ser golpeado, azotado y escupido, y sufrir el dolor atroz de ser clavado de pies y manos en una cruz. Ninguno de nosotros puede imaginar cómo fueron aquellas horas finales para Jesús. Pero Él conocía cada detalle espantoso mucho tiempo antes. Si nosotros lo supiéramos, haríamos todo lo posible para evitarlo. Pero Él no: avanzó con firmeza hacia su destino. Fue abandonado por sus discípulos. Sería una agonía tal que clamaría: ‘Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’. ¿Por qué abandonaría Dios a su Hijo? Él no hizo mal a nadie. La razón: fue abandonado por Dios porque cargaba con nuestros pecados.

Sin embargo, Jesús no permitió que sus emociones truncaran la voluntad de su Padre ni sabotearan la misión que vino a cumplir. Esa es la razón por la que estuvo predicando, expulsando demonios. No vino a este mundo a vivir, sino a morir. No vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. Fue para soportar todo el horror del infierno, separado de la presencia y misericordia de su propio Padre.

Ustedes vinieron en peregrinación. En ese recorrido, Jesús abrió su corazón. Esta es la verdadera fuente de verdadera paz. Señor del Milagro, tú eres nuestra paz.

Esto nos lleva a las últimas palabras públicas de Jesús: ‘La luz está todavía entre ustedes, pero por poco tiempo. Caminen mientras tengan la luz, no sea que las tinieblas los alcancen. Porque el que camina en tinieblas no sabe a dónde va. Crean en la luz, porque serán hijos e hijas de la luz’. El objetivo de Jesús es avanzar hacia el sufrimiento. Su objetivo es que creamos en Él. 

Crean en la luz, porque serán hijos e hijas de la luz. El objetivo de Jesús de avanzar hacia el sufrimiento. Su objetivo es que creamos en El.  Su voluntad estaba en perfecta armonía con la de su Padre: que todas las personas sean salvas y lleguen al conocimiento de la verdad. Criemos a nuestros hijos e hijas a vivir bajo esta luz, en un mundo sumido en la oscuridad. Esta es la máxima prioridad de nuestras vidas, tal como lo fue para Jesús. El mundo hoy día necesita de esa luz, de esa paz.

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