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El Milagro sumó una lectura entre el mensaje de Roma y la tensión política

La presencia Michael Wallaceh, enviado del papa León XIV, y de la vicepresidenta Victoria Villarruel le dieron a la celebración una dimensión que excedió lo religioso.

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El Milagro volvió a reunir este 15 de septiembre a miles de peregrinos alrededor de una tradición religiosa profundamente arraigada en la identidad salteña. Pero esta vez, junto a la multitud y a la dimensión espiritual de la celebración, hubo una escena institucional que permitió otra lectura de la jornada.

En la Catedral y luego en la procesión confluyeron dos figuras que, cada una desde un lugar diferente, representan dimensiones centrales de la Argentina actual: el nuncio apostólico Michael Wallace Banach, representante personal del papa León XIV en el país, y la vicepresidenta de la Nación, Victoria Villarruel.

La presencia del nuncio tuvo un significado que excedió su participación protocolar en la Misa Estacional. Banach llegó a Salta como representante del Papa en un momento particularmente significativo para la Iglesia argentina: faltan menos de dos meses para la visita de León XIV al país, prevista entre el 8 y el 11 de noviembre. El propio Gobierno nacional confirmó que el nuncio coordina institucionalmente ese viaje.

Desde ese escenario, Wallace Banach transmitió a los salteños un mensaje que el Pontífice le había confiado personalmente: "Dios los ama y el Papa León también los ama". Pero el eje de su homilía fue todavía más amplio. Habló de la paz, del servicio, de la necesidad de construir vínculos y de llevar esa paz a los demás.

La escena adquirió así una particular resonancia. El representante del Vaticano habló de paz y reconciliación frente a una multitud que había llegado para renovar el Pacto de Fidelidad, mientras en el mismo espacio se encontraban autoridades de distintos niveles del Estado. Entre ellas estaba Villarruel.

La vicepresidenta participó de la Misa Estacional y acompañó luego la procesión, invitada por el Arzobispado de Salta. Su presencia se produjo en un momento de marcada tensión dentro del oficialismo nacional, a partir de sus diferencias públicas con el presidente Javier Milei.

Sin embargo, en Salta el escenario fue otro. Villarruel, antes compartir un almuerzo con Wallace en la Catedral, se mostró cercana a los fieles, recibió muestras de afecto y compartió momentos con vecinos y religiosas. En uno de esos contactos, resumió su impresión de la jornada con una frase que también introdujo una dimensión patriótica en la celebración religiosa: "Lo más lindo de Argentina está hoy acá en el Milagro. Esto también es amor por la patria", dijo.

No hubo anuncios políticos ni una actividad partidaria. Pero la sola presencia de la vicepresidenta, acompañada por el gobernador Gustavo Sáenz, en una celebración de semejante convocatoria, inevitablemente incorporó una dimensión institucional a la escena.

Y allí aparece quizá uno de los aspectos más interesantes de este Milagro: la celebración religiosa funcionó, una vez más, como un espacio capaz de reunir en un mismo lugar realidades que habitualmente aparecen enfrentadas o separadas.

Roma y la política argentina. La Iglesia y el Estado. La autoridad nacional y la provincial. La tradición religiosa y la identidad patriótica.

Todo ocurrió alrededor de una misma imagen y de una misma multitud.

El mensaje del nuncio, además, encontró un contexto especialmente sensible. Su llamado a la paz no estuvo dirigido explícitamente a la dirigencia política, pero adquirió una resonancia inevitable en una Argentina atravesada por fuertes discusiones, tensiones institucionales y enfrentamientos dentro del propio poder.

Por eso, más allá de las lecturas coyunturales que pueda generar cada presencia, el dato central quizás sea otro: el Milagro volvió a demostrar su capacidad para convertirse en un punto de encuentro que excede la celebración religiosa.

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