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El lado B del crecimiento: Marruecos, España y la frontera de la desesperación

La llegada de miles de marroquíes al sur de España expone una contradicción que las estadísticas no logran explicar. Marruecos es un país que crece, exporta y apuesta por las energías renovables, pero que todavía no consigue ofrecerles un futuro digno a gran parte de sus jóvenes.
Viernes, 31 de julio de 2026 07:47

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La crisis desborda a España, multiplica las muertes y vuelve a recordar que ninguna frontera resiste indefinidamente cuando del otro lado se acumulan el desempleo, la desigualdad y la falta de esperanza.

Las imágenes que invaden las redes sociales vuelven a sacudir a Europa. Miles de personas avanzando hacia una frontera, jóvenes arrojándose al mar, familias enteras trepando cerros y atravesando alambrados. Del otro lado aparecen soldados, policías, ambulancias y centros de atención desbordados.

Las imágenes que se ven en las noticias, no son escenas de una película. Está ocurriendo a esta hora en Ceuta, territorio español ubicado al norte de Africa, y alcanza también a Melilla, cerca de la costa africana. La televisión pública española habla de miles de personas que ingresaron durante una sola jornada. Al menos 18 personas murieron, en su mayoría ahogadas o aplastadas durante los intentos de atravesar la frontera. Entre quienes lograron cruzar hay jóvenes, familias y numerosos menores que deambulan solos.

La mayoría de los recién llegados son marroquíes, un dato que vuelve incómoda la pregunta sobre las causas. Esta vez, el éxodo no parte exclusivamente de territorios devastados por guerras o hambrunas extremas. Proviene, en gran medida, de un vecino, Marruecos, que aparece ante el mundo como una de las economías más dinámicas del norte de África.

Un país que crece, pero no incluye a todos

Marruecos no es una economía detenida, por el contrario, su producción crece, recibe inversiones extranjeras y consiguió desarrollar polos industriales de relevancia. La industria automotriz, la aeronáutica, el turismo, los fosfatos, la agroindustria y los servicios exportables forman parte de una estructura productiva cada vez más diversificada. También avanzan las inversiones en energías renovables, hidrógeno verde, infraestructura portuaria y cadenas vinculadas a los vehículos eléctricos.

El Banco Mundial sostiene que la economía marroquí atraviesa su expansión más rápida en más de una década, mientras que la OCDE proyectó un crecimiento cercano al 4,2% para este 2026. Tánger se consolidó como un gran centro industrial y logístico; Casablanca concentra negocios y servicios; y las exportaciones manufactureras muestran una fortaleza que muchos países en desarrollo quisieran alcanzar.

Sin embargo, el producto bruto no siempre cuenta la historia completa. Puede crecer la economía de un país mientras una parte importante de su población siente que permanece afuera. Pueden inaugurarse fábricas, autopistas y parques solares sin que ese progreso llegue con la misma intensidad a los barrios populares, a las pequeñas ciudades o a las zonas rurales.

Durante 2025, el desempleo general se ubicó en el 13%, pero entre los jóvenes de 15 a 24 años llegó al 37,2%. El subempleo alcanzó al 10,9% de la fuerza laboral y, mientras las ciudades sumaron puestos de trabajo, el sector agropecuario perdió 41.000 empleos.

El drama aparece cuando el crecimiento existe, pero no genera suficientes empleos formales, estables y bien remunerados para absorber a una población joven que estudia, se informa a través de las redes sociales y mira cómo se vive a pocos kilómetros, del otro lado de la frontera.

La informalidad, los bajos salarios, la falta de oportunidades para las mujeres y el elevado desempleo juvenil continúan siendo debilidades estructurales. A esto se suman las diferencias entre los grandes centros urbanos y las regiones rurales o del interior, donde la sequía y la escasez de agua golpean con mayor fuerza a las familias que dependen del campo.

Para un joven marroquí sin trabajo, Europa no es una abstracción. Está ahí enfrente y desde algunos puntos de la costa se la puede ver. Ceuta y Melilla representan una puerta geográfica, aunque cruzarla no garantice legalidad, empleo ni bienestar. La distancia física es corta; pero la distancia social y económica parece inmensa.

Una crisis con detonantes todavía inciertos

Las causas profundas de la migración resultan visibles, pero el detonante de esta irrupción masiva de gente todavía no está completamente esclarecido. En esta oportunidad, España manifestó públicamente la cooperación de Marruecos y afirmó que las fuerzas de seguridad de ese país evitaron miles de intentos de trasvasar la frontera.

Ceuta tiene una población reducida y una capacidad limitada para responder a una llegada de semejante magnitud. Los recursos de asistencia quedaron saturados, miles de personas tuvieron dormir en calles y parques y las autoridades reclamaron refuerzos policiales, militares y financieros.

La situación de los menores resulta particularmente grave. Según el Gobierno de Ceuta, la cantidad de chicos extranjeros no acompañados alojados en la ciudad pasó de 180 a 570 en pocos días. Los centros destinados a recibirlos alcanzaron una ocupación equivalente al 1.600% de su capacidad.

La emergencia altera inevitablemente la vida cotidiana. Presiona sobre los servicios sanitarios y sociales, genera temor entre los habitantes, protestas y ofrece terreno fértil para discursos xenófobos. Al mismo tiempo, una respuesta centrada únicamente en alambrados de púas, expulsiones y despliegues militares corre el riesgo de ignorar que detrás de cada ingreso hay una persona que decidió arriesgar su vida.

España debe controlar sus fronteras y tiene la obligación de ordenar los procedimientos migratorios, proteger a los menores y evitar que el caos sea aprovechado por organizaciones criminales. Pero controlar una frontera no exige deshumanizar a quienes llegan.

Presentar a todos los migrantes como una amenaza puede resultar electoralmente rentable, aunque no resuelva las causas. Tampoco hay que romantizar la migración y desconocer el impacto que una llegada masiva provoca en una comunidad. La responsabilidad política consiste en sostener ambas verdades: los que cruzan son seres humanos desesperados y las sociedades receptoras tienen límites materiales que deben ser respetados.

 

Una mirada desde Salta

Desde Salta, provincia de frontera, sabemos que una línea trazada sobre el mapa nunca explica por completo lo que sucede alrededor de ella. Las fronteras son controles y soberanía, pero también trabajo, comercio, familias, desigualdades y movimientos humanos que vienen ocurriendo desde mucho antes de que existieran los Estados modernos.

También sabemos que nadie abandona fácilmente su tierra, sus afectos y su cultura. Quien se esconde en un camión, atraviesa un alambrado o se tira al mar no lo hace porque desconozca el peligro. Lo hace porque, muchas veces, permanecer quieto le parece todavía peor.

Europa debería observar detrás de las imágenes. La inmigración masiva no se detiene levantando muros más altos. Mientras millones de jóvenes no encuentren empleo, estabilidad y una expectativa razonable de progreso en sus países, siempre habrá alguien dispuesto a intentar el cruce.

La cooperación con Marruecos debería apuntar a crear empleos, ampliar la educación, mejorar las condiciones rurales, enfrentar la crisis hídrica y reducir las desigualdades territoriales. No como un gesto de caridad, sino como una inversión para una estabilidad compartida.

El desarrollo de los países vecinos es una cuestión de seguridad, convivencia y supervivencia política para las regiones más prósperas. Porque cuando la desesperanza se vuelve multitud, ninguna frontera alcanza. Detrás de cada oleada humana aparece el fracaso de una sociedad que no pudo convencer a sus hijos de que todavía valía la pena quedarse.

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