PUBLICIDAD

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
PUBLICIDAD

Los verdaderos enemigos de la libertad

Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

La defensa virulenta de la libertad (VLLC) es el emblema del gobierno nacional actual. El lema libertario original, todavía vigente, es "free minds in free markets" (mentes libres en mercados libres). Podrían discutirse los dos extremos de la fórmula (por ejemplo, la crisis global de 2008 la generaron los mercados financieros desregulados, pero la factura la pagaron los Estados con los aborrecidos impuestos). Sin embargo, en esta nota nos centraremos en el "free minds" y quién amenaza actualmente esta "libertad de las mentes".

La "polis"

En primer lugar, debe señalarse que, como ya sabían los griegos, la libertad solo existe en la polis, es decir, en comunidad, en sociedad. Más allá de alguna falsa idea romantizada, el hombre, sólo en la naturaleza, está demasiado preocupado en su supervivencia para ser libre. Nuestra libertad actual depende de que haya supermercados, agua corriente, luz eléctrica, alfabetización casi universal, etc. Si falta cualquiera de esos requisitos, nuestra libertad se reduce drásticamente.

Si la libertad es social, requiere necesariamente de reglas, ya que sin éstas no hay sociedad. La más básica es que mi libertad termina dónde empiezan los derechos del otro. En ejercicio de mi libertad, puedo querer circular ebrio a 200 km por hora por la autopista. O matar a mi vecino porque martillea durante la siesta. Sin embargo, las reglas comunes restringen fuertemente esas expresiones de la libertad. Por lo tanto, una primera idea es que la libertad no es absoluta, no es totalmente libre, si se me permite el tropo. Para que exista es necesaria la sociedad que, a su vez, la limita.

El Leviatán

En segundo término, también hay que recordar que la libertad como un derecho humano general es un fenómeno de los últimos cinco minutos hablando en términos históricos. Durante larguísimos periodos, la humanidad no fue libre: el noble fue noble y el siervo, siervo por generaciones, con la particularidad de que eran más los segundos que los primeros. Recién a partir del siglo XVII, se fue desarrollando, lentamente, el concepto de libertad tal y como lo conocemos hoy en día.

Una segunda idea es entonces que la libertad es una creación cultural: no se da en la naturaleza, pero tampoco se da necesariamente en toda comunidad humana; de hecho, ha habido durante siglos comunidades humanas sin libertad.

El concepto moderno de libertad se fue construyendo como oposición al Leviatán (Hobbes), es decir, al Estado como entidad que ejerce un monopolio burocratizado de la fuerza y que amenaza la intimidad y la privacidad de un nuevo jugador histórico, el individuo/ciudadano, centro de un conjunto de derechos en permanente expansión. Es así, bajo esta acepción, como la entiende el presidente y su club libertario: el enemigo manifiesto de la libertad es el Estado, que quiere reglamentar hasta el último rincón de la vida del individuo incluyendo, especialmente, qué debe pensar. La solución es clara: des-reglamentar (desregular) para que el individuo recupere su libertad.

Las nuevas formas del poder

Sin embargo, esa visión de la libertad atrasa. En su versión pura y seguramente para horror del presidente, se trata de una mirada setentista, el mismo mal que aqueja a sus odiados kirchneristas y que consiste en aplicar recetas viejas para problemas nuevos. En efecto, desde esa época, con idas y vueltas, en la mayoría de los países occidentales los otrora todopoderosos Estados fueron declinando, en parte, de forma voluntaria (el tránsito desde el llamado Estado del Bienestar a la sociedad neoliberal actual se hizo, a no confundirse, por el voto ciudadano) y, en parte, por la aceleración de la globalización que disminuyó drásticamente el margen de acción y de control estatal.

Sin embargo, los vacíos de poder siempre se llenan. La tecnología y, en particular, algunas empresas tecnológicas empezaron poco a poco a ocupar la cabina de control vacante. Primero los buscadores (Google), después las redes sociales (Meta, dueña de Facebook e Instagram), hoy las empresas de IA empezaron a acumular enormes cantidades de información sobre sus usuarios, en general, a cambio del acceso gratuito a sus tecnologías (en un sistema capitalista, cuando no hay pago por un producto, el producto sos vos).

"La mayor amenaza a la libertad ya no proviene solo del Estado. También las grandes tecnológicas  buscan predecir y dirigir lo que pensamos y hacemos".

Con una narrativa totalmente guionada (como se dijo, las mejores mentes de nuestra generación están ocupadas en ver cómo generar más clicks), estas empresas se presentan a sí mismas como garantes de la libertad, sobre todo, la de expresión.

Pero la libertad de expresión no es en absoluto su objetivo; es, en el mejor de los casos, un by-product de su propósito real que es cien por ciento de negocio. Sin embargo, esa narrativa ha conseguido engañar a muchos, incluyendo a nuestra Corte Suprema que, en sus fallos sobre la actividad de los buscadores, vio lo primero (la libertad de expresión) sin ver lo segundo (el negocio de los datos).

La era de la vigilancia

¿Y cuál es el negocio de las grandes tecnológicas? En un primer momento era vender nuestros datos personales, ultra segmentados, para anuncios cada vez más personalizados. Pero después fue mutando: su nuevo objetivo es, primero, predecir y, después, dirigir nuestro comportamiento futuro (es lo que Zuboff llama el "excedente conductual" en La era del capitalismo de la vigilancia, libro imprescindible para entender el mundo actual). Dicho de otro modo, las grandes tecnológicas nos ofrecen una mayor libertad de expresión, pero aspiran a decirnos qué pensar y qué decir. Y lo consiguen: la polarización, la posverdad, las fake news, el auge de las teorías conspirativas más absurdas, el debilitamiento y el desprestigio de las democracias, etc., lo atestiguan.

La pregunta, evidentemente, es qué hacer. Y ahí volvemos al principio: la libertad es un concepto cultural, es decir, dinámico, evolutivo. Identificar correctamente las amenazas actuales es el primer paso. Y el segundo utilizar el mecanismo principal de cualquier sociedad, regular, establecer reglas que protejan nuestra libertad frente a esas amenazas.

De lo contrario, las distopias en las que volveremos a ser siervos, esta vez de un sistema tecnofeudal, serán cada vez más probables (recordemos, en cualquier feudalismo los señores son pocos y los siervos muchos). Y en lo individual, posiblemente, ser un poco menos homo digitalis: pausar un rato las pantallas, las redes sociales, la IA, los Zoom y Meet; volver al cara a cara, a las actividades comunitarias presenciales, al viejo y querido mundo offline.

* El autor es Magister y Doctorando en Derecho. Especialista en protección de datos personales. Escribió el libro "Derecho de internet", editorial Astrea, 2023.

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD