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La paz debe tomarse en serio

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Poco a poco, los valores, la identidad y la democracia occidentales parecen convertirse en caricaturas de su propio pasado.

Mientras China realiza una meteórica carrera para convertirse en la principal potencia mundial, transitando por un sendero milenario en el cual va ejecutando cambios estratégicos, pero siempre hacia adelante; y mientras Vladmir Putin rescata y moderniza lo peor del zarismo y de la Unión Soviética, Donald Trump se dedica a desestabilizar a Europa y Medio Oriente, a reclamar el Premio Nobel de la Paz y a culpar a los ucranianos por la invasión rusa a Ucrania.

Próximo a las elecciones de medio término de su segundo mandato, el objetivo internacional más visible del presidente republicano es el petróleo. Su ataque de estos días, pidiendo una destitución ilegal de Volodomir Zelenski – las leyes ucranianas no permiten realizar elecciones en estado de Guerra- nace de un bombardeo defensivo sobre una planta petrolera rusa. Y argumenta que "al continuar la guerra, Zelenski pone en riesgo la paz mundial". Probablemente, Trump aprendió que su ataque -sin estrategia clara- contra Irán eliminó a los jerarcas pero no derribó al régimen teocrático, no detuvo el plan nuclear iraní y, como agravante, provocó un caos en el corazón petrolero del mundo, y el cierre, por parte de sus enemigos, del estrecho de Ormuz.

En Venezuela, ordenó el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, pero el régimen sigue casi intacto, con la diferencia que se convirtió en socio del gobierno republicano y le cedió el botín más preciado: el control sobre la mayor reserva hidrocarburífera de la OPEP. Y ni que hablar de la destrucción de lanchas y barcazas en el mar Caribe, supuestamente, tripuladas por narcotraficantes, sin hacer mella al crimen organizado. En su país, Donald Trump se concentra en ordenar razzias de inmigrantes, en una suerte de depuración poblacional claramente xenófoba.

Sin embargo, como un desafío a la imaginación, asegura haber detenido ocho guerras en veinte meses y que, por eso, el Comité noruego debe entregarle el Premio Nobel.

Los hechos hablan por sí solos. El comité independiente de Noruega elige a los galardonados aplicando el criterio con el que el químico, ingeniero, inventor y empresario Alfred Bernhard Nobel destinó su fortuna a reconocer a personas e instituciones que hubieran contribuido a la paz, la convivencia y los derechos humanos. Buscaba así reparar el daño que el uso militar de su invento, la dinamita, había causado a la humanidad.

Los noruegos no solo no le dieron el premio a Trump (probablemente se hayan reído en privado); eligieron en cambio a Navanethem "Navi" Pillay, jurista sudafricana, pionera contra el apartheid en su país, con una trayectoria extensa como jueza de distintos tribunales internacionales, Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos y presidenta de la Comisión de Investigación de la ONU sobre el Territorio Palestino Ocupado. En los reduccionismos a los que nos tiene acostumbrados la política en el mundo, podría suponerse que fue elegida para irritar al autopostulado presidente, y a su aliado israelí Bejamin Netanyahu. Pero eso significa pensar en los términos que parece aplicar Trump. Es bueno tener presente que el Primer Premio Nobel de la Paz se entregó el 10 de diciembre de 1901 y lo recibieron el fundador de la Cruz Roja, Henri Dunant, y el pacifista Frédéric Passy. Desde entonces, el premio quedó vacante en 19 ocasiones, por no haber postulante que lo mereciera.

La paz mundial atraviesa momentos de incertidumbre, entre otras cosas, porque son muchos y diversos los factores que generan violencia y, además, los organismos internacionales creados para sostenerla pierden respaldo y capacidad operativa. Están como atrofiados. Y EEUU, paradigma de esas instituciones durante la Guerra Fría, hoy está muy lejos de garantizar el equilibrio global.

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