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La Argentina en tránsito, en un mundo cambiante

El riesgo país es el termómetro de la confianza, y la confianza depende de la estabilidad institucional. Más allá de las declaraciones de apoyo hacia el gobierno, los inversores esperan señales más fuertes, mientras renace el sentimiento nacionalista.

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La palabra riesgo país se popularizó en la Argentina a principios del año del 2001, en el inicio de la decadencia del gobierno de Fernando De la Rúa, que culminó con la debacle de diciembre de ese año. En diciembre de 1999, al finalizar el gobierno de Carlos Menem, la tasa riesgo país era de 565 puntos. En enero de 2001 había escalado a 766 puntos y en el momento del estallido trepó a los 4.404 puntos.

En la actualidad la tasa riesgo país gira en torno a los 600 puntos, una cifra semejante a la de diciembre de 1999, pero en diciembre de 2023, cuando asumió el gobierno Javier Milei, era del 1.800 %. Esto significa que se redujo dos tercios durante la actual gestión.

Corresponde empero una aclaración: en diciembre de 2024 esa tasa ya era de alrededor de 600 puntos. Esto significa que esa reducción se produjo en los primeros doce meses de gobierno. Desde entonces, esto es en los últimos dos años, aunque con variaciones, permanece estable.

En Brasil, durante los cuatro años de gobierno de Lula y los cuatro anteriores de Jair Bolsonaro, el riesgo país osciló en torno a los 200 puntos, una cifra que no se alteró durante la campaña electoral y que muy difícilmente se modifique en los cuatro años de un probable gobierno de Flavio Bolsonaro.

Esta situación se inscribe en el escenario internacional abierto por la Cuarta Revolución Industrial, cuya expresión emblemática es la inteligencia artificial. Este cambio implica una reformulación geopolítica que supone la revalorización del factor territorial y, en consecuencia, del nacionalismo que, además de la dimensión cultural, tiene siempre un componente territorial. De allí que se hable de una "revancha de la geografía", incentivada por el aumento de la demanda que el vertiginoso desarrollo de la inteligencia artificial desata en materia de energía y de minerales, en especial del cobre y de litio. En la Argentina representa también una revitalización del papel de las provincias, dueñas de esos recursos.

En ese resurgimiento del nacionalismo cabe situar la reaparición en la agenda pública de la cuestión Malvinas, iniciada con el impacto en la opinión pública del despliegue de la bandera con esa consigna enarbolada por el seleccionado argentino durante el campeonato mundial de fútbol y asumida por Milei en el marco de su alianza estratégica con el gobierno de Donald Trump.

Esa revitalización del tema Malvinas obedece a la prioridad otorgada por Trump al hemisferio americano en la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, que exige prestar especial atención a la situación del estrecho de Magallanes, el Atlántico Sur, que incluye a las Malvinas, y el continente antártico.

Esta novedad estructural implica un replanteo estratégico que trae aparejada una potenciación del papel de las Fuerzas Armadas en todo el mundo y también en la Argentina, donde por su pasado reciente esa revisión adquiere mayor relevancia, trasuntada en la decisión de avanzar en la construcción de una base militar integrada en Tierra del Fuego y en el proyecto de ley de defensa nacional.

Esta revalorización de los territorios impacta políticamente y coincide con la controversia suscitada en torno a la Ley de Tierras a partir del reciente fallo de la Corte Suprema de Justicia, en un debate que se libra en el Parlamento y en el Poder Judicial. La reacción negativa que siguió a esa resolución de la Corte y obligó a su revisión ratificó ese renacimiento del espíritu nacionalista en la opinión pública.

Una profecía postergada

No es una discusión abstracta. En el corto plazo su epicentro gira en torno a la importancia adquirida por las inversiones extranjeras en la exploración y la explotación de la energía y los minerales en la zona cordillerana y en la Patagonia pero en el mediano y largo plazo está relacionada con la perspectiva de la instalación masiva de "data centers" en la Patagonia, posibilidad que fue motivo de algunas iniciativas todavía incipientes pero que involucra un debate político fuertemente instalado incluso en Estados Unidos.

En este sentido no hay que subestimar el significado de la presencia de Peter Thiel en Buenos Aires, quien no sólo es un conspicuo empresario de la alta tecnología sino también un teórico cuyo pensamiento político está sustentado en un sólido poder económico. Entre otras cosas Thiel fue el principal financista del lanzamiento del vicepresidente de Estados Unidos, James Vance.

En un artículo titulado "La educación de un libertario", publicado en 2009, hace diecisiete años, lo que resalta su capacidad de adelantarse a los acontecimientos, Thiel puntualizó que "como no quedan lugares verdaderamente libres en nuestro mundo, sospecho que la forma de escape debe involucrar algún proceso nuevo y hasta ahora no probado que nos lleve a algún país a descubrir. Por esas razones, he centrado mis esfuerzos en nuevas tecnologías que puedan crear un nuevo espacio para la libertad".

Aquí entra en juego la cuestión de los tiempos. Jorge Bergoglio, antes aún de convertirse en el Papa Francisco, instaló el axioma de que "el tiempo es superior al espacio". La sustentabilidad temporal de cualquier programa económico es una condición indispensable para su éxito. En la Argentina, esa percepción gravita decisivamente en la conducta de los inversores e incide en el escenario electoral.

Julie Kozack, vocera del Fondo Monetario Internacional, afirmó que "es importante que el crecimiento, que hasta ahora ha sido sobre todo en los sectores de energía, minería y agricultura, se amplíe y se distribuya en forma más equitativa entre sectores de la economía, pero más también entre trabajadores". En el cónclave de IDEA en Mar del Plata, el argentino Pablo Goldberg, directivo de Black Rock, el fondo privado de inversión más importante del mundo señaló que "para que Argentina se transforme en lo que los mercados financieros llaman un país "aburrido"- es decir predecible y estable- los esfuerzos no deben centrarse únicamente en acelerar el crecimiento a corto plazo sino en reducir la volatilidad institucional y macroeconómica a lo largo del tiempo". Y agregó: "Los inversores internacionales miran a los locales. ¿Si el que tiene más información no invierte (y se dolariza en cada elección) por qué debería venir inversión de afuera?".

Dentro de las estadísticas económicas, hay un índice que tiene singular relevancia: la tasa de inversión, que es el principal indicador que predice el futuro de una economía. A pesar del ajuste fiscal y de la nueva inserción internacional de la Argentina, en estos casi tres años de gobierno la tasa de inversión no sólo no aumentó, sino que es levemente inferior a la que existía a fines de 2023.

Esa estimación surge obviamente de las cifras de inversión consignadas por el INDEC y no de las previsiones al respecto, derivadas básicamente de la implementación del Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), que incluyen proyectos de decenas de miles de millones de dólares, en particular en el terreno de la energía y los minerales.

Esta dicotomía influye en el escenario político y coloca al gobierno ante un dilema que, como no lo puede resolver, está obligado a convivir con él. Para garantizar a los inversores la previsibilidad de la economía el ministro de Economía, Luis Caputo, enfatiza que no existe ninguna posibilidad de que Axel Kiciloff, quien hoy asoma en la superficie como el más probable candidato de la oposición, triunfe en 2027. En contrapartida, para compensar el deterioro de la imagen del gobierno en la opinión pública y explicar la cautela de los inversores, otros voceros oficiales tienden a subrayar el "riesgo kuka". Para eludir ese dilema, Caputo acuñó una frase inteligente: "mi tarea es prepararme para lo que pueda llegar a pensar el resto de la gente y no lo que pienso yo".

En el mensaje que envió desde París a la reunión de IDEA en Mar del Plata, Milei afirmó: "Si los argentinos quieren vivir en un país próspero y acompañan las ideas de la libertad, vamos a enfrentarnos a los mejores cuatro años. Si deciden otra cosa pagarán las consecuencias por haber elegido el camino de la decadencia".

En un discurso pronunciado en el 18 de agosto de 2025, en vísperas de las elecciones que marcaron un rotundo triunfo del oficialismo, Milei había pronosticado: "Frente a un año electoral los inversores tampoco quieren invertir hasta que no se despeje el horizonte". Y profetizó: "octubre va a ser el puntapié de inicio del siglo dorado de la Argentina". Lo que en agosto de 2025 iba a ocurrir apenas dos mesas más tarde, queda ahora diferido para diciembre de 2027.

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