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Tras la primera vuelta, Brasil espera el balotaje con una pregunta decisiva: ¿a quién elegirán quienes se quedaron sin candidato? Si la mayoría conserva su voto y la abstención mantiene sus niveles recientes, esa segunda preferencia será clave. La historia electoral, las afinidades políticas y el desgaste de gobernar ofrecen pistas sobre quién puede conquistarla. Para explorar esa hipótesis, retrocedamos 24 años.
En 2002, Lula llegó al balotaje con el 46,44%, frente al 23,20% de José Serra. El restante 30,36% se concentraba en Garotinho y Ciro Gomes, cuyos apoyos combinaban motivaciones sociales, religiosas y personales. Ese perfil diverso sugería explorar un reparto cercano a mitades, aun cuando ambos dirigentes respaldaran a Lula. La aplicación de esta hipótesis situaba a Lula en el 61,62% y a Serra en el 38,38%. El resultado fue casi idéntico, con el 61,27% y el 38,73%, respectivamente. El balance global se aproximó significativamente a aquel reparto y dejó como enseñanza que, si los nuevos apoyos se distribuyen casi por mitades, la ventaja inicial pesa mucho y se mantiene.
En 2006, Lula obtuvo el 48,61% en primera vuelta, cerca del 46,44% de 2002, lo que sugiere un núcleo de apoyo persistente, próximo a su «voto duro". Alckmin logró el 41,64% y las demás candidaturas, el 9,75%. Este último espacio se concentraba en Heloísa Helena y Cristovam Buarque, alternativas de izquierda y centroizquierda cuya cercanía política hacía razonable esperar un reparto favorable a Lula. Efectivamente Lula ganó con el 60,83% y Alckmin retrocedió al 39,17%. En términos globales, el crecimiento del vencedor equivalió al porcentaje de las candidaturas eliminadas más los 2,47 puntos que perdió su rival. En un balotaje, la clave es atraer a quienes votaron por candidatos que quedaron fuera de la contienda, sin perder el apoyo de quienes ya lo eligieron.
En 2018, Fernando Haddad reemplazó a Lula y obtuvo el 29,28%, frente al 46,03% de Jair Bolsonaro. El resultado sugiere que el respaldo personal de Lula no se trasladaba íntegramente a otro candidato del PT, aunque el escenario político también había cambiado.
Las demás candidaturas reunieron el 24,69%. Ciro Gomes, de centroizquierda, concentraba algo más de la mitad; el resto incluía opciones de centro y derecha. Esa composición permitía plantear un reparto favorable a Haddad, aunque insuficiente para asegurar la remontada. Haddad alcanzó el 44,87%, pero Bolsonaro ganó con el 55,13%. En términos globales, el movimiento equivale aproximadamente a repartir el porcentaje de las candidaturas eliminadas en un 63% para Haddad y un 37% para Bolsonaro. Haddad creció más, pero no compensó su desventaja inicial. Atraer más apoyos entre vueltas no siempre alcanza para ganar.
En 2022, Lula obtuvo el 48,43%, casi el mismo porcentaje que en 2006, frente al 43,20% de Jair Bolsonaro. Las demás candidaturas reunieron el 8,37%, principalmente Simone Tebet y Ciro Gomes. Una hipótesis es que Lula ya hubiera concentrado buena parte de su respaldo y tuviera menos margen para crecer. Desde esa perspectiva, podía explorarse un reparto de los votos restantes favorable a Bolsonaro, pese al apoyo de Tebet y Ciro a Lula. Pero la ventaja inicial imponía un límite. Incluso asignando a Bolsonaro siete de cada diez votos de las candidaturas eliminadas, no le alcanzaba para ganar, necesitaba cerca del 81% de ese espacio para superar a Lula bajo el supuesto que ambos conservaban sus apoyos y la base de votos válidos se mantenía comparable, cuestión que efectivamente sucedió. El resultado se aproximó al reparto 70/30. Bolsonaro creció 5,90 puntos y Lula, 2,47, un balance global equivalente a distribuir aquel 8,37% en esas proporciones. Lula ganó con el 50,90% frente al 49,10%. Bolsonaro captó una mayor parte del crecimiento entre vueltas, pero la ventaja inicial de Lula resultó decisiva.
En 2026, el punto de partida cambió: Lula obtuvo el 45,16%, frente al 47,03% de Flávio Bolsonaro. Las demás candidaturas reunieron el 7,81%. Dentro de ese espacio, Renan Santos, Ronaldo Caiado y Romeu Zema sumaron el 4,69% que son candidaturas de derecha y por lo tanto con mayor proximidad ideológica a Bolsonaro. A ello se agregó el respaldo de Augusto Cury, que había obtenido el 2,89%. Estas señales permiten plantear un reparto favorable a Flávio Bolsonaro como una hipótesis plausible. Aunque los apoyos de los dirigentes no aseguran la transferencia de sus votantes, si es importante leer el perfil de ese electorado que se inclina hacia el perfil ideológico más afín con Flavio Bolsonaro.
La comparación histórica muestra el fortalecimiento del espacio rival del PT, hoy encabezado por el bolsonarismo. El principal competidor de Lula obtuvo el 23,20% en 2002 y el 41,64% en 2006. Más tarde, Jair Bolsonaro alcanzó el 46,03% en 2018 y el 43,20% en 2022; Flávio llegó al 47,03% en 2026. Son candidatos y electorados distintos, pero la tendencia muestra una alternativa al PT electoralmente más fuerte. Lula, en cambio, perdió 3,27 puntos respecto de 2022, un retroceso compatible con cierto desgaste de su liderazgo y su gestión, aunque no atribuible a una sola causa. El cambio decisivo es que ahora llega al balotaje en desventaja y debe remontar disputando votos de candidaturas mayoritariamente más próximas a su rival.
¿Qué podría ocurrir el próximo 25 de octubre? Nuestra hipótesis del «voto derivado" permite construir escenarios: quienes eligieron candidaturas eliminadas tenderían a distribuirse según su proximidad política y el rechazo que les genere cada finalista.
El punto de partida favorece a Flávio Bolsonaro que llega con 47,03%, frente al 45,16% de Lula, y queda un 7,81% para redistribuir. Si ambos conservaran sus apoyos y ese porcentaje se repartiera íntegramente entre ellos, sin cambios relevantes en la base de votos válidos, los resultados, las hipótesis de reparto serían:
- Si el 60% fuera para Flávio y el 40% para Lula, el resultado final se proyecta como 51,72% y 48,28%, favorable al primero.
- Con el 70% para Flávio y 30% para Lula, Bolsonaro se impondría por el 52.50% contra 47,50%.
- Incluso, si el 40% fuera para Flávio y 60% se volcara por Lula, también ganaría el primero: 50,15% conta 49.85%.
- Finalmente, Lula ganaría por una exigua diferencia si lograra el 70% contra el 30% de su adversario. El resultado final sería Flávio, 49,37% y el actual presidente 50, 63% y 70% para Lula.
Para Lula, el desafío es considerable, incluso captando seis de cada diez votos de las candidaturas eliminadas, quedaría ligeramente por debajo. Con estos supuestos, necesitaría superar aproximadamente el 62% de ese espacio para ganar. En ese contexto puede interpretarse el esfuerzo de su campaña por movilizar a quienes no participaron en la primera vuelta. Sin embargo, la persistencia de una abstención cercana al 21% en las elecciones recientes hace menos plausible apostar a una incorporación masiva de esos electores, además si una oferta más amplia no los llevó a votar, la reducción a dos candidatos no ofrece, por sí sola, una razón para esperar que ahora participen. La confrontación final podría activar a una parte, pero Lula necesitaría que esa movilización fuera suficiente y mayoritariamente favorable a él.
Bajo las hipótesis analizadas, es de esperarse que Flávio Bolsonaro resulte ganador porque parte con ventaja y Lula enfrenta una remontada exigente. En 2022, la distancia inicial permitió a Lula resistir el mayor crecimiento de su adversario entre vueltas. Ahora esa ventaja está del otro lado.
Pero la lección va más allá de anticipar quién puede ganar. Desde la consultoría política, importa comprender qué sostiene esa victoria: una mayoría electoral no equivale a una mayoría de adhesión propia. El voto de segunda opción puede expresar cercanía, rechazo al adversario o la elección del mal menor. Ganar exige reunir esos apoyos; gobernar exige comprender sus diferencias. El próximo presidente de Brasil recibirá, además, un país profundamente dividido entre el proyecto de Lula y el bolsonarismo que Flávio busca continuar y renovar. Las urnas resolverán quién gobierna, pero no harán desaparecer esa división. El desafío será construir acuerdos y representar también a quienes eligieron al adversario. Confundir una victoria ajustada con un respaldo incondicional puede ser el primer error del vencedor, los votos alcanzan para ganar una elección; para gobernar, también hace falta construir confianza más allá de los propios