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La humanidad, la fe y la finitud

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Hay una foto icónica, laminar; un momento emblemático que marca un antes y un después en la historia de la Iglesia católica. Se trata de la histórica oración y bendición Urbi et Orbi del papa Francisco, el 27 de marzo de 2020. Una Plaza de San Pedro vacía, lúgubre, lluviosa. Sin feligreses ni multitudes. Sin aquellos miles de rostros que durante siglos habían acompañado las grandes ceremonias de la Iglesia. El mundo estaba confinado por una pandemia y el hombre que representaba a Dios en la Tierra caminaba solo bajo la lluvia. El Pontífice rezó frente al Santísimo Sacramento y a la cruz de San Marcelo. Impartió una bendición especial con indulgencia plenaria para pedir por el fin de la pandemia. Aquella imagen conmovió al mundo. Y dejó una reflexión que aún hoy resuena, aunque pocos la quieran escuchar: «Nadie se salva solo".

Pero yo veo algo más en aquella fotografía. Algo que quizás resulte incómodo. La imagen de una religión que, por primera vez de una manera tan visible y universal, parece rendirse ante la evidencia científica. La voluntad de Dios no pudo suspender el confinamiento. La fe de millones de creyentes no pudo impedir que el virus continuara propagándose. El Papa, depositario de una autoridad espiritual extraordinaria, debía someterse a las mismas restricciones sanitarias que cualquier otro ser humano. El virus no distinguía entre creyentes y ateos. Entre cardenales y obreros. Entre quienes rezaban y quienes jamás habían pronunciado una oración.

Y ahora otra imagen - distinta pero igualmente perturbadora - vuelve a enfrentarnos con esa misma evidencia. El Vaticano confirmó que León XIV fue operado de un cáncer de pulmón. Un adenocarcinoma. Una palabra médica. Una palabra humana. Una palabra como un cuchillo afilado y ansioso que nos enfrenta con nuestra más profunda humanidad. Con nuestra finitud. Que nos contrapone con esa fragilidad que compartimos todos, aunque durante buena parte de nuestras vidas intentemos desentendernos de ella.

El procedimiento fue exitoso. Los médicos extirparon el lóbulo inferior de su pulmón derecho. No hubo complicaciones. Ojalá su recuperación sea rápida y completa. Pero, más allá de la noticia médica, hay algo que me conmueve profundamente: el Papa tiene cáncer.

El hombre que bendice a millones de personas con sólo alzar la mano necesita que otros hombres lo curen. El hombre que representa una institución de dos mil años de historia debe confiar su vida a un equipo de cirujanos, anestesistas, enfermeros y especialistas. Su condición de Pontífice no modifica la biología de sus células. Su autoridad espiritual no lo protege de una mutación genética. Su cercanía simbólica con lo divino no lo hace menos vulnerable a la enfermedad. Después de todo, el Papa sólo es otro hombre como usted o como yo. Y quizás, en esa revelación, resida el germen de una de las transformaciones más profundas de nuestra época.

Porque durante siglos, la religión ofreció respuestas a preguntas que la humanidad no sabía cómo formular. La enfermedad, el sufrimiento, las epidemias, la muerte. Todo podía encontrar alguna explicación dentro de un orden trascendente. Pero la ciencia fue desplazando cada una de aquellas explicaciones. Primero con lentitud. Ahora con una aceleración extraordinaria. Sin pudor. Y sin miramientos. Hoy podemos identificar un tumor, estudiar sus características, intervenir sobre un órgano y comprender procesos biológicos que hace apenas algunas generaciones permanecían ocultos. Y depositamos nuestra esperanza en ese conocimiento. Incluso quienes creen con fervor en Dios.

Esto no significa que la fe haya desaparecido. Tampoco que la ciencia pueda responder las preguntas que durante siglos alimentaron la experiencia religiosa. La ciencia puede explicar cómo se desarrolla una enfermedad. Dudo que pueda responder por qué debemos soportar el sufrimiento o qué significado tiene nuestra existencia.

Pero siento que algo ha cambiado. Cuando enfermamos, rezamos. Y buscamos un médico. Cuando aparece una epidemia pedimos protección divina. Y esperamos una vacuna. Cuando el Papa necesita salvar su vida, millones de fieles oran por él. Mientras tanto, un equipo médico utiliza el conocimiento acumulado durante siglos para curarlo.

Las oraciones acompañan. La medicina interviene. Y esa diferencia, que podría parecer elemental, encierra una transformación profundamente humana. Y civilizatoria. Una transformación por la cual la ciencia comienza a ocupar el lugar que durante siglos perteneció a la religión: el de nuestra confianza en la posibilidad de vencer aquello que nos amenaza. Aparece una nueva forma de fe, construida alrededor del conocimiento, la experimentación y la promesa de que mañana podremos hacer aquello que hoy todavía no.

Sin embargo, no deja de aparecer una paradoja extraordinaria en todo esto. Cuanto más poderosa se vuelve nuestra ciencia más evidente se hace nuestra fragilidad. Podemos modificar genes, construir inteligencias artificiales y comenzar a imaginar formas de vida que excedan nuestra biología. Podemos soñar con la vida casi eterna. Pero -todavía- basta una pequeña alteración celular para recordarnos nuestra mortalidad.

Antes fue Francisco caminando solo bajo la lluvia. Hoy es León XIV entrando a un quirófano. Dos imágenes separadas por seis años. Dos acontecimientos diferentes pero la misma condición humana. Porque detrás de las vestiduras blancas, de los rituales, de las bendiciones y de los dos mil años de historia, sigue existiendo un hombre. Un hombre que enferma, que puede tener miedo, que necesita ayuda y que recemos por él. Un hombre que espera recuperarse. Un hombre mortal; como usted, y como yo.

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