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Después del Homo sapiens

La humanidad es parte del proceso evolutivo, esencia de la historia biológica. Y aunque nunca los seres humanos hayan imaginado que podrían evolucionar hacia otra especie, hoy se insinúa una transformación inducida, justamente, por nuestras tecnologías.

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La humanidad siempre vivió con una convicción que nunca necesitó explicitar: la idea de que la condición humana constituía una categoría estable. Las religiones discutían el destino del hombre. Los filósofos discutían su naturaleza. Los sistemas jurídicos, sus derechos. Las ciencias estudiaban su biología. Incluso las revoluciones políticas más radicales compartían una misma premisa: el sujeto de todas esas discusiones permanecería siendo esencialmente el mismo, el ser humano. La afirmación parece trivial porque somos parte de la especie; porque estamos inmersos en ella. Sin embargo, observada desde una escala histórica más amplia es, al menos, extraña.

Durante toda la historia de la vida sobre la Tierra ninguna especie permaneció inalterada. Todas cambiaron. Algunas desaparecieron. Otras dieron origen a nuevas formas de vida. La evolución nunca prometió estabilidad. Nunca prometió permanencia. Nunca prometió que una especie determinada representaría un punto de llegada. Y, sin embargo, durante los últimos siglos, los seres humanos nos comportamos como si el Homo sapiens fuera la excepción a esa regla.

Quizás porque la transformación era demasiado lenta como para ser percibida. Quizás porque los cambios biológicos ocurrían a escalas temporales incompatibles con una vida humana individual o, incluso, con la de varias generaciones. Quizás porque la relativa estabilidad de los últimos milenios nos permitió confundir esta situación con una condición inmanente. Puede haber muchas razones para esto, pero, sin embargo, algo podría estar cambiando.

Durante miles de millones de años, la evolución avanzó mediante mutaciones aleatorias y selección natural. Ninguna especie podía intervenir sobre el proceso. La naturaleza experimentaba, el entorno seleccionaba. La inteligencia era producto de la evolución, nunca su arquitecta. Hoy, por primera vez en la historia de la Tierra aparece una especie capaz de intervenir sobre los mecanismos que la produjeron.

La edición genética permite alterar el ADN. Las tecnologías reproductivas permiten seleccionar embriones según criterios cada vez más sofisticados. Las interfaces cerebro-computadora comienzan a conectar procesos neuronales con sistemas digitales. La neuroingeniería explora formas de complementar memoria, percepción y cognición. La inteligencia artificial empieza a participar activamente en la comprensión funcional del genoma, en la investigación biológica y en el desarrollo de herramientas capaces de intervenir sobre la vida misma. La diferencia es difícil de exagerar. Por primera vez, la evolución deja de ser un proceso exclusivo del ámbito biológico –y fuera de nuestro control– para comenzar a ser combinada con decisiones tecnológicas. Y eso hace que surjan nuevas preguntas.

Neandertales y Homo Sapiens

Durante años imaginamos el futuro como una confrontación entre seres humanos y máquinas; de hecho, la imagen domina la ciencia ficción contemporánea. Humanos, por un lado. Inteligencias artificiales, por el otro. Dos categorías separadas. Enfrentadas. Dos destinos incompatibles. Pero, quizás, esta imagen sea profundamente errónea. Porque la historia evolutiva rara vez funciona mediante rupturas abruptas, sino que funciona mediante transiciones y continuidades.

Los neandertales jamás se pensaron como neandertales; nunca utilizaron esa palabra. Nunca supieron que constituían una especie distinta ni que compartían el mundo con otra rama evolutiva destinada a sobrevivirles. Ambas poblaciones coexistieron durante miles de años. Compartieron territorios. Intercambiaron tecnologías. Se mezclaron. Tuvieron descendencia fértil. Nosotros conservamos fragmentos de su ADN. Vivían dentro de su presente. Como nosotros. La historia sólo adquiere forma cuando se observa en retrospectiva y las transiciones sólo resultan evidentes cuando terminaron. Por eso las grandes transformaciones históricas rara vez son reconocidas por quienes las atraviesan. Me pregunto si nosotros no nos podría estar pasando lo mismo.

Porque las transformaciones que comienzan a imaginarse no parecen conducir hacia una frontera clara entre humanos y no humanos, sino que parecen apuntar hacia una proliferación de zonas grises que converge desde ambas puntas del espectro. Seres humanos modificados genéticamente transmitiendo mejoras heredables; individuos con capacidades cognitivas aumentadas; interfaces neuronales permanentes; memorias asistidas; órganos sintéticos. Sistemas híbridos donde procesos biológicos y digitales operan de manera integrada. Y, desde la otra punta, inteligencias artificiales convergiendo hacia capacidades humanas.

La transición podría no parecerse a una revolución sino a una acumulación de pequeñas diferencias. Una nueva generación que nace considerándolo normal. Luego otra. Y otra más. Hasta que, mirando hacia atrás, descubrimos que la especie cambió, sin poder señalar exactamente cuándo ocurrió el cambio.

El barco de Teseo

La paradoja del barco de Teseo suele formularse como un juego filosófico. Sin embargo, por primera vez comienza a adquirir una dimensión práctica. Si reemplazamos progresivamente órganos, tejidos, funciones cognitivas o capacidades biológicas, ¿en qué momento cambia aquello que llamamos ser humano?

Es difícil contestar la pregunta. Pero es más difícil, aún, señalar en qué momento esta respuesta cambia, si es que cambia. Porque cada modificación individual parece pequeña. Pero una sucesión suficientemente larga de pequeños cambios puede conducir a un resultado radicalmente distinto a la del punto de partida. Entonces ¿cuántas modificaciones puede incorporar un ser humano antes de dejar de serlo? O, igual de inquietante, ¿cuánto debe evolucionar una IA para que pueda dejar de ser considerada una mera máquina? No existe una respuesta clara ni evidente a ninguna de las dos preguntas. La pregunta es filosófica. Y comienza a adquirir una dimensión biológica. Y antropológica.

Y aquí aparece otro problema. Porque nuestras instituciones –y nuestro intelecto– fueron construidas para responder preguntas sobre seres humanos estables. Nuestros sistemas jurídicos descansan sobre esa premisa. Nuestros sistemas políticos también. La propia noción de derechos humanos presupone que sabemos que el sujeto de esos derechos no cambia. Pero la tecnología desplaza eso que parecía estable. La reproducción. El cuerpo. La inteligencia. La evolución. La identidad. Todo comienza a ser objeto de intervención. De diseño.

Aristóteles discutía qué significaba vivir bien. Los pensadores cristianos discutían la salvación del alma. Hobbes, Locke y Rousseau discutían la organización política. Marx discutía la estructura económica de la sociedad. Todos compartían una misma certeza silenciosa: sabían quién era el sujeto de esas discusiones: el hombre. Hoy esa certeza comienza a mostrar fisuras. Porque una cosa es discutir cómo debe vivir o cómo se debe organizar un ser humano. Otra muy distinta es discutir qué ocurre cuando deja de estar claro qué significa ser un ser humano. O cuál es el límite para considerar a algo, humano.

La pregunta puede parecer exagerada. También lo era la idea de editar genéticamente embriones humanos hace tan sólo un par de décadas atrás. O la posibilidad de conectar el cerebro a sistemas computacionales. O la de utilizar inteligencia artificial para participar en procesos cognitivos o de descubrimiento científico. La historia tecnológica muestra un patrón recurrente: lo que parece imposible se muestra posible; aquello que parece excepcional se vuelve habitual; y aquello que parece impensable termina integrándose al paisaje cotidiano. Hasta, muchas veces, termina siendo mandatorio.

Una evolución desconocida

Por eso la cuestión no consiste en predecir qué tecnologías existirán dentro de cincuenta o cien años. La cuestión consiste en reconocer que la humanidad no está dispuesta a aceptar que ciertos límites son inevitables y que seguirá cambiando el curso de su propio futuro. Y que esto obliga a formular una pregunta que ninguna civilización anterior tuvo necesidad de hacerse: ¿y si el Homo sapiens no fuera el destino final de la evolución, sino sólo una fase de su historia evolutiva? La afirmación no es una amenaza, es sólo una observación histórica; porque ninguna especie anterior fue definitiva. Y no existe ninguna razón objetiva para asumir que nosotros podríamos ser la excepción. Menos interviniendo tan activamente en ella, como lo haremos.

Por eso quizás el siglo XXI no sea recordado como el siglo de la inteligencia artificial ni el de la automatización en la toma de decisiones y en la ejecución de trabajos. Tampoco como el siglo de la bioingeniería ni de la ingeniería genética. Quizá sea recordado como el siglo en el que los seres humanos se enfrentaron al hecho de tener que aceptar que sólo tuvimos la suerte histórica de vivir durante un período lo suficientemente largo y estable –desde el punto de vista genético–, como para confundir algo transitorio con algo permanente. Porque la evolución es una flecha lanzada al futuro que no termina en nosotros, que tan sólo nos atraviesa. No mucho más. Tampoco menos.

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