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Las rocas están en todas partes. Forman las montañas, el fondo de los océanos y los cimientos de los continentes. Dan origen a los suelos. Conservan la memoria de mundos desaparecidos. Se prolongan en el tiempo hasta unos 4.000 millones de años atrás. Y encierran cristales de zircón más antiguos todavía. Estos se remontan a ese periodo infernal de los orígenes del planeta conocido como Hádico, y se han salvado en antiquísimas rocas australianas.
Las rocas se forman por el enfriamiento de los magmas o de las lavas, por la sedimentación de los materiales rotos o disueltos en el fondo de lagos, mares y océanos, por la presión y la temperatura del interior de la Tierra, entre muchos otros procesos. En ese ciclo continuo de formación y destrucción, atado a los inexorables tiempos geológicos, se forman las así llamadas rocas ígneas, sedimentarias y metamórficas. Cada una de ellas conformada por cientos de variedades en función de su génesis y de su mineralogía y química.
Las rocas quedan expuestas en los cortes carreteros o ferroviarios, en barrancas y acantilados, en ríos y quebradas, en presas artificiales o naturales, en fin, donde la naturaleza las exhumó y las colocó para poder hoy disfrutar de su observación. Las rocas son el alma del paisaje. Especialmente en regiones montañosas. Las rocas llegaron antes que el observador y permanecen allí cuando éste ha desparecido.
Nuestro tiempo y el tiempo
Las escalas de tiempo humana y geológica no están sincronizadas. Una se mide en años y la otra en millones de años. De allí que el paisaje permanezca estático al observador humano cuando en realidad está fluyendo.
En la mente occidental y bíblica el paisaje está allí desde el "Principio de la Creación". Los que vivimos en los valles cordilleranos intermontanos pensamos desde el sentido común que esas montañas laterales que superan los 5 km de altura están presentes allí desde siempre. El problema radica en el "siempre" ya que la mayoría de los valles son más jóvenes que un millón de años y en otro millón de años serán engullidos por la propia tectónica andina.
En tiempos de los dinosaurios los Andes no existían y en ese espacio se extendía un mar de aguas cálidas y cristalinas que depositó una plancha de carbonatos de miles de kilómetros cuadrados. Luego los Andes comenzaron a elevarse en una simbiosis de volcanes que explotaban y montañas que se elevaban haciendo desaparecer ese espacio.
La eclosión de los Andes
Si pudieran filmarse los últimos 70 millones de años se vería nacer la "ola orogénica andina" desde un mundo muy distinto. En el principio, dinosaurios caminando en bellas playas de arenas blancas y aguas turquesas y de repente el ingreso de un asteroide más grande en tamaño que el Everest cayendo a toda velocidad para estrellarse en lo que hoy es el Golfo de México. Megaterremotos y tsunamis, bloqueo de la luz solar, lluvia ácida, desequilibrio en dominó de los ecosistemas, destrucción de las cadenas tróficas, llevaron al "Holocausto Cretácico" acabando con el 60 por ciento o más de las formas vivas.
Mientras el planeta se reseteaba para dar inicio a los nuevos tiempos cenozoicos, todo lo cual quedó registrado en las rocas de nuestra propia geografía, las placas tectónicas seguían su derrotero.
Cuando alcanzaron la profundidad de fusión se formaron magmas que se elevaron a la superficie e irrumpieron para generar extraordinarios edificios volcánicos que hoy rozan los 7 km de altura sobre el nivel del mar. Más de mil volcanes habitan los Andes Centrales. Y los hay con rocas volcánicas de todos los tipos y colores. Desde los negros basaltos hasta la blanca pómez, pasando por rocas intermedias que llevan el propio nombre de los Andes como son las andesitas. O esas extensas formaciones como mesadas que reciben el nombre de ignimbritas, que se ven en el "Paisaje de Dalí", cerca del límite tripartito internacional de Argentina, Bolivia y Chile, o al oeste de Jama, en la "Juguetería" del Tuzgle o en la entrada a Antofagasta de la Sierra, todas ellas provenientes de grandes calderas volcánicas como Coranzulí, La Pacana y Galán, entre otras.
Esas espumas de vidrio volcánico llevan litio que se termina lavando para alimentar las salmueras de los salares. Gracias a la fácil forma de cortarlas se pueden utilizar como un interesante material de construcción tal como el sillar con que se edificó Arequipa, llamada la "Ciudad Blanca".
El secreto de los volcanes
En su camino a la superficie los magmas pueden quedar inmovilizados a distintas profundidades dando lugar a variados tipos de yacimientos minerales, desde pórfidos de cobre - oro, hasta vetas de metales preciosos producto de sus fluidos calientes. Toda la metalogenia, o sea la génesis de los minerales, está asociada directa o indirectamente a esos magmas. La riqueza minera del edificio andino está ligada a ese fenómeno.
Cada volcán es a su manera un alto horno metalúrgico que conserva en su interior un corazón metalífero.
Fue ello lo que llevó al sabio peruano Hipólito Unanue (1755-1853), a la sazón ministro de San Martín en Lima a expresar que: "…El gran peso de los Andes es lo que inclina el eje del planeta y lo que explica el mayor peso que recae sobre el hemisferio sur, en gran parte por las moles metálicas macizas que forman el corazón de los cerros andinos ¡Sin los Andes, Europa estaría sepultada por las aguas!".
Este pensamiento erróneo de tele-isostasia es sin embargo cierto en su apreciación metalogénica. Las rocas del edificio andino albergan fajas metálicas de primer orden mundial como los pórfidos de cobre, el cinturón de estaño, las fajas argentíferas y polimetálicas, entre otras.
La plata de Potosí, el estaño de Llallagua y el cobre de Chuquicamata bastan para dimensionar la magnitud de las concentraciones metálicas en esos tres espacios del edificio centro andino. Y lo mismo pasa con otros metales como antimonio, bismuto, plomo y zinc, muchos de ellos en concentraciones de clase mundial. Las rocas son recipientes y hospedantes de las masas metálicas y de allí la importancia de saber leerlas en profundidad.
El ojo del lince
El ojo debe estar entrenado para ver como lo hacía el mitológico Linceo en la antigua Grecia. Cuenta la leyenda que Linceo tenía una vista prodigiosa que le permitía ver en profundidad, descubrir oro, mirar en la oscuridad o vislumbrar a través de las paredes y rocas. Basado en esa vista admirable es que se bautizó al Lince, un felino con especial agudeza visual.
También de allí toma su nombre la famosa Academia dei Lincei, una antigua organización de sabios italianos a la cual perteneció Galileo Galilei. Ellos eligieron el lince del libro "Magia Naturalis" de Giambattista della Porta que tenía una ilustración del felino acompañada por la frase: "...con ojos de lince, examinando aquellas cosas que se manifiestan por sí mismas".
En igual sentido se consideraba a los zahoríes cuya habilidad intuitiva era descubrir cosas ocultas a simple vista, especialmente aguas subterráneas, minerales o tesoros. Ellos aparecen representados en la portada de la gran obra de Agrícola titulada "De Re Metallica" de 1556 del cual la biblioteca de San Francisco en Salta conserva un ejemplar original.
Más allá de lo metafórico, lo cierto es que las rocas archivan en sus minerales, cristales, fósiles, texturas y estructuras, inorgánicas y orgánicas, un lenguaje geo-semiótico que es posible descifrar. Y aquí vale una digresión anecdótica.
En la década de 1980 tuve la suerte de conocer en la Puna de Jujuy a un auténtico zahorí. Era un nativo de Susques que entonces vivía en Coranzulí y su sabiduría venía del contacto íntimo con la naturaleza. Apenas sabía leer y escribir. Se llamaba José Raymundo Guzmán y tenía el raro don de ver lo que nadie veía. Él me enseñó a lavar oro y a reconocer sus criaderos. A soplar oro en las arenas auríferas. A escudriñar los llampos oxidados e identificar los "binches". Cuando en 1995 publiqué en España mi libro "Diccionario Minero" eligieron para la portada una foto donde él está parado en vetas de cuarzo aurífero que fueron explotadas en tiempos coloniales. Aprender a leer las rocas es el desafío al que se enfrentan los estudiosos ya que esa lectura lleva a comprender el tiempo profundo y la sucesión de eventos que acontecieron en la historia de la Tierra.
El norte argentino es un muestrario rocoso de los últimos 600 millones de años. En el palimpsesto de escrituras superpuestas están representados antiguos océanos de fondos profundos, plataformas marinas, extensas glaciaciones, selvas tropicales, sabanas, desiertos como el Sáhara, entre un sinfín de ambientes que se sucedieron mientras se ensamblaban y se desarticulaban continentes enteros. Cada una de esas etapas trajo asociados tipos específicos de rocas y fósiles, depósitos minerales, petróleo y otras sustancias útiles e imprescindibles para el hombre y la civilización moderna. La lectura correcta de las rocas y sus ambientes es lo que lleva a descubrir depósitos minerales, hidrocarburos y aguas subterráneas.
Y como dijo el filósofo Henri Poincaré: "El científico no estudia la naturaleza por la utilidad de hacerlo; la estudia porque obtiene placer, y obtiene placer porque la naturaleza es bella. Si no fuera bella no valdría la pena conocerla, y si no valiera la pena conocer la naturaleza, la vida no sería digna de ser vivida".