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Francia, Italia y España, tres países que vivieron tiempos de prosperidad y, sobre todo, con una seguridad social garantizada, hoy se ven conmocionados por protestas juveniles, que cuestionan al sistema, a los gobiernos (todos de distinto signo), reclaman contra el aumento del costo de vida, la caída de los ingresos, y sobre todo, la falta de horizontes laborales y educativos.
En Francia y en Italia, la violencia fue un dato especialmente alarmante, pero las calles incendiadas, los choques con la policía y la multiplicación de marchas masivas no son fenómenos aislados, sino síntomas de un malestar estructural que atraviesa a las principales economías del continente. En España, las manifestaciones por las dificultades para acceder a la vivienda propia, el costo de los alquileres y los desalojos compulsivos son muy persistentes y se suman a un malestar se manifiesta de muchas maneras; entre otras, los enfrentamientos cada vez más frecuentes entre los identitarios y los inmigrantes.
Contemplamos la eclosión de una crisis que soporta Europa, cuyas instituciones parecen envejecidas y donde las democracias parecen ceder espacio a fuerzas radicalizadas, opuestas al modelo social de Estado de bienestar y que capitalizan las dudas que invaden en muchos sectores acerca de la viabilidad de la Comunidad Europea. Una regresión, salvando las distancias, a los tiempos de la Europa autoritaria. Pero estamos en el siglo XXI.
El continente no logra mantener un ritmo de modernización conforme con los tiempos. La dependencia energética y la falta de control sobre la Inteligencia Artificial lo ponen en desventaja frente a Rusia, China y ante el explícito antieuropeísmo de Donald Trump. Pero también, y es claro, viene perdiendo la carrera económica, en medio de una poco perceptible nebulosa de que se expande en el horizonte financiero del mundo.
Hace diez años, una muy mala evaluación política del conservador primer ministro Boris Johnson, y la probable intervención de los servicios de inteligencia de Vladimir Putín a través de las redes sociales forzaron la separación de Gran Bretaña de la Comunidad Europea.
El trasfondo es el peor de los escenarios: el clima bélico que se expande desde la invasión de Rusia sobre Ucrania, en franco desafío a la OTAN y reivindicando para si la soberanía sobre todos los países que alguna vez formaron parte del imperio de los zares.
Al mismo tiempo, la guerra desencadenada desde octubre de 2023 entre Irán, Hezbollah y Hamas contra Israel, a la que se sumó Donald Trump Los convierte en cruzados tecnológicos, mientras la guerra, en sus armamentos y sus recursos, cambia al mismo ritmo del desarrollo digital.
Porque la otra amenaza, que se cierne contra la paz, la democracia y los derechos de las personas, es el avance de la "guerra cognitiva", capitaneada por la elite de propietarios de las grandes tecnológicas, que utilizan la Inteligencia Artificial, sin límites, para el control de la opinión pública y de las certezas (equivocadas) en los países que se proponen dominar.
No es posible asegurar que las protestas europeas sean manipuladas desde afuera. Pero tampoco es desdeñable. Europa parece haber resignado la carrera tecnológica, mientras de Donald Trump la acelera, a ritmo impredecible, en base a la negación de cualquier tipo de control o freno a la voluntad de los nuevos "dueños del mundo". China, Rusia e Irán no caen en ninguno de los dos errores.
Es muy difícil predecir el desenlaces de la movilización generalizada. La experiencia del Mayo Francés, en 1968, fue mucho más radical y quedó como un símbolo de un momento cultural europeo. Pero apenas se apagó, el conservador y héroe de la resistencia frente al nazismo, Charles de Gaulle, ganó tranquilamente las elecciones.
Eran otros tiempos y la historia nunca se repite.