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Una mañana de octubre, en París, un grupo de liceanos apila mesas y contenedores frente a la puerta de su colegio. No piden la revolución. Piden profesores, calefacción, aulas dignas. Días antes, cientos de miles de personas habían marchado por las ciudades francesas contra un nuevo paquete de recortes. La escena tiene algo de "déjà vu", porque Francia parece condenada a arder cada cierto tiempo. Lo nuevo es que esta vez el fuego no luce como una rareza nacional, sino como el anticipo de algo que recorre el continente en voz baja. Conviene partir por una paradoja que incomoda a los diagnósticos apresurados. Europa no es hoy más pobre que hace diez años. La proporción de europeos en riesgo de pobreza se ha mantenido estable e incluso ha bajado levemente. Si uno se quedara en las planillas, el balance sería casi tranquilizador. Y sin embargo la calle, las urnas y las conversaciones de sobremesa dicen otra cosa. Dicen miedo. Dicen que algo se rompió, aunque el termómetro de la pobreza apenas se mueva.
Lo que se rompió no es el ingreso, sino la expectativa. Durante medio siglo el contrato europeo descansó sobre una promesa sencilla: quien estudia y trabaja vivirá mejor que sus padres, o al menos igual de bien. Esa promesa tenía una forma concreta, la casa propia o el alquiler razonable. Hoy esa llave ya no abre ninguna puerta. La vivienda se encareció mucho más rápido que los salarios, y un joven con contrato estable en Lisboa o en Barcelona puede hacer todo lo que se le pidió y seguir durmiendo en su pieza de adolescente a los treinta y tantos. No figura como pobre en ninguna estadística. Es alguien a quien le expropiaron el futuro.
En España, la indignación por los alquileres sacó a miles de personas a la calle y convirtió el turismo masivo en un asunto político. En Portugal, la escasez de vivienda en Lisboa y Oporto empujó a la clase media hacia los márgenes de las ciudades que antes habitaba. En Alemania, el país que durante décadas encarnó la solidez europea, la industria se estanca, la energía barata quedó atrás y una derecha radical que hace quince años era marginal disputa hoy el primer lugar. Italia y los Países Bajos ya conocen gobiernos condicionados por fuerzas que cuestionan los consensos de la posguerra. El mapa cambia de color sin que nadie lo haya votado como proyecto común.
A esa grieta se sumó el golpe energético que siguió a la invasión rusa de Ucrania, que convirtió la factura de la luz en un asunto de clase. Se sumó también el envejecimiento, que tensiona pensiones y sanidad justo cuando los gobiernos anuncian que deben gastar más en defensa. La clase media, gran invento político de la Europa de posguerra, descubre que su lugar ya no es un piso firme sino una cornisa. Y cuando la clase media se siente en la cornisa, la política cambia de temperatura.
Francia es el lugar donde todo esto se ve sin maquillaje. Huelgas en el sector público, liceos bloqueados, puertos cortados y un Estado incapaz de aprobar sus cuentas sin una crisis de gobierno. La raíz es antigua: un país que hizo de lo público una forma de ciudadanía y que lleva años sin saber cómo financiarlo. La deuda y el déficit encierran a cada primer ministro en el mismo callejón. Si ajusta, la calle se levanta; si no ajusta, los mercados castigan. Entretanto, el Parlamento sin mayoría que dejó la disolución de 2024 derriba gobiernos con una regularidad que ya no sorprende a nadie. Nada de esto empezó ayer, y ahí reside lo inquietante. Los chalecos amarillos ya habían advertido que la Francia de las rotondas y de los pueblos sin tren se sentía abandonada. Lo que entonces parecía un estallido periférico se ha desplazado al centro: a los profesores, a los funcionarios, a los estudiantes de las grandes ciudades. La rabia dejó de ser marginal y se volvió transversal. El malestar puede incubarse durante años bajo indicadores aceptables, hasta que una tarifa o un recorte lo hace estallar. La crisis social es, sobre todo, una crisis de mediación. En Francia y fuera de ella, los partidos tradicionales perdieron la capacidad de traducir el descontento en decisiones. Los primeros ministros franceses se suceden como fusibles. El presidente que llegó prometiendo superar la vieja división entre izquierda y derecha termina su mandato rodeado de los extremos que dijo venir a contener. En Berlín, en Roma o en La Haya el guion varía, pero el centro político comparte el mismo síntoma: ya no gobierna, administra su propia pérdida de sentido.
"Lo que se rompió no es el ingreso, sino la expectativa: Europa sigue siendo un continente rico".
¿Quién capitaliza? Quien siempre lo hace en estos momentos: el que ofrece una explicación simple a un dolor complejo. A la derecha radical europea no le hace falta un programa económico coherente. Le basta con señalar culpables, sea el inmigrante o Bruselas, y prometer orden. La vivienda inalcanzable, el costo de la vida y la sensación de abandono territorial son el combustible. El populismo solo pone la chispa.
Por eso Francia es un espejo que Europa prefiere no mirar. Lo que allí se ve no es un temperamento revoltoso ni una vieja tradición de barricadas. Es la imagen adelantada de lo que ocurre cuando un modelo social sigue funcionando en el papel mientras deja de funcionar en la vida de la gente. Bruselas anuncia planes de vivienda asequible y estrategias contra la pobreza, y hace bien. Pero esos planes llegan tarde a sociedades que ya dejaron de creer que esperar vale la pena.
Los liceanos de París no leen informes. Saben, en cambio, algo que los informes no registran: que les tocó heredar un continente rico que no sabe qué prometerles. La pregunta no es si Europa podrá mejorar sus cifras. Es si todavía tiene algo que ofrecer a quienes ya no esperan nada de ella.