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América latina vive un momento muy especial. La disolución del relato bolivariano, a partir de ostensibles fracasos económicos, generó el surgimiento de corrientes antisistema, autoritarias y con fuerte tendencia a apelar a un revisionismo histórico, de apariencia conservadora, pero con dos rasgos distintivos: un encandilamiento con las nuevas tecnologías, manejadas por los magnates más poderosos del mundo, y un alineamiento al sueño de Donald Trump, cuyo proyecto es convertir a EE. UU. en una potencia dominante sobre todo el continente americano, de la Antártida a Alaska y Groenlandia.
El populismo autodefinido de izquierda hizo todos los méritos para que esto ocurriera, y los cambios presidenciales en Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, sumado al empoderamiento sobre Venezuela parecían pavimentar el camino de la Doctrina Donroe. En Brasil, la astucia electoral de Lula Da Silva y las carencias políticas notables de Flavio Bolsonaro permitieron provocaron un golpe de realidad: el PT se movilizó con los recursos de la vieja política, pero, sobre todo, utilizando con destreza un equipo de cybermilitantes que movilizaron a más de ocho millones de brasileños que había quedado sin candidato y a otros tres millones que no habían votado en la primera vuelta.
La primera explicación que surge es la del Martín Fierro: "el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo", puesta en boca del viejo Vizcacha. Al tornero y gremialista que perdiera tres elecciones presidenciales y ganado otras tres, una después de una cárcel que, según la misma Justicia brasileña, no merecía, no se le iba a escapar la cuarta victoria, por difícil que pareciera. Las encuestas tienen sus límites.
Habrá que evaluar, a través de análisis sobre el terreno, cuánto influyó en el vuelco histórico el programa de mejoras fiscales, la movilización digital, los dos debates, en los que Bolsonaro mostró un perfil muy nítido de insensibilidad social y ausencia de proyecto propio.
Y, por supuesto, será digno de estudio el papel desempeñado por dos personajes que a su manera se sumaron a la campaña contra Lula: Donald Trump y, sobre todo, la verborrea precaria y ofensiva de Javier Milei, que podrían haberse convertido en mochilas de plomo para Bolsonaro Jr.
Conociendo los sentimientos nacionales de los brasileños, es inimaginable que los agravi a su presidente, en su propia casa, de parte de un mandatario argentino, un recién llegado de personalidad excesivamente teatral y que, después del domingo deberá poner las barbas en remojo.
Para rematar las torpezas de Flavio, su fuga cinematográfica a los EEUU, a través de la Argentina y con la gestión del intrigante Santiago Caputo, es más que una dramatización sin gracia. Es repetir la fórmula de su padre, que hace cuatro años no solo desconoció la derrota, sino que movilizó a activistas violentos para intentar tomar las sedes de los tres poderes del Estado. Un año antes, la misma maniobra habían llevado a cabo las patotas republicanas cuando intentaron impedir en el Capitolio la consagración de la presidencia de Joe Biden, también denunciando un fraude imaginario.
Ya el domingo, luego de que ambos partidos pidieran la prórroga del cierre de urnas para que pudieran llegar los votantes demorados por el clima o el transporte, cuando un juez lo autorizó, Flavio comenzó con sus amenazas de impugnación. Y ayer, en un comunicado emitido desde EE. UU., se declaró presidente electo.
El joven derrotado, que sin embargo obtuvo casi la mitad de los votos válidos, es un testimonio vivo de los "liderazgos iliberales", para quienes el poder es una cuestión fáctica: se puede ejercer a cualquier costo.
Un signo de los tiempos.
Lula deberá ahora gobernar para todos los brasileños, en un país dividido en dos. Y con un parlamento donde le costará mucho conformar alianzas