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Lecturas breves sobre la Inteligencia Artificial y la crisis de Occidente

Vivimos tiempos de incertidumbre. Las democracias tambalean, consumidas por el debilitamiento institucional y el autoritarismo. Y a esto se suma el poder desbordante de la IA que, por ahora, tienden a escapar del control de los Estados.
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El tema de tema de la IA es muy atractivo. Ya ha conseguido ser el centro de las miradas del mundo que conocemos. Por ello es que la prensa tradicional le dedica buena parte de sus contenidos: entrevistas, columnas de opinión, etc.

Les cuento algunas lecturas breves de estos últimos días. Entrevista a Carmody Grey -académica inglesa de más de una carrera y a la vez docente- para quien la amenaza existencial más grave de la humanidad no es la I.A., sino el calentamiento global y la destrucción de la naturaleza.

Entrevista a José María Lasalle -filósofo y ensayista- para quien la I.A. es un instrumento de poder que por ello mismo debe regularse desde el poder formal que hasta ahora gobierna el mundo.

Columna semanal de opinión de John Carlin, en el mismo sentido que Lasalle, con notas propias: la I.A. -dice- se convertirá pronto en el sistema operativo de la civilización humana; el mundo que viene es desconocido; es probable que las máquinas lleguen a pensar, sin conciencia moral alguna; no le cabe duda de que mediante su empleo, habrá progresos para la humanidad, pero la duda está en que la forma en que se llega a esos progresos existe en procesos que no controlamos.

Finalmente, columna semanal de opinión de Héctor M. Guyot, en la que se diferencia de Grey y coincide con Lasalle: entiende que la IA es un verdadero problema para el poder actual del mundo y que, a la vez, crece sin límite alguno debido a lo que denomina agonía de las instituciones, que no encuentran respuesta a un avance que pueda reemplazarlas.

Es probable que a estas alturas de la evolución imparable de la IA en todas sus versiones, no haya actividad humana conocida que no tenga sus propias herramientas. El mismo Lasalle bien dijo que se está viviendo una digitalización acelerada que está automatizando las sociedades; eso provoca un cambio integral, que altera la relación con el poder actual que gobierna el mundo. Agrega: se ha pasado del mundo analógico y real de los estados, en el que la soberanía y la seguridad jurídica dependen de la ley, a otro de soberanía privada que pertenece a corporaciones tecnológicas. En él lo que queda del mundo anterior, concebido en el Renacimiento y luego expresado en las democracias de Occidente, las formas de organización del poder quedaron obsoletas. Ya no pueden -asegura- organizar la realidad. Destaca que la IA fue sido creada como una voluntad de poder; por ahora es algo que quiere ser alguien, pero sin conciencia. Previene: si quiere crecer, de manera imparable, la IA será totalitaria y la democracia convencional significará apenas un estorbo.

Propone una defensa de los valores más sólidos sobre los cuales fue construida la civilización occidental, defendiendo la cultura, oponiéndose a la violencia, fomentando la tolerancia, el amor; conteniendo la venganza y la culpa. Admite que se dirá que son valores decantados de viejas ideas; puede ser; lo cierto es que hasta ahora han permitido que nos entendamos entre nosotros lo mejor que podamos, aun con nuestras diferencias.

Aunque las grandes corporaciones de IA no lo admitan -las de Musk, Bezos, Thiel, Huang, Altman, Zuckerberg, Karp y otros-, es probable que todos esos valores irán desvaneciéndose por la automatización y por la voluntad de poder, con la que aquella fue creada. De ahí que la regulación y con ello los límites, son cada día más necesarios que el anterior.

Con estas breves lecturas se descubre un lugar común en los entrevistados y en las notas: la necesidad de una regulación internacional de la IA; y la relación de causalidad entre la crisis de las instituciones con las que se gobierna el mundo y el crecimiento imparable de la IA.

¿Cómo regular la IA?

¿Qué se quiere decir cuando se advierte la necesidad de regular la IA? Algo parecido a dialogar y negociar los términos del crecimiento de esta creación con los dueños de las corporaciones, que están en los Estados Unidos y en China. Será difícil que la actual dirigencia política del mundo dé el primer paso, simplemente porque no alcanza a comprender la magnitud del problema. Tan difícil como encontrar un lugar neutral para los encuentros. No parece ser un buen momento para proponer la O.N.U., por motivos por todos conocidos. Sobre todo, si alguien como el presidente Donald Trump dijo en estos días que, al menos en los Estados Unidos, no limitaría la evolución de la IA, porque de hacerlo, China no se detendría, con las consecuencias que él cree que tendría.

La dificultad persistirá cuando nos preguntemos cuál sería un objetivo de mínima. Podría ser que las corporaciones informen a canales oficiales qué es lo que saben ellas de todos nosotros; nosotros no sabemos casi nada de ellas. ¿Cuál sería el de máxima? Tímidamente, como dice Carlin, algo en la línea del Tratado sobre la no proliferación de armas nucleares, firmado en 1970.

En su reciente libro, Ariel Golsdtein reconoce que el Estado-Nación no tiene instrumentos suficientes para poder disciplinar a estas corporaciones que operan a nivel global. Propone una coalición de países del sur que se plantee sus propias necesidades en el desarrollo de la IA y en el desarrollo tecnológico, distintas a las necesidades del norte.

El Tratado al que se refiere Carlin es un acuerdo internacional para prevenir la propagación de armas nucleares y tecnología armamentística; para promover la cooperación en el uso pacífico de la energía nuclear y apoyar el desarme nuclear general y completo. Hasta la fecha ese Tratado cuenta con ciento noventa y un (191) estados partes. Hay cinco países que oficialmente tienen armas nucleares: los Estados Unidos, Rusia, el Reino Unido, Francia y China. Todos sabemos que también las tienen Israel, Paquistán, la India y Corea del Norte. Irán no ha renunciado a tenerlas. La actividad nuclear es controlada lo más que se puede por el Organismo Internacional de Energía Atómica.

¿Qué es esto de la crisis de la democracia liberal? ¿Qué es esto de la decadencia de sus instituciones? Ya vimos lo que piensa Lasalle, que agrega que el New Deal ya no existe y que poco queda del Estado de Bienestar.

Lo de Guyot es más extremo todavía. Escribe que las instituciones de Occidente están en agonía, porque la gente a la que supuestamente debían servir ha dejado de creer en ellas, por distintos motivos: 1) son notorias las deficiencias en la gestión de las administraciones; 2) lo son las de los cuerpos deliberativos, que resignan facultades propias o bien las delegan en ejecutivos ambiciosos; 3) sucede porque hay unos cuantos jueces que se equivocan con frecuencia, dictando sentencias arbitrarias cuando no absurdas; o que, con la mayor benignidad, demoran demasiado en resolver los conflictos. La relación de mal funcionamiento de las instituciones e incluso, de su agonía, hace muy actual el pensamiento sobre el tema de uno de los dueños de una corporación tecnológica de I.A., Peter Thiel, para quien democracia y desarrollo tecnológico no son compatibles. Los más célebres politólogos y cientistas políticos se han ocupado en extenso del tema decadencia de las democracias modernas y lo explicaron yendo a fondo sobre sus causas. La más difundida fue la obra de Brian Crozier ("Occidente se suicida", de 1978), que considera ya en curso a la Tercera Guerra Mundial, atribuida a la influencia expansionista de lo que entonces era la Unión Soviética y ahora es la Federación Rusa. En todo caso, el temor al gran Oso Blanco nunca ha dejado de tener vigencia en Europa, en especial, en las regiones próximas al poder de los rusos. Eso explica en parte el crecimiento de los presupuestos y gastos militares de esos países, en especial, Alemania, Polonia y los países bálticos. Digamos que el problema ruso sería algo así como el enemigo externo más o menos convencional. Las debilidades más recientes de las democracias occidentales están muy bien descriptas por Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en su obra "Cómo mueren las democracias" (2018). Lo que más preocupa es eso que los autores denominan "enemigo interno". Bajo ese nombre se detienen en el autoritarismo que ha surgido y no ha dejado de crecer dentro de las mismas democracias de occidente.

El jurista italiano Norberto Bobbio dice, en su Diccionario de Política (1.991) define como "autoritarios" a los regímenes que privilegian el mando y menosprecian el consenso, "concentrando el poder político en un hombre o en un solo órgano y restando valor a las instituciones representativas". Las ideologías autoritarias -añade - niegan la igualdad de los hombres, privilegian el principio jerárquico y "a menudo exaltan algunos elementos de la personalidad autoritaria como si fueran virtudes…"

Según Levistky -Ziblatt, en algún momento de su historia, un país empieza a ser gobernado por presidentes fuertes que lo quieren ser más. El sistema democrático del que surgieron no se desmantela de un día para el otro, sino de manera paulatina. El hombre fuerte asume con un congreso opositor, con jueces que no ha nombrado, con medios de comunicación afines a la oposición, etc. Poco a poco, el autoritario plantea a la política como una guerra, pasa a gobernar por decreto, se vacía de legitimidad a los parlamentos, se persigue a la oposición y a los medios. Paralelamente, se intenta disciplinar a los jueces y en lo posible, designar a los más cercanos al poder, sin olvidar con el cese de aportes a las actividades culturales y deportivas, porque en éstas suele haber hombres y mujeres apreciados por el gran público.

Pero también a esos dirigentes disruptivos les será muy difícil gobernar. Por más poder que alcancen, los problemas de nuestro tiempo les llegarán. Y sólo podrán afrontarlos si recuperan su legitimidad de origen y se resignan a construir consenso. Es que la gobernabilidad de todo estado tiene dos bases imprescindibles: la legitimidad de origen y el consenso hacia la gestión del gobierno. De esto dependerá todo lo demás, incluida la capacidad para poder regular la IA y de alguna manera coexistir con ella.

Leamos a Harari, al final de "Lexus": "…Las decisiones que tomemos en los próximos años determinarán si convocar a esta inteligencia ajena ha sido un error terminal o el inicio de un nuevo y esperanzador capítulo en la evolución de la vida…".

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