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Otra vez los resultados de las pruebas PISA nos ponen frente a un espejo que preferimos mirar de reojo. Argentina retrocedió en Matemáticas, Lectura y Ciencias y obtuvo en 2025 su peor resultado histórico en Matemática desde que participa de estas evaluaciones. Apenas el 24% de los estudiantes alcanzó el nivel básico en esa disciplina, frente al 65% del promedio de los países de la OCDE. Pero hay algo que deberíamos preguntarnos antes de buscar culpables: ¿qué nos están diciendo realmente estos números?

PISA no mide solamente cuánto recuerda un adolescente. Intenta saber si puede comprender lo que lee, interpretar una situación, resolver un problema, utilizar conocimientos científicos y aplicar la matemática a circunstancias de la vida cotidiana. Y ahí aparece nuestro verdadero problema: estamos formando jóvenes que, muchas veces, tienen dificultades para utilizar aquello que supuestamente aprendieron.

Como docente de una escuela técnica del interior de Salta, conozco otra parte de esta historia. Conozco alumnos que llegan a la escuela después de trabajar, familias que hacen enormes esfuerzos para sostener la escolaridad y docentes que enseñan con recursos limitados. Conozco talleres donde muchas veces se trabaja con lo que hay. Por eso me cuesta aceptar los diagnósticos que reducen el problema a que "los chicos no estudian", "los docentes no enseñan" o "la escuela fracasó".

Tenemos un sistema educativo que necesita discutir qué conocimientos consideramos imprescindibles. No alcanza con que un estudiante avance de año. No alcanza con completar estadísticas de promoción. Tampoco alcanza con incorporar computadoras, celulares o inteligencia artificial si el alumno no puede comprender un texto, escribir una idea propia o resolver una cuenta sencilla. La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria, pero jamás reemplaza la capacidad de pensar.

Y quizás allí esté una de nuestras mayores contradicciones. Vivimos rodeados de información, pero cada vez nos cuesta más transformar esa información en conocimiento. Nuestros adolescentes pueden encontrar una respuesta en segundos, pero eso no significa que comprendan la pregunta. La escuela debe volver a enseñar algo que nunca debió abandonar: pensar. Pensar implica leer. Leer implica comprender. Comprender implica preguntar. Preguntar implica dudar. Y dudar es el principio de cualquier conocimiento verdadero.

También necesitamos recuperar algo que parece haberse vuelto incómodo: el esfuerzo. Aprender cuesta. Resolver una ecuación cuesta. Leer un libro cuesta. Construir una instalación eléctrica correctamente cuesta. Equivocarse, volver a empezar y finalmente lograrlo también cuesta. Pero justamente ahí está el aprendizaje. No podemos pedir resultados diferentes si seguimos haciendo exactamente lo mismo. Y tampoco podemos exigirle a un docente que transforme solo una realidad que excede ampliamente las paredes de la escuela.

Necesitamos mejores condiciones para enseñar, pero también necesitamos recuperar la autoridad pedagógica, el acompañamiento familiar, la responsabilidad del estudiante y el valor social del conocimiento. Y necesitamos mirar al interior. Porque la Argentina educativa no termina en Buenos Aires. Hay escuelas rurales, técnicas y periféricas donde docentes y alumnos sostienen todos los días una batalla silenciosa contra la falta de recursos, las distancias, la pobreza, la deserción y las desigualdades.

PISA puede darnos una fotografía. Pero una fotografía no explica toda la película. Los resultados deberían servirnos para discutir políticas educativas de largo plazo y no para repartir culpas de corto plazo. La educación no puede cambiar cada vez que cambia un gobierno. Un chico que hoy tiene quince años no puede esperar veinte años para que los adultos nos pongamos de acuerdo. Tal vez la verdadera pregunta no sea por qué nuestros estudiantes están retrocediendo. Tal vez deberíamos preguntarnos qué país estamos construyendo para ellos. Porque detrás de cada porcentaje hay un rostro. Hay un adolescente. Hay una familia. Hay un docente. Y hay un futuro.

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