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Nuestros mayores en el centro

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El 1 de octubre fue el Día Internacional de las Personas Mayores. Vivir más años es uno de los grandes logros de la humanidad. Es el resultado de avances científicos, mejoras en la salud y esfuerzos compartidos durante generaciones. El Día Internacional de las Personas Mayores nos invita a celebrar ese logro, pero también a preguntarnos qué lugar les damos a quienes alcanzaron esa etapa de la vida.

En Salta habitan más de 160.000 personas mayores de 60 años. Detrás de ese dato hay historias de trabajo, familias, conocimientos y experiencias que forman parte de nuestra identidad. Son hombres y mujeres que atravesaron crisis, criaron hijos, sostuvieron hogares y que, en muchos casos, siguen aportando con su trabajo, sus cuidados y su participación en la comunidad.

Sin embargo, vivimos en una época que privilegia la juventud, la velocidad y la productividad inmediata. Esa mirada puede llevarnos a arrinconar a las personas mayores, a volverlas invisibles o a considerarlas una carga. Es tiempo de cambiarla y de ponerlas en el centro de la agenda familiar, comunitaria y gubernamental.

Reconocer su lugar significa garantizar el acceso a la salud, a una jubilación digna, a la recreación y a la cultura. También supone respetar su autonomía, escuchar sus decisiones y protegerlas frente al maltrato y al abandono.

La Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores expresa un cambio fundamental: estos derechos no son favores ni concesiones. Son derechos exigibles. Una prestación que se demora, un trámite inaccesible o una vereda intransitable pueden convertirse en barreras para ejercerlos.

También debemos revisar los prejuicios cotidianos. La discriminación por edad aparece cuando se habla con el acompañante en lugar de dirigirse a la persona mayor, cuando se la infantiliza o cuando alguien decide por ella sin consultarla. Incluso una actitud bienintencionada puede desconocer su capacidad de elegir. Nadie deja de ser adulto por cumplir años.

Las personas mayores sostienen una parte importante de la vida familiar y comunitaria. Cuidan nietos para que sus hijos puedan trabajar o estudiar, aportan ingresos a sus hogares y participan en clubes, centros de jubilados, comisiones vecinales, coros, parroquias y peñas.

En los valles, la Puna y el Chaco salteño conservan la copla, las recetas, los saberes sobre el agua y la siembra y la memoria de las inundaciones y las sequías. En muchas comunidades originarias, las personas mayores preservan la lengua. Cada una que se va sin haber sido escuchada es una biblioteca que se cierra.

Salta cuenta con más de 200 centros de jubilados y una Universidad de la Tercera Edad que reúne a más de 4.500 alumnos. Esos espacios muestran cuánto interés, capacidad y deseo de participar existe. Debemos acompañarlos y fortalecer las oportunidades de encuentro.

Compromiso

En las familias, el compromiso comienza por escuchar, visitar, acompañar y preguntar antes de decidir. La soledad requiere atención, y una llamada o una visita pueden ser gestos valiosos de cercanía.

En la comunidad, necesitamos espacios inclusivos y actividades que permitan mantener vínculos y participar. En el Estado, debemos sostener políticas concretas: atención de salud adecuada, cuidados de calidad y protección frente a la violencia y el abandono.

Agradecer a quienes construyeron nuestra sociedad es necesario, pero la gratitud debe traducirse en hechos. El buen trato a las personas mayores tiene que ser una práctica de todos los días.

Envejecer no es un destino ajeno. Es el futuro que nos espera si tenemos la fortuna de vivir muchos años. La manera en que hoy cuidamos y respetamos a nuestros mayores también define el mundo en el que nosotros vamos a envejecer.

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