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La retirada de las tropas estadounidenses de Irak, que supone el fin de una presencia militar casi ininterrumpida iniciada hace veintitrés años con la intervención de la fuerza internacional que derrocó al régimen de Saddam Hussein, motivó al gobierno de Bagdad a proclamar al 30 de septiembre como el "Día de la Soberanía Nacional" e inaugurar una etapa de transición en un escenario de enorme fragilidad institucional, preñado de múltiples peligros internos y externos.
Después de dos décadas de presencia militar extranjera en su territorio, el gobierno de coalición liderado por el primer ministro Alí al-Zaidi asume el control de la seguridad y celebra este hito como el inicio de una era de autodeterminación nacional, aunque persisten serios interrogantes acerca de la capacidad de las fuerzas locales para contener las amenazas internas y externas.
Al-Zaidi opera bajo una constante presión geopolítica de intereses contrapuestos. Su heterogénea base de sustentación incluye a fuerzas políticas representativas de la mayoría chiita de la población, con fuertes lazos con Irán. Esa proximidad puede convertirse en un flanco vulnerable en el probable caso de un recrudecimiento del conflicto de Medio Oriente.
Al mismo tiempo, el gobierno intenta mantener un enfoque de "equilibrio y apertura" para no aislarse de los mercados financieros internacionales ni de las monarquías petroleras del Golfo Pérsico. A pesar de que los índices de violencia interna han disminuido sustancialmente en los últimos años, continúan existiendo algunos focos críticos de inestabilidad
Las células durmientes de Daesh (Estado Islámico, más conocido como ISIS), siguen perpetrando ataques relámpago y emboscadas en zonas rurales. Otro compromiso difícil para el gobierno es el desarme y la integración de las poderosas milicias proiraníes, como las Fuerzas de Movilización Popular (FMP), para colocarlas bajo un mando estatal único, una tarea compleja debido al poder político que ostentan estas facciones.
El sistema político iraquí, catalogado internacionalmente bajo el etéreo concepto de regímenes híbridos o autocracias electorales, enfrenta serios desafíos administrativos. A semejanza de El Líbano, la constitución vigente asigna la presidencia de la República (un cargo de carácter más protocolar que efectivo) a un representante de la minoría kurda, la función de primer ministro (verdaderamente ejecutiva) para uno de la mayoría chiita y la titularidad del Parlamento a uno de la minoría sunita.
Las facciones chiitas
La comunidad chiita, que abarca a más de la mitad de la población, está notablemente fragmentada. Su posicionamiento político está signado por la pulseada entre dos grandes corrientes con visiones contrapuestas sobre la inserción regional del país, en un conflicto permanentemente mediado por la histórica influencia espiritual del clero tradicional.
El Marco de Coordinación Chiita, que predomina en el Parlamento desde las elecciones de noviembre de 2025, defiende una alianza estratégica, económica y militar con Irán. Aglutina a las fuerzas políticas alineadas o patrocinadas por Teherán y está estrechamente asociada con las milicias del FMP, formalmente integradas en el aparato estatal de seguridad pero que suelen actuar cron independencia.
En una demostración de pragmatismo político, tras su avance en las recientes elecciones parlamentarias, caracterizadas por un elevado presentismo y una inusual participación de mujeres en las listas de candidatos, el bloque chiita impulsó la elección del presidente Nizar Amedi, enrolado en la Unión Patriótica de Kurdistán, y el nombramiento como primer ministro de Ali al-Zaid, un banquero extrapartidario de 41 años, quien asumió el cargo en mayo de 2026. En contrapartida, sus dirigentes ocuparon los principales resortes del poder gubernamental.
La corriente "sadrista", comandada por el clérigo nacionalista Muqtada al- Sadr, ausente en los últimos comicios, representa el mayor contrapeso dentro de la población chiita. El nombre oficial de su movimiento es Corriente Patriótica Chii y su actividad se caracteriza por una constante fluctuación entre las movilizaciones callejeras y los boicots institucionales. Después de triunfar en las elecciones de 2021 y al no conseguir formar gobierno debido al bloqueo de sus rivales, Al- Sadr se retiró formalmente del Parlamento en 2022 y ratificó su intención de no competir en forma directa en las elecciones de 2025. Su prédica es estrictamente nacionalista chiita y rechaza categóricamente tanto la interferencia de Irán como la intervención de Estados Unidos. Tiene el respaldo de una milicia residual, Saraya al-Salam (Brigadas de la Paz).
Esta configuración bicéfala de la población chiita se refleja en una tensa coexistencia, sostenida por el esfuerzo mediador de la autoridad religiosa. Como resultado de ese delicado equilibrio, el control del aparato estatal está en manos del sector proiraní mientras que vastos sectores populares de la denominada "calle chiita" acatan la conducción del ala "sadrista".
La jerarquía chiita iraquí responde a la escuela teológica tradicional de la ciudad santa de Nayaf, encabezada por el Gran Ayatola Ali-al Sistani, que en contraposición al modelo teocrático iraní, opta por una "quietud política" relativa e interviene solamente en casos extremos para tranquilizar los ánimos, defender la unidad nacional o enfrentar la corrupción. Actúa también como un factor de legitimación y para limitar la radicalización de las pugnas partidistas dentro de la feligresía. Pero en el corto plazo el mayor riesgo para la estabilidad política no proviene de los sectores chiitas, sino de los residuos del ISIS, refugiados en la minoría sunita de la población iraquí, que en su momento fue la apoyatura de Hussein. El origen de ISIS fue precisamente una extraña simbiosis entre antiguos militantes de Al Qaeda con oficiales del ejército de Hussein, quienes, a pesar de su arraigada tradición laicista, resolvieron unirse a una formación armada ultrarreligiosa para combatir la ocupación estadounidense.
Otros antiguos partidarios de Hussein y su proscripto partido Baaz operan desde la clandestinidad,
el exilio o desde fracciones insurgentes radicalizadas. En junio de 2026 el servicio oficial de inteligencia desarticuló una célula clandestina que planeaba el asesinato de varios altos funcionarios del gobierno. Raghad Hussein, hija de Sadam, exiliada en Jordania y protegida por la dinastía hachemita gobernante en Amman, está considerada como la principal vocera del antiguo régimen. En octubre de 2023, un tribunal de Bagdad la condenó en rebeldía a siete años de prisión, pero no descarta regresar a Irak para asumir un protagonismo político.
Existe también una significativa minoría kurda, que es el segundo grupo étnico más numeroso del país. Aglutina cerca el 20% de la población total, concentrada en la zona montañosa del norte iraquí. A diferencia de las minorías kurdas de países vecinos como Turquía, Irán o Siria, cuenta con un estatuto autonómico especial. Después de una prolongada etapa de persecución y marginación durante el régimen de Hussein, su derrocamiento permitió el surgimiento de una región autónoma. La Constitución de 2005 instituyó el Gobierno Regional de Kurdistán, una entidad política federal que incluye las gobernaciones de Erbil, Al Sulaymaniyah y Dahuk, tiene parlamento, leyes y un ejército propio, y posibilitó el reconocimiento como lenguas oficiales, junto con el árabe, de sus distintas variantes del idioma kurdo.
A pesar de ese espacio de autonomía, la relación entre el gobierno de Bagdad y la minoría kurda incluye puntos de fricción. El principal foco de disputa reside en el control de ciertos yacimientos petrolíferos y el manejo de los ingresos provenientes de los hidrocarburos. En septiembre de 2017 el gobierno autónomo promovió un referéndum en que el 92% de los consultados se manifestó a favor de la secesión, pero la consulta fue declarada inconstitucional por el Tribunal Supremo de Irak y rechazada a nivel internacional.
Irak se encuentra entonces en un punto de inflexión. Liberado de la tutela militar extranjera debe demostrar que sus instituciones políticas son lo suficientemente sólidas como para contener la expansión de Irán, erradicar los remanentes terroristas de ISIS, neutralizar al secesionismo kurdo y satisfacer las demandas de una población afectada por décadas de conflictos. Todo esto en una región que es un verdadero polvorín.