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Tapando el sol con la mano

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Los argentinos mantenemos un largo romance con los eufemismos y los desatinos. No es patrimonio de este gobierno. Durante el kirchnerismo llegamos a escuchar que la inseguridad era una "sensación" y que Alemania tenía más pobreza que Argentina. El macrismo habló de "reperfilamientos" para describir postergaciones de pagos de deuda pública. El mecanismo siempre es el mismo: cuando la realidad se vuelve incómoda, en lugar de hacer algo por modificarla, se modifican las palabras. No desaparece el problema. Se lo rebautiza. Pero una cosa es suavizar una expresión para no herir a alguien y otra alterar el nombre de las cosas para alterar nuestra percepción de ellas. Cuando eso ocurre, el lenguaje deja de describir la realidad y empieza a trabajar para ocultarla. Busca tapar el sol con la mano. Ahora estamos allí, otra vez.

El desempleo llegó al 7,9%. Pero el presidente explica que no existe un verdadero aumento del desempleo; que hay una "reasignación de recursos". La actividad económica cayó 2,9% en julio y el PBI retrocedió 0,6% en el segundo trimestre. Tampoco estaríamos ante una recesión sino ante una "desaceleración del ritmo de expansión". Mientras tanto, los salarios informales estarían "literalmente volando". Y a veinte mil personas a las que se impidió ingresar o se expulsó del país por razones migratorias, administrativas o judiciales, de pronto el gobierno las convirtió en veinte mil "terroristas". En este último caso, la distorsión -y su consecuente banalización- asusta. Los registros oficiales contabilizan 744 expulsiones y 18.947 impedimentos de ingreso en lo que va del año por razones diversas: falta de documentación, infracciones migratorias, impedimentos judiciales. Ninguna estadística oficial los clasifica como terroristas. El propio jefe de la SIDE había negado poco antes una amenaza terrorista concreta sobre la Argentina. Pero "20.000 terroristas" produce una imagen política mucho más poderosa que "personas rechazadas en frontera por motivos administrativos".

El problema es que la vida cotidiana tiene una obstinación desagradable: no suele leer discursos. Tal vez el cambio de palabras logre obligar a la realidad a entrar dentro del relato. Pero las palabras pueden cambiar; la realidad no. Mientras discutimos si técnicamente existe recesión, la pobreza volvió a subir al 32,3%; entre los menores de catorce años alcanza al 44,5%. El consumo masivo cayó 1,5% interanual en agosto y acumula una contracción de 2,7% durante el año. La industria manufacturera cayó 5% en julio. Y el desempleo, se lo llame como se lo llame, afecta al 7,9% de la población activa relevada por el INDEC. Cada uno de estos números admite explicaciones, por supuesto. También es cierto que la inflación cayó al 1,7%, que el equilibrio fiscal importa y que algunos indicadores macroeconómicos mejoraron respecto del punto de partida de 2023. Negarlo sería absurdo. Pero explicar una parte de la realidad no obliga a dejar de verla toda.

Y ahí aparece algo más importante que cualquier discusión técnica. Un estudio reciente de Moiguer -consultora de estrategia- lo sintetiza con una frase demoledora: "Argentina mejora, yo no". Durante mucho tiempo, el deterioro del presente convivió con la expectativa de que la mejora macroeconómica terminaría llegando al metro cuadrado de cada persona. Esa expectativa comienza a romperse. El poder adquisitivo de los salarios se deteriora, el ingreso disponible de los hogares cae y los gastos fijos pesan cada vez más. Cuatro de cada diez hogares recortan gastos esenciales mientras buscan preservar algún pequeño consumo que les permita sentir que viven y no que sólo sobreviven. Ese es el metro cuadrado que ningún eufemismo logra modificar. Se podrá aducir que el desempleado fue "reacomodado". Que la recesión es sólo una expansión que perdió velocidad. Que el trabajo informal vuela. Que treinta mil "terroristas" fueron expulsados para impedir que vinieran a "dinamitar el modelo argentino". Pero después alguien abre la heladera, paga el alquiler, recibe las facturas del mes, busca empleo o calcula si puede mandar a su hijo a una actividad extracurricular. Y en ese instante la retórica se encuentra con algo mucho más persistente: la vivencia. "Los indicadores están arrojando cualquier cosa", dijo Milei. O sea, el termómetro funciona mal. No aclare que oscurece.

Los gobiernos cometen un error peligroso cuando confunden una explicación con una negación. Varios gobiernos anteriores lo hicieron. Este gobierno comienza a hacerlo, también. Y cuando la percepción de la gente contradice al relato oficial, insultar al dato, al periodista, al encuestador o al ciudadano no modifica esa percepción; sólo elimina la empatía necesaria para comprenderla. El desempleado sigue sin trabajo, aunque haya sido "reasignado". Un trabajador informal sigue careciendo de buena parte de las protecciones del formal, aunque su salario "vuele". Una economía que se contrae no desacelera su ritmo de expansión; simplemente cae la actividad económica. Y alguien rechazado en una frontera no se convierte en terrorista porque una palabra más dramática resulte políticamente conveniente.

La realidad no cambia porque cambiemos las palabras. La realidad tiene esa insoportable costumbre y tozudez de seguir allí; incólume. Podemos disfrazarla. Podemos rebautizarla. Podemos construir otra neolengua, distinta de la anterior pero igual de funcional al poder. Lo único que no podemos hacer es tapar el sol con la mano. Aunque sigamos intentándolo.

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