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León XIV y los principios éticos que más incomodan a Javier Milei

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Alguna vez Milei calificó al papa Francisco de "imbécil", de "representante del maligno en la Tierra" y de hombre cercano a "comunistas asesinos". Lo acusó de estar "siempre parado del lado del mal" y rechazó "la aberración de la justicia social". Después de asumir la Presidencia, le pidió disculpas. Tras su fallecimiento lo definió como "el argentino más importante de la historia".

Las personas pueden cambiar de opinión. Y, cuando lo hacen, es una buena noticia. Pero importa distinguir entre un cambio genuino y uno conveniente. Una conversión auténtica exige mucho más que una fotografía y una disculpa administrada. Exige que la conducta posterior refleje ese cambio; que muestre un aprendizaje. Nada en su conducta posterior parece reflejar ese aprendizaje cuando Milei sigue llamando "infradotados", "mandriles", "ensobrados" o "lacras inmundas" a todo aquel que lo contradiga. O cuando dice que ciertos periodistas "se tienen que quemar en la hoguera".

Sin embargo, el gobierno hizo denodadas gestiones para que el papa León XIV visite la Argentina. "Inmensa alegría" expresó ante la confirmación de la visita. En política todo se calcula. Y pocas cosas pueden parecer más rentables que traer al Papa a un país de profundo sentir católico. O, al menos, eso parece imaginar el gobierno. Así, presentó la visita como un acontecimiento histórico y un reconocimiento al pueblo argentino. El canciller Pablo Quirno aclaró que no se hará de ella "una visita política". Curioso; pocas operaciones son más políticas que recibir y exhibirse junto al líder espiritual de más de mil millones de personas cuando se aproxima una campaña electoral. Me alegra que León XIV se esté recuperando bien y que venga a la Argentina. Lo que me cuesta comprender es el silencio casi unánime de actores políticos y mediáticos del país frente a la enorme contradicción entre los discursos previos y los actuales.

León XIV reivindica la justicia social, el bien común, la dignidad del trabajo, la opción preferencial por los pobres y una economía puesta al servicio de las personas. Pide "desarmar el lenguaje" frente a la violencia verbal, construir puentes y acaba de advertir que "una concepción equivocada de la meritocracia puede terminar desconociendo la dignidad humana, cuando las personas pasan a ser valoradas por sus resultados antes que por su condición de personas". Milei, en cambio, no se cansa de repetir que la justicia social es una aberración. Acá hay un choque doctrinario, no uno entre dos individuos.

El gobierno parece querer apropiarse del símbolo, pero el símbolo trae consigo una doctrina, una agenda y una autonomía que podrían volver toda la operación en contra de quienes pretendan administrarla. El Papa no es un decorado ni una escenografía. El gobierno trae al Papa, pero deberá convivir con un fenómeno con vida propia. No puede encerrarlo en un salón, controlar el público ni reducirlo a encuentros bilaterales a su elección. Las 800.000 personas reunidas por León XIV en Francia –país laico por excelencia– muestran hasta qué punto un fenómeno así puede desbordar toda previsión y escala.

"León XIV reivindica la justicia social, el bien común, la dignidad del trabajo, la opción  por los pobres".

León XIV no necesita tampoco pronunciar una homilía confrontativa; su agenda es, en sí misma, el mensaje. León XIV hablará con gestos cuando visite el Pequeño Cottolengo Argentino Don Orione o el Complejo Penitenciario Federal; o cuando se encuentre con el mundo del trabajo; todos territorios donde la doctrina social de la Iglesia queda en contradicción con el discurso libertario. Además, a pedido de la Iglesia, el Gobierno accedió a garantizar representación oficial en todas las ceremonias; de modo que sus funcionarios no sólo deberán convivir con esa agenda, sino también estar presentes cuando los mensajes sean pronunciados.

Monseñor Jorge García Cuerva, durante su homilía del 7 de agosto de 2026, dijo: "la libertad económica no puede ser absoluta y debe medirse siempre en función del bien común y de la dignidad de cada persona". Luego, en Luján, afirmó que León XIV se encontrará con "una Argentina dividida y en crisis" y con un alto porcentaje de pobres. En la Casa Rosada sus palabras provocaron malestar, pero la decisión fue contener el conflicto y evitar que escale, justamente por el costo político de una confrontación. Así, la contradicción comenzó a manifestarse incluso antes de que el Papa llegue: frente a una doctrina y un discurso que incomodan, el gobierno, por ahora, elige callar. No parece probable que León XIV venga a bendecir un modelo económico ni a validar una campaña. Tampoco lo imagino dispuesto a callarse. No lo hace con Trump, ¿por qué lo haría ante Milei? Lo cual podría poner al gobierno en un lugar muy incómodo: tener que aceptar en silencio una doctrina que aborrece ante la imposibilidad de discutir con el invitado cuya presencia busca capitalizar.

Y, cuanto más multitudinaria sea la visita, cuanto más autónoma sea su agenda y cuanto más contacto tenga León XIV con sectores sociales críticos o afectados por el ajuste, mayor será la posibilidad de que la operación deje de pertenecerle a quienes imaginaban capitalizarla. El gobierno cree que trae una fotografía, pero, en realidad, trae una doctrina, una agenda y multitudes cuyos mensajes no controla.

Acompañar al Papa podrá pagar políticamente. No lo sé; el tiempo juzgará. Lo que todavía no sabemos es quién terminará solventando el costo de hacer irrelevante toda diferencia entre pensar, decir y hacer cada vez que la conveniencia electoral lo demande. Porque cuando no podemos distinguir entre ideas sostenidas por convicción e ideas administradas por conveniencia, el problema deja de ser un dirigente. Comienza a ser una sociedad que vive en carne propia cada contradicción.

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