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Durante años, el latín y el griego fueron presentados como un lujo inútil. Lenguas muertas, se decía, propias de un sistema educativo viejo, elitista, desconectado del "mundo real". En nombre de la modernización, muchas provincias argentinas las eliminaron sin remordimientos de sus planes de estudio. El veredicto parecía definitivo: no servían para nada.
Hoy, la inteligencia artificial obliga a revisar ese juicio. Y lo deja peligrosamente en evidencia.
Mientras celebramos con razón los avances tecnológicos, una IA ya traduce mejor y más rápido que cualquier traductor humano promedio. Diseña planos preliminares, redacta contratos estándar, corrige textos, genera imágenes y produce contenidos aceptables en segundos. Cada vez más profesiones descubren que, si se las reduce a una función técnica, la máquina las ejecuta sin esfuerzo.
La pregunta ya no es si ciertas materias "sirven".
La pregunta es qué tipo de educación no queda obsoleta cuando la técnica avanza. El error de fondo fue confundir educación con capacitación. Capacitar es enseñar a hacer algo. Educar es formar a alguien. Un sistema educativo obsesionado con la utilidad inmediata produce egresados funcionales, pero frágiles: dependen de herramientas que mañana pueden dejarlos afuera. Una educación humanista, en cambio, forma inteligencia, criterio y juicio. Eso no se automatiza. Y ahí es donde el latín y el griego resultan incómodos.
Nunca fueron útiles en el sentido productivista. No enseñaban a "resolver rápido", sino a comprender bien. Exigían tiempo, atención, rigor intelectual. Traducir una frase implicaba entender su estructura, su lógica, su sentido. No había atajos. No había respuestas instantáneas. Justamente por eso fueron descartados.
Hoy, ese descarte revela su costo. En una cultura dominada por la inmediatez, donde la opinión precede a la comprensión y el dato reemplaza al juicio, las lenguas clásicas entrenan una capacidad que la inteligencia artificial no posee: pensar antes de producir. La IA opera con resultados. No entiende. No juzga. No discierne fines. El problema no es la máquina; el problema es el hombre que deja de pensar.
No es casual que Salta conserve una oferta educativa humanista que no existe en ninguna otra provincia argentina. En distintos bachilleratos humanistas se sigue enseñando latín y griego: en el Bachillerato Humanista Moderno, en la escuela parroquial de La Merced, en el colegio San Buenaventura, en la Escuela Normal, en Santísima Trinidad, en María Reina Lejos de ser una rareza, esta continuidad es una toma de posición cultural.
Porque quien estudia lenguas clásicas aprende algo decisivo: que las palabras tienen historia, que los conceptos no son arbitrarios y que el pensamiento requiere estructura. Aprende a no delegar el juicio en la técnica. Aprende que la inteligencia no consiste en producir más rápido, sino en comprender mejor.
En tiempos de inteligencia artificial, el verdadero analfabetismo no es no saber programar, sino no saber pensar. El latín y el griego no preparan para un empleo puntual, sino para muchos saberes. Fortalecen la lógica, la comprensión lectora, la precisión conceptual. Son la base del derecho, de la filosofía, de la medicina, de las ciencias humanas. En un mundo laboral inestable, esa formación profunda es una ventaja, no un atraso.
La verdadera lengua muerta no es el latín. Muerta es una educación que renuncia a formar inteligencias y se conforma con producir operadores. La inteligencia artificial no vuelve inútil al ser humano. Vuelve inútil al ser humano que no piensa. Y por eso, en este cambio de época, las lenguas clásicas no regresan como nostalgia, sino como necesidad. Cuando la IA traduce todo, el latín vuelve a servir.
Y Salta, para incomodidad de muchos, lo sigue demostrando.
* El autor es licenciado en Filosofía (Universidad de Navarra) y doctor en Filosofía (UniversitÓ della Santa Croce, Roma).