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La guerra en Medio Oriente se produce en un momento de gran dispersión espiritual, intelectual y, sobre todo, como una gran paradoja ultramoderna, en un marco de generalizada ignorancia global. El desconocimiento de la historia y de la teología favorecen la multiplicación de gurús, predicadores y profetas del streaming que anuncian que vivimos los días finales de la humanidad.
Hay que poner coherencia, ciencia, meditación y sobre todo pedagogía en estos asuntos para decir que no vivimos necesariamente tiempos finales, pero sí tiempos que necesitan explicarse como tales.
Lo primero que observamos en las redes sociales es la exhumación del Libro del profeta Daniel, la política global y el algoritmo se ocupan de interpretar el Libro de la Revelación -Apocalipsis- que vuelve a ofrecer algo que la modernidad ya no garantiza: certeza.
Una frase muy repetida por estas horas dice: "Lo que Trump e Israel hicieron, ya estaba escrito en el Libro del profeta Daniel". Repetimos, no se puede dar por hecho algo que carece de rigor histórico-teológico, porque hay que separar lo que dicen los escritos bíblicos de cómo se los interpreta hoy. Esta mención explícita a Trump -o lo que se le parezca- ni a los hechos actuales no existe en ninguna profecía bíblica.
Primero, recordemos que el Libro de Daniel es un texto apocalíptico judío escrito aproximadamente entre 165 y 164 a.C., durante la persecución religiosa del rey seléucida Antíoco IV Epífanes. Es decir, no fue escrito para predecir el siglo XXI, sino para dar esperanza a judíos perseguidos en el siglo II a.C.
Usa un lenguaje simbólico, por supuesto, allí se habla de bestias, imperios, números misteriosos, visiones cósmicas; era literatura política codificada.
Los "visionarios" del Apocalipsis actual refieren a símbolos lo suficientemente abiertos como para ser reinterpretados en cada crisis histórica. De hecho, a lo largo de los siglos, el Libro de Daniel fue aplicado sucesivamente al Imperio Romano, a Napoleón, a Hitler, a la Guerra Fría, a la creación del Estado de Israel (1948), y por supuesto, ahora al conflicto en Medio Oriente.
Sintéticamente expresado diremos que los textos apocalípticos no buscan predecir fechas sino responder una pregunta eterna: ¿Tiene sentido la historia cuando el mundo parece desmoronarse?
El problema no es que el mundo atraviese conflictos -la historia humana jamás conoció otra cosa- sino la necesidad contemporánea de creer que cada crisis es definitiva. Las épocas estables producen administradores; las épocas inciertas producen intérpretes del Apocalipsis.
"Cuando falta conocimiento, el miedo siempre encuentra profetas".
Tal vez no asistamos al fin del mundo, sino al fin de nuestras certezas. Y allí donde el conocimiento se debilita, la ansiedad busca profetas; donde falta estudio, aparecen revelaciones instantáneas; y donde la historia exige comprensión, el algoritmo ofrece explicaciones simples.
El viejo texto bíblico no pretendía anunciar calendarios finales sino recordar una verdad más humilde y profunda: los imperios pasan, las guerras terminan y la humanidad continúa buscando sentido en medio del desconcierto.
Por eso, antes de anunciar el Apocalipsis convendría recuperar algo más difícil y menos espectacular: la paciencia histórica. Después de todo, si algo enseña la tradición que tantos citan sin leer, es que el final -cuando llegue- no será anunciado por gurús ni trending topics. Porque, como advierte el Evangelio, "Pero acerca de aquel día y hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre." (Mt. 24-36).