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De la turba de Malvinas a la Guerra Híbrida Total

Malvinas fue el inicio de una revolución tecnológica. El heroísmo de nuestros soldados merece que la soberanía se ejerza con previsión, fuerza moral e integración territorial. Solo así el sacrificio de 1982 hallará sentido en una nación justa, libre y estratégicamente lúcida.
Jueves, 02 de abril de 2026 01:28

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Hoy se cumplen cuarenta y cuatro años del inicio de la Batalla de Malvinas, acontecimiento que comenzó aquel 2 de abril de 1982 y que marcó un hito indeleble en la memoria argentina. La fecha, consagrada como feriado nacional bajo el nombre de Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, honra a los combatientes y recuerda a los 649 argentinos y 255 británicos que perdieron la vida en aquel conflicto. Desde el año 2000, la Ley 25.370 declaró el 2 de abril como feriado inamovible, consolidando su carácter de jornada de reflexión y homenaje.

La historia, aunque nunca se repite de manera idéntica, deja hilos conductores que atraviesan épocas y geografías. En este abril de 2026, mientras el mundo observa las explosiones en las estepas del Dniéper y las tensiones sobre el Estrecho de Ormuz, emerge una certeza: la guerra cambia de piel, pero no de esencia. Comprender el vínculo invisible entre la Gesta de Malvinas, la tragedia ucraniana y el pulso Irán–coalición estadounidense-israelí exige descender a la doctrina militar y ascender a la filosofía estratégica.

La Ontología del Conflicto: medios, fines y el error de cálculo Carl von Clausewitz, pensador prusiano de la guerra, en su célebre Vom Kriege definió la guerra como un acto de fuerza destinado a imponer la voluntad al adversario. Pero advirtió con lucidez: "Nadie en su sano juicio inicia una guerra sin tener claro qué busca y cómo piensa terminarla". Este axioma fue válido en 1982 y lo sigue siendo hoy.

En la arquitectura militar, la diferencia entre estrategia y táctica marca la frontera entre supervivencia y desastre. La estrategia es la relación fines medios: parte de los objetivos mayores y decide cómo usar los recursos para lograrlos.

Ejemplo: fin obligar al enemigo a rendirse; medios fuerzas aéreas y navales; estrategia bloquear suministros. La táctica en cambio, invierte la relación: los medios condicionan los fines inmediatos. El comandante observa tropas, armas y terreno, y define qué puede alcanzar. Ejemplo: medios infantería y artillería; fin tomar el cerro con fuego de cobertura y ataque por retaguardia. La máxima es lapidaria: "Lo que la estrategia no prevé, la táctica no lo soluciona." Esto posee analogía en otros campos del quehacer nacional, como, por ejemplo, el político y/o el social.

En 1982, Argentina ejecutó una táctica de recuperación (la Operación Rosario) que fue un dechado de precisión y respeto por las leyes de la guerra. Sin embargo, la estrategia fue nula: no se anticipó la reacción británica, ni el peso de la alianza angloestadounidense, ni se aseguraron medios logísticos para sostener un fin político a 14.000 kilómetros de Londres. La pericia de los pilotos hundiendo fragatas, el liderazgo de regimientos y tropas de comandos bien mandados (como los del entonces mayor Castagneto) fueron intentos heroicos de corregir tácticamente un error estratégico de origen.

Ucrania e Irán: La Apoteosis de la Guerra Híbrida Total (GHT)

En el año 2026 nos enfrentamos a una mutación paradigmática: la Guerra Híbrida Total (GHT), una nueva teoría esgrimida en este espacio de opinión (concebida casi por casualidad), que postula que la guerra ya no es un suceso delimitado por una declaración formal, sino un estado de fricción permanente que utiliza medios cinéticos (tanques, drones, misiles) y no cinéticos (energía, finanzas, ciberespacio) de forma indistinta.

Malvinas fue la "primera guerra tecnotrónica" del planeta y de neto corte "aeronaval" (y no tanto terrestre): en 1982 el misil Exocet anticipó que un medio económico podía humillar a una flota aristocrática. Hoy, el campo de batalla se ha atomizado.

En Ucrania, la Guerra Híbrida Total ha demostrado que el "fin" (u objetivo) de Rusia (un cambio de régimen relámpago) chocó contra una realidad estratégica que no previó la resiliencia de la identidad nacional ucraniana, la metamorfosis de la OTAN ni el apoyo occidental. Moscú, al igual que Buenos Aires en 1982, intenta hoy solucionar con táctica (la masa de artillería y drones de bajo costo) una falla de cálculo estratégico inicial.

Por su parte, el conflicto entre Irán y la Coalición representa la madurez de la Guerra Híbrida Total. Teherán ha comprendido que su "medio" más letal no son sus aviones, sino su capacidad de estrangular las arterias del capitalismo global. Aquí, la relación medios–fines se invierte: el fin es el colapso sistémico del oponente a través del control de los flujos de energía.

Evolución técnica tras 40 años

La evolución militar en cuatro décadas es evidente. En Malvinas (1982) predominaban sistemas convencionales: Argentina desplegaba Mirage III y A-4 con misiles AIM-9 Sidewinder de corto alcance; Reino Unido, Sea Dart y Sea Wolf en fragatas, además del célebre Exocet AM-39 que hundió al HMS Sheffield y otros tantos medios con sus proyectiles conducidos por humanos materializados por sus viejos aviones Skyhawk, Super Etendard y Dagger.

En Ucrania (2022–2026), los Sidewinder y Exocet son ya primera generación. Hoy destacan el AIM-120 AMRAAM de largo alcance, los sistemas HIMARS y Storm Shadow de gran precisión, junto a drones kamikaze y de reconocimiento que inauguraron la era aérea no tripulada. La robótica se ha instalado en el campo de batalla.

En el conflicto Coalición–Irán (2026), la brecha tecnológica es aún mayor: F-35 furtivos con AIM-9X y Tomahawk hipersónicos frente a drones Shahed y misiles balísticos iraníes. La Coalición incluso podría desplegar armas láser para neutralizar enjambres de drones baratos. Existen pulsos eléctricos de bajo costo para intentar derribarlos: la energía dirigida se convierte en protagonista.

El hilo histórico es claro: el Sidewinder de 1982 anticipa al AIM-9X; el Exocet, a los misiles de crucero modernos; y las defensas navales británicas, a los sistemas integrados actuales. Malvinas fue el inicio de una revolución tecnológica que hoy define la guerra híbrida y multidimensional, elevando a la admiración de valentía y técnica militar a la Gesta Argentina como punto de partida.

El centro de gravedad: la energía como proyectil

La teoría académica se cruza con la realidad económica. En una reciente intervención en el programa de streaming Insumisos, conducido por Andrés Suriani, el presidente de la Cámara de Gas Licuado de Argentina, Pedro Cascales, advirtió que la energía ha dejado de ser un simple "commodity" para convertirse en un medio de guerra estratégica.

Un bloqueo en el Estrecho de Ormuz no es solo un evento operacional o táctico: es un ataque a la estabilidad occidental. Cascales señaló con acierto que la volatilidad energética provocada por Irán es un mensaje para naciones como la nuestra: la dependencia es una vulnerabilidad que ninguna táctica de mercado puede subsanar.

La soberanía energética, simbolizada en proyectos como Vaca Muerta y otros, no es solo política económica; es, en términos militares, el aseguramiento de los medios propios para no ser rehenes de los fines ajenos en el tablero de la Guerra Híbrida Total.

Malvinas: el norte irrenunciable y el deber de la soberanía

No es posible hablar de estrategia y guerra híbrida sin volver la mirada, con respeto y rigor, a los Héroes de Malvinas. El reconocimiento a su sacrificio no es un ejercicio de nostalgia, sino una piedra angular de nuestra doctrina de defensa. Ellos fueron los primeros en enfrentar, en el teatro de operaciones del Atlántico Sur, la transición hacia la guerra tecnológica moderna. Su valor demostró que el componente moral es el medio que permite sostener los fines cuando todo lo demás falla.

La lección estratégica más profunda es que Malvinas debe ser integrada definitivamente al territorio nacional. En la era de la GHT, donde las potencias disputan la Antártida y los recursos del lecho marino, la ausencia de una soberanía efectiva sobre las islas es una herida abierta en nuestra profundidad estratégica. La Argentina debe entender que la recuperación de las islas no es un capricho nacionalista, sino una necesidad imperativa para proyectarnos como un actor relevante en un siglo XXI donde el control de los mares define el destino de los pueblos, tal como vemos hoy en el lejano medio oriente.

Conclusión

De Darwin y Ganso Verde al Golfo Pérsico y Kiev, la constante es clara: política y guerra son inseparables. La GHT exige pensar el conflicto más allá del estruendo de cañones. La Gesta de Malvinas no fue un hecho aislado, sino el prólogo de una transformación global en la teoría y práctica de la guerra.

Cuatro décadas después, acero y bit se entrelazan en un conflicto sin fronteras ni tiempos definidos: la Guerra Híbrida Total. Honrar a los héroes de 1982 implica más que monumentos: requiere una Estrategia Nacional que defina medios. Capacitación y rearme son vitales, junto con industrias propias y asociadas que respalden la defensa con logística adaptada a necesidades locales, no solo dependiente de aliados. La estrategia debe ser integral, abarcando todos los sectores, para dar a la táctica herramientas de victoria. Advertencias como las de Cascales sobre energía no pueden ignorarse. En el juego de naciones, lo que la estrategia descuida, el destino lo cobra en sangre. Malvinas, Ucrania e Irán lo prueban: solo los pueblos que alinean medios y fines son dueños de su historia.

La soberanía no se proclama: se ejerce con previsión, fuerza moral e integración territorial. En esto de ser argentinos, somos fanáticos de la voluntad de progreso: sólo así el sacrificio de 1982 hallará sentido en una nación justa, libre, soberana y estratégicamente lúcida.

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