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El país de los acrónimos sin fin

Miércoles, 15 de abril de 2026 00:29
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Primero fue VLLC: "¡Viva la Libertad, carajo!". No importaba qué tanto representara la realidad. Importaba lo que producía: una identidad, una forma de ubicarse en el mundo. En pocos meses, la política dejó de ser un espacio de discusión para convertirse en un terreno de consignas.

Y la realidad comenzó a acomodarse al lenguaje, no al revés.

Porque, en rigor, Argentina no era un país sin libertad. Había restricciones económicas –sí–, decisiones altamente discutibles –muchas–, pero no existía un estado de ausencia estructural de libertad. Sin embargo, el slogan logró algo mucho más potente que cualquier diagnóstico: instaló una idea. Y con eso bastó. No hacía falta demostrar que faltaba libertad; bastaba con machacar con que faltaba para que la percepción se hiciera creíble, primero, y dominante, después.

Ese fue el primer paso: convertir una consigna en una lente; un prisma a través del cual observar la realidad.

Después llegó TMAP: "Todo Marcha Acorde al Plan". ¿A qué plan? Es difícil saberlo. Tampoco es relevante. Como en el caso anterior, lo importante no es la precisión del contenido, sino la eficacia del enunciado. El acrónimo no describe la realidad: la reemplaza. Funciona como una afirmación autosuficiente que no necesita ser verificada. Se dice, se repite, circula; se impone. Se hace real.

Lo interesante —y lo preocupante— es que en este movimiento el lenguaje deja de ser un instrumento que permite comprender lo que ocurre, para pasar a ser una herramienta que bloquea cualquier cuestionamiento. Si todo "marcha acorde al plan", ¿qué hay que debatir? Si algo falla, no es el plan "lo que está mal"; es el observador que "no entiende", que "no la ve", o que "no es un argentino de bien".

Así, la política se simplifica hasta volverse binaria. No hay matices, no hay zonas grises, no hay complejidad. Hay adhesión incondicional o hay equivocación ideológica y conceptual. En este esquema, el lenguaje cumple una función disciplinaria: ordenar el campo político sin necesidad de argumentar. Pero el proceso no se detiene allí.

Ahora aparece el acrónimo NOL$ALP: "No Odiamos Lo Suficiente A Los Periodistas". El salto es evidente. Ya no se trata de definir una identidad, ni de sostener un rumbo. Se trata de construir un enemigo. De organizar el espacio público en términos de afinidad y de rechazo. De transformar la política en una lógica de confrontación donde la crítica no es una diferencia legítima sino una forma de agresión.

El acrónimo, otra vez, no describe: construye una frontera. De un lado, los que adhieren. Del otro, los que deben ser desacreditados u odiados. Y lo hace de manera sistemática, amplificada y constante. No es un exabrupto ni una reacción aislada: es método.

En ese esquema, el periodismo deja de ser un actor incómodo - como debe serlo - para convertirse en un enemigo estructural. Y el desacuerdo deja de ser parte de la vida democrática para transformarse en una amenaza que debe ser erradicada.

"La cuenta de Javier Milei en X se convirtió durante las Pascuas en una ametralladora de mensajes contra el periodismo en general, los medios de comunicación y distintos profesionales a los que insultó y acusó de conspirar contra su gobierno. La novedad no fue la línea argumental sino la magnitud: en cuatro días, escribió 86 tuits contra la prensa y republicó otros 874 emitidos originalmente por militantes libertarios, funcionarios o usuarios desconocidos"; consigna la nota "Insultos y amenazas. Milei difundió casi 1000 mensajes contra el periodismo en sus redes sociales durante las Pascuas", de Martín Rodríguez Yebra en La Nación.

"¿Se pueden tener enemigos sin odiarlos? ¿Se puede odiar a alguien sin que sea declarado enemigo? Son dos conceptos muy cercanos, pero diferentes"; afirma Vicenç Fisas Armengol en su ensayo "Fabricando al enemigo". Milei unifica ambos conceptos y busca encerrarnos a todos en su "prisión del odio".

Así, en el país de VLLC y TMAP, comienza a emerger algo más inquietante y perturbador: una progresiva reducción del espacio de libertad real. No la libertad de comprar o vender dólares; sino la de opinar, disentir o simplemente no adherir al dogma sin quedar expuesto a una maquinaria de hostigamiento fogoneada desde el más alto lugar del poder.

En nombre de la libertad, el lenguaje político comienza a asfixiarla.

Pero cuando la política se reduce a consignas, desaparecen los matices y lo que se pierde no es sólo la discusión: es la posibilidad misma de convivir. Todo se vuelve extremo, inmediato, emocional. Todo se mide en términos de lealtad o de traición.

No se trata de un problema de estilo. Ni siquiera de formas. Se trata de algo más profundo: del reemplazo de la realidad por un lenguaje. De la política por la consigna. Del adversario por el enemigo. De la discusión por la repetición sistemática. Y, en este proceso, los acrónimos cumplen una función precisa. No simplifican: sustituyen. No explican: ordenan. No buscan comprender: alinean. Son herramientas de poder que permiten condensar una visión del mundo en pocas letras y que, al mismo tiempo, bloquean cualquier intento de refutación.

Tal vez por eso se multiplican. Porque funcionan. Por supuesto, a un costo.

Así, en el país de los acrónimos sin fin, el problema ya no es lo que se dice. El problema es lo que deja de decirse. Porque cuando la política se reduce a siglas, lo que desaparece no es el lenguaje. Es la realidad.

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