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Radares educativos: cuando la escuela deja de ver

Jueves, 16 de abril de 2026 01:44

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El reciente episodio ocurrido en San Cristóbal no debería leerse como una noticia más dentro del incesante flujo de tragedias que consumimos a diario. No es un hecho aislado. No es un accidente. Es, más bien, la manifestación visible de una cadena de invisibilidades. Y allí, en ese punto ciego, es donde la escuela - y el Estado - están fallando.

Hace tiempo que los especialistas advierten que estos hechos no irrumpen de manera súbita. No nacen en el instante en que se empuña un arma. Se gestan antes, mucho antes, en silencios prolongados, en miradas que no se cruzan, en palabras que nadie escucha. Se incuban en aulas donde alguien deja de ser visto como persona y pasa a ser apenas un número en una lista.

Por eso urge pensar en lo que podríamos llamar radares educativos. No dispositivos tecnológicos ni sistemas complejos, sino algo mucho más esencial y, paradójicamente, más escaso: la capacidad humana de observar, de escuchar, de involucrarse. Detectar a tiempo cambios de conducta, aislamientos, violencias latentes, angustias profundas. Entender que detrás de cada alumno hay una historia, muchas veces fragmentada, muchas veces dolida.

La escuela, en demasiadas ocasiones, ha sido reducida a una función que la empobrece: la de mero espacio de resguardo. Un lugar donde los hijos son dejados durante algunas horas, mientras el mundo adulto continúa su marcha. Un depósito. La palabra incomoda, pero describe con crudeza una realidad que se respira en pasillos y aulas. Cuando la institución educativa se convierte en eso, pierde su esencia: la de formar, contener, acompañar.

En ese contexto, el rol del docente adquiere una dimensión central. No alcanza con transmitir contenidos, con cumplir programas, con sostener una currícula que muchas veces parece ajena a la vida real de los estudiantes. El docente debe recuperar su lugar como referente, como figura capaz de tender puentes entre el conocimiento y la experiencia, entre la norma y la empatía. No es una tarea sencilla, especialmente en un sistema que muchas veces lo agota, lo sobrecarga y lo remunera de manera insuficiente. Pero es una tarea irrenunciable.

Decir esto no implica desconocer las condiciones materiales en las que trabajan miles de educadores. El salario escuálido, la falta de recursos, la presión administrativa. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que, sin vocación, sin ese compromiso profundo que trasciende lo meramente laboral, la escuela pierde su capacidad de intervenir antes de que el conflicto escale.

Y no se trata solo del docente. Hay figuras dentro de la institución que suelen quedar relegadas, invisibilizadas, pero que cumplen un rol clave: los celadores, los preceptores. Son ellos quienes muchas veces están en contacto directo con los alumnos fuera del aula, quienes perciben tensiones, quienes observan gestos, quienes escuchan lo que no llega a los oídos formales. Sin embargo, el sistema rara vez los integra como actores fundamentales en la prevención. Se los piensa como auxiliares, cuando en realidad podrían ser piezas centrales en estos "radares educativos" que tanto necesitamos.

El Estado, por su parte, no puede limitarse a reaccionar después de la tragedia. No alcanza con protocolos escritos ni con declaraciones de ocasión. Se requiere una política sostenida que fortalezca a la escuela como espacio humano. Equipos interdisciplinarios, formación en resolución de conflictos, acompañamiento psicológico, articulación con las familias. Y, por supuesto, un debate serio sobre el acceso a las armas, porque cuando la violencia encuentra herramientas letales, las consecuencias son irreversibles.

Pero incluso con todas esas medidas, hay algo que no puede legislarse ni imponerse desde arriba: la empatía. Esa capacidad de ver al otro en su complejidad, de reconocerlo en su fragilidad, de entender que cada alumno es un universo en construcción. Cuando esa mirada se pierde, cuando el estudiante se convierte en un dato, en una estadística, en un problema a gestionar, la escuela deja de ver. Y cuando deja de ver, queda expuesta. Lo ocurrido en San Cristóbal (y que no es una excepción) nos enfrenta a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cuántas señales fueron ignoradas? ¿Cuántas oportunidades hubo para intervenir antes? Tal vez nunca lo sepamos con precisión. Pero lo que sí sabemos es que no podemos seguir llegando tarde.

Necesitamos escuelas que miren, que escuchen, que sientan. Necesitamos docentes comprometidos, celadores atentos, comunidades educativas vivas. Necesitamos, en definitiva, radares humanos que detecten lo que aún no se ha dicho, lo que todavía puede cambiarse.

Porque cuando la escuela recupera su capacidad de ver, no solo educa: también salva.

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