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Fin de una era en Hungría

Sabado, 18 de abril de 2026 01:38

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La victoria de Péter Magyar y su partido Tisza no es simplemente un cambio de nombres en el Monasterio Carmelita de Buda; representa una ruptura con el proceso de autocratización que ha asfixiado a Hungría desde el regreso de Viktor Orbán al poder, en 2010. Lo que hemos presenciado es el agotamiento de un modelo que, en su tránsito desde el autoritarismo de la era del partido único hacia la democracia, terminó extraviando sus convicciones liberales en favor de un régimen iliberal y sistémicamente corrupto.

Para comprender el fenómeno Magyar, es útil recurrir a una comparación que hoy cobra total vigencia: el Péter Magyar de 2026 guarda una asombrosa similitud con el Viktor Orbán de hace veinte años. Tranquilamente podríamos estar frente a primos enemistados, que portan los mismos genes, pero a quienes los distancian las circunstancias. Ideológicamente, si despojamos al oficialista Fidesz de su deriva autocrática, las diferencias programáticas —especialmente en materia económica— con la plataforma electoral de Tisza son mínimas. Ambos abrevan en un ideario centrado en la propiedad, la familia y el mercado. Sin embargo, la distancia entre ambos no podría ser más relevante: se mide en términos de su compromiso actual con las instituciones de la democracia y el estado de derecho.

La opción que los húngaros han elegido en las urnas tiene un componente ético que precede al económico. La plataforma de Magyar se centró en la lucha contra la corrupción, planteando una "desinfección" del Estado capturado por Orbán y sus amigos. En este sentido, ese factor ha sido el auténtico elemento decisivo, actuando como la cuña que separó a estos primos ideológicos. Así fue como Magyar encontró en 2023 la razón para romper con Fidesz. Mientras Orbán fue abandonando sus ideas fundacionales para fundar un régimen autocratizante y construir un capitalismo de amigos y, en definitiva, una cleptocracia, Magyar propone un retorno al cauce conservador del Partido Popular Europeo.

Este giro tendrá consecuencias radicales en la relación con Bruselas. Orbán se había transformado sistemáticamente en el "hombre del veto" dentro de las instituciones europeas, actuando a menudo como un agente de los intereses de Vladímir Putin en el corazón de la UE. Magyar, bajo una insignia europeísta pero discreta —lejos de la estética de las "revoluciones de colores"—, promete una Hungría colaborativa. No se trata de un entusiasmo ingenuo, sino de la convicción de que el futuro de la prosperidad húngara depende de volver a ser un socio confiable y no el "aguafiestas" del bloque.

Es fundamental entender que este cambio de tendencia no es producto de una intervención externa ni de una coyuntura superficial. Cuando analizamos series largas de encuestas, vemos que el giro de la opinión pública húngara era ya una corriente profunda y consolidada. A diferencia de otros contextos (como el caso de Argentina, donde la intervención material del Tesoro de EE. UU. bajo la conducción de Scott Bessent fue decisiva para ahorrarle al plan económico de Javier Milei un colapso económico inminente), en Hungría la visita de figuras como J.D. Vance y del propio Milei no pasó de ser un gesto fútil sin impacto real en un electorado que ya había decidido, muy mayoritariamente, soltarle la mano al gobierno.

Hungría abandona hoy el sendero autocrático. Queda por verse cuán definitivamente. El triunfo de Tisza demuestra que, incluso en regímenes que parecen blindados, la demanda de estado de derecho e integridad administrativa y la vocación de pertenencia europea pueden más que la arquitectura del miedo. Quedan las expectativas a no defraudar: las instituciones europeas deberán en lo que sigue mostrarse útiles para la mejora de las condiciones de vida de los húngaros. El desafío para el propio Magyar será ahora demostrar que puede reconstruir las instituciones que su propio "primo" ayudó a demoler.

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