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Europa vuelve a mirar a Alemania. No con el miedo de 1919 ni el recelo de 1939, pero sí con una mezcla incómoda de desconfianza y alivio. Durante años el problema parecía ser la debilidad alemana. Hoy comienza a insinuarse otro dilema: la posibilidad de que Alemania vuelva a convertirse en el actor dominante del continente.
A medida que Europa ha atravesado una crisis tras otra durante las últimas décadas –la financiera, la migratoria, la pandemia y finalmente la guerra en Ucrania–, muchos dirigentes europeos no temían tanto el poder alemán como su ausencia. "Temo menos el poder alemán que la inacción alemana", declaró en 2011 el entonces ministro de Relaciones Exteriores de Polonia, Radosław Sikorski, en plena crisis de la eurozona. Frase notable viniendo de un funcionario polaco, cuando Varsovia ha sido históricamente uno de los gobiernos más sensibles al poder alemán.
Hoy, sin embargo, Europa podría estar obteniendo exactamente lo que pidió.
Después de años de vacilaciones, la Zeitenwende anunciada por Berlín en 2022 –la promesa de convertir a Alemania en uno de los pilares militares del continente–, comienza a materializarse. Alemania ya gasta más en defensa que cualquier otro país europeo. Su presupuesto militar se ubica entre los más grandes del mundo y podría triplicarse respecto de los niveles previos a la guerra en Ucrania antes de que termine la década. Incluso se discute la posibilidad de reintroducir algún tipo de servicio militar obligatorio si las fuerzas armadas no logran atraer suficientes voluntarios. Y, si la tendencia se mantiene, Alemania podría volver a convertirse en una gran potencia militar antes de 2030.
El ascenso alemán
Para muchos europeos, el giro resulta tranquilizador. El continente enfrenta una Rusia cada vez más militarizada y agresiva, y un compromiso estadounidense menos previsible y presente. En ese contexto, el fortalecimiento militar alemán parece una evolución lógica.
Pero el poder relativo, en Europa, nunca es algo simple. Durante décadas, Alemania cultivó deliberadamente una identidad de "potencia civil". Después de la Segunda Guerra Mundial, Berlín integró su economía, su política y su defensa dentro de estructuras multilaterales que limitaban su autonomía. La reunificación alemana en 1990 fue aceptada por sus vecinos en gran medida porque el país permanecía anclado a la OTAN y dentro del marco institucional de la Unión Europea. Y ambos anclajes funcionaban como garantía de seguridad del equilibrio europeo. Además, mientras Estados Unidos garantizaba la defensa del continente, las rivalidades históricas quedaban contenidas. Alemania podía prosperar económicamente sin generar inquietud estratégica porque su poder quedaba inserto en una arquitectura internacional dominada por Washington.
Pero ese contexto está cambiando. A medida que la atención estadounidense se desplaza hacia Asia y hacia la competencia con China, Europa se ve obligada a asumir responsabilidades que durante décadas había delegado en su aliado trasatlántico. En este nuevo escenario, el peso económico e industrial de Alemania se vuelve mucho más visible.
Ningún otro país europeo posee la misma capacidad fiscal, industrial y tecnológica. Francia mantiene una fuerza militar considerable y la única disuasión nuclear del continente dentro de la Unión Europea, pero es Berlín quien dispone de la base industrial capaz de sostener un esfuerzo militar de largo plazo.
El problema es que el poder no es solo una cuestión de capacidades. También es una cuestión de percepciones. Y la historia europea está marcada por el llamado "dilema de seguridad": cuando un Estado aumenta su poder para protegerse, otros lo perciben como una amenaza. Ese mecanismo alimentó rivalidades que desembocaron en dos guerras mundiales durante el siglo XX. El proyecto europeo fue, en gran medida, un experimento social, económico y geopolítico de domesticación de ese dilema, mediante la interdependencia económica y la integración institucional.
Pero el retorno de la geopolítica vuelve a poner preguntas sobre la mesa. Porque si el regreso de la geopolítica obliga a Europa a asumir mayor poder estratégico, surge inmediatamente una pregunta inevitable: ¿quién ejercerá ese poder?
Temores latentes
A medida que Alemania fortalece su ejército, algunos países europeos observan con atención. Francia evalúa cómo preservar su influencia estratégica. Polonia –aunque agradece el compromiso alemán con la defensa del flanco oriental frente a Rusia–, recuerda su historia. Los países bálticos ven en Berlín un aliado indispensable pero también calibran con cuidado el equilibrio de poder. Y si bien nadie formula estos temores en términos dramáticos, el miedo existe. La posibilidad de que Alemania se convierta en el actor militar dominante del continente plantea interrogantes inevitables sobre el futuro de la integración europea.
El problema podría agravarse si el panorama político alemán cambia. La ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) –que mantiene posiciones críticas hacia la Unión Europea y la OTAN–, continúa creciendo en las encuestas. Una Alemania militarmente más fuerte y políticamente más nacionalista, reabriría debates que Europa creía haber superado.
Y no es necesario imaginar escenarios extremos para comprender el riesgo. La política europea, como cualquier otra, no es inmune a ciclos de radicalización. El descontento económico, las tensiones migratorias y la polarización social ya han alimentado movimientos populistas en muchos países del continente durante la última década.
Frente a este panorama, la cuestión central no es si Alemania debe fortalecer su capacidad militar. El continente necesita una disuasión creíble frente a Rusia y una mayor autonomía estratégica en un mundo cada vez más competitivo. Pero la pregunta es cómo se integra ese poder dentro de un continente con una enorme carga de memoria histórica.
El historiador británico Timothy Garton Ash propuso hace años una fórmula sugestiva: el de "las esposas doradas". Se trata de aceptar limitaciones voluntarias de soberanía a cambio de confianza colectiva. Alemania ya adoptó esa lógica en el pasado al integrarse a la OTAN y en las instituciones europeas. Hoy se podría profundizar el mismo principio. En lugar de construir una capacidad militar nacional, Berlín podría impulsar una solución de defensa europea: promover un mercado común de armamento, desarrollar empresas industriales de defensa continentales y fortalecer estructuras de mando multinacionales que integren a las fuerzas armadas europeas. En otras palabras, convertir su poder nacional en un bien común europeo.
Cuidado con lo que deseas
Ese camino no sería sencillo. Requeriría decisiones políticas ambiciosas y una confianza mutua que no siempre ha sido fácil de construir en Europa. Pero también ofrecería una forma de evitar que el rearme alemán reactive suspicacias.
La presión externa podría incluso favorecer ese proceso. La incertidumbre sobre el compromiso estadounidense obliga a Europa a asumir mayor responsabilidad por su propia seguridad. Si esa responsabilidad se canaliza hacia una mayor integración, el resultado podría ser una identidad estratégica europea más cohesionada.
Pero nada de esto está garantizado. La historia europea es un laboratorio de equilibrios frágiles. Las alianzas pueden consolidarse o fracturarse según cómo se gestione el poder emergente.
Alemania enfrenta así una paradoja clásica de la política internacional: cuanto más fuerte sea, más moderación deberá mostrar. Cuanto mayor sea su capacidad militar, más necesario será que muestre vocación integradora. El poder nunca es sólo poder. En Europa también es memoria, percepción y responsabilidad.
El resto del continente tampoco puede limitarse a desconfiar. Si los países europeos desean que Alemania asuma un mayor liderazgo estratégico, deberán definir con claridad el marco institucional dentro del cual ese liderazgo se ejercerá. No se puede desear el liderazgo alemán y, al mismo tiempo, temerlo sin ofrecer un proyecto común.
En el fondo, el debate sobre el nuevo poder alemán es en realidad un debate sobre el futuro del proyecto europeo. ¿Será Europa una red de soberanías coordinadas capaz de actuar estratégicamente en un mundo competitivo? ¿O volverá a convertirse en un espacio de rivalidades nacionales bajo nuevas formas? La respuesta no depende solo de Berlín, pero pasa por ahí. Durante más de siete décadas, Europa aprendió que la interdependencia podía domesticar rivalidades históricas. Ese aprendizaje no fue automático ni lineal. Fue el resultado de decisiones políticas deliberadas, a veces audaces, a veces pragmáticas.
Hoy se abre una nueva bifurcación. El rearme alemán puede consolidar una Europa más segura y cohesionada. O puede reactivar sospechas que el continente creyó haber dejado atrás. La diferencia no estará en la cantidad de tanques desplegados ni en la magnitud de los presupuestos militares. Estará en la capacidad de transformar fuerza en confianza.
Europa intentó organizarse como una comunidad de reglas en un mundo que vuelve a ser una arena de poder. El problema es que, cuando el mundo vuelve a la geopolítica, incluso Europa debe volver a enfrentarse a la misma lógica. Europa pidió una Alemania más fuerte. Ahora deberá decidir cómo convivir con ella.