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Cuando la guerra es posible

Viernes, 03 de abril de 2026 00:52

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Aki Shimazaki es una deliciosa rareza. Nacida japonesa, vive en Montreal y publica sus novelas en francés desde 1991. Sus libros son pentalogías: cinco historias que se entrelazan entre sí como un rompecabezas literario. Sus personajes —o sus ecos— atraviesan la obra, completando un complejo y hermoso puzzle humano.

"El quinteto de Nagasaki" - curiosamente, su título original en francés es "El peso de los secretos" - está compuesto por cinco novelas atravesadas por historias familiares que se desarrollan en el contexto histórico en el Japón del siglo XX. El entramado se apoya en tres hitos: la colonización de Corea en 1910, el terremoto de 1923 y, sobre todo, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Bombas que trastocaron no solo la historia de Japón, sino la de todo el mundo.

Casi al comienzo de la pentalogía, un nieto le pregunta a su abuela:

"- Abuela, ¿por qué los norteamericanos tiraron dos bombas atómicas en Japón?"

"- Porque en ese momento solo tenían dos"

La respuesta no busca consuelo. Tampoco justificación. Es seca, incómoda, desprovista de épica: porque las tenían. Y porque podían. Porque la guerra no se decide en el terreno de la moral sino en el de las oportunidades.

Estados Unidos tenía dos bombas: una de uranio; otra de plutonio. Me pregunto si, de haber logrado enriquecer neptunio, californio y torio, habrían bombardeado otras tres ciudades más, también para probarlas. Es una pregunta que no puedo evitar hacer.

Lo perturbador no es la respuesta, sino lo que implica. Japón ya estaba derrotado. Sus ciudades habían sido arrasadas por los bombarderos convencionales. Su capacidad de resistir era mínima. Y, sin embargo, las bombas cayeron igual. Según la autora, no solo para terminar la guerra, sino para definir el mundo que vendría después. Las bombas fueron un mensaje, sobre todo a la Unión Soviética, para que desistiera de invadir Japón. Y al resto del mundo: una advertencia sobre quién detentaría el poder en la nueva era.

"Las guerras no siempre ocurren porque no hay alternativa. A veces ocurren porque alguien decide que es el momento".

Shimazaki tampoco evita la autocrítica. Recuerda la violencia, la crueldad, la perversión y, sobre todo, la inhumanidad que mostraron los propios japoneses durante la masacre - de más de trescientas mil personas - cuando ocuparon Nankín, en China. Se pregunta incluso si no hubiera sido peor un mundo donde Japón hubiera ganado la guerra. Shimazaki no escribe historia. Ofrece memoria. Y la memoria, a diferencia de la historia, no ordena: incomoda.

La historia, vista desde esta perspectiva, pierde su narrativa tranquilizadora. No hay buenos y malos. Ni justos ni pecadores. Hay intereses. Cuando la fuerza deja de ser el último recurso y pasa a ser una elección, cambia algo más que la estrategia: cambia el orden moral del mundo. Y este desplazamiento —de la necesidad a la posibilidad— podría ser uno de los grandes quiebres morales del siglo XX. Porque si las bombas no fueron necesarias, la pregunta deja de ser histórica y se vuelve contemporánea: ¿cuántas guerras son inevitables… y cuántas se libran porque son posibles?

La reciente ofensiva de Estados Unidos contra Irán reactualiza esa pregunta. El argumento público habló de amenaza nuclear inminente, de seguridad nacional, de prevención y de subsistencia. Pocas semanas después, comienzan a aparecer grietas que erosionan la narrativa. La directora de Inteligencia Nacional - Tulsi Gabbard - reconoció ante el Senado que el programa nuclear iraní había sido "severamente degradado" y que "no existían evidencias de esfuerzos por reconstruirlo". Casi en simultáneo, el jefe de contraterrorismo —Joe Kent— renunció afirmando que "Irán no representaba una amenaza inmediata" y que la guerra "respondía más a presiones políticas que a una necesidad estratégica real".

No se trata de decidir quién tiene razón. Se trata de mostrar la fractura. Porque cuando la justificación de una guerra se debilita desde adentro, el relato empieza a resquebrajarse. Y la pregunta se reactualiza.

Como en 1945, la discusión no gira solo en torno a lo que se destruye, sino a lo que se busca construir. A quién se quiere disciplinar. Qué equilibrio se intenta imponer. Las guerras funcionan menos como respuestas que como anuncios: de poder, de límites, de futuro. Desde el 7 de octubre, la guerra no dejó de expandirse: Gaza, Cisjordania, Líbano, Irán. Cada escalada se presenta como inevitable. Pero la pregunta sigue siendo la misma. Cuando una guerra es necesaria, se la percibe como un último recurso. Cuando la guerra es posible, es una elección. Derrotar a Hitler antes de que cayera Europa era necesario. Por eso la pregunta sobre Irán no es solo militar ni diplomática; es histórica: ¿era necesaria esta guerra? ¿O sólo era posible?

La diferencia es decisiva. Define el mundo que estamos comenzando a habitar. En un sistema internacional más fragmentado y multipolar, donde las reglas internacionales pierden peso, la guerra deja de aparecer como una excepción extrema y se convierte en herramienta.

La literatura, a veces, dice lo que la política evita. Shimazaki lo resume con una frase brutal: "las guerras no siempre ocurren porque no hay alternativa. A veces ocurren porque alguien decide que es el momento".

Cuando esto pasa, la guerra deja de ser una tragedia inevitable. Y se convierte en algo mucho más inquietante y perturbador: una elección. Algo que se podría evitar. Y en el mundo que viene, cada vez más guerras empezarán exactamente así.

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