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La K a la que se abraza Milei

Jueves, 23 de abril de 2026 01:26
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En la historia del capitalismo hay una idea tan incómoda como inevitable: las economías modernas avanzan destruyendo parte de su propia estructura productiva. Joseph Schumpeter llamó a ese proceso "destrucción creativa". El capitalismo -sostenía- no progresa simplemente acumulando riqueza. Progresa transformando su estructura productiva por medio de innovaciones que reorganizan la economía. Nuevas tecnologías, nuevas empresas y formas de organización desplazan a las anteriores. Sectores completos desaparecen mientras otros emergen. El proceso puede ser brutal para quienes quedan del lado equivocado del cambio pero explica, en gran parte, el dinamismo de las economías modernas.

Sin embargo, esa dinámica tiene una condición implícita: la destrucción debe estar acompañada por creación. Cuando la creación aparece con poca fuerza, el proceso deja de ser renovación productiva para convertirse en una transición desequilibrada acompañada por una mayor desigualdad social. Y cuando la creación no aparece, lo que queda es sólo destrucción. Algo de esa tensión comienza a verse en la economía argentina actual. Incluso economistas cercanos al programa señalan que la destrucción de empleo está siendo más profunda que su creación.

En los últimos meses se comenzó a hablar de una economía en forma de "K": algunos sectores crecen con rapidez mientras otros caen con la misma intensidad. En la parte ascendente de esa K aparecen actividades vinculadas a la energía, petróleo, gas, minería, litio, agroindustria y algunos segmentos muy específicos de la economía del conocimiento, cada vez más atravesada por el impacto de la inteligencia artificial. Son sectores con fuerte capacidad exportadora, acceso al financiamiento internacional y altos niveles de productividad.

En la parte descendente aparece otra economía: la de las pequeñas y medianas empresas orientadas al mercado interno. Comercios, industrias locales, proveedores industriales, construcción y buena parte del tejido productivo que durante décadas sostuvo el empleo urbano.

Datos recientes muestran con crudeza la divergencia: la economía creció un 4,4% -tras la caída acumulada del 6,2% en 2023 y 2024- mientras que se perdieron más de 300.000 empleos. En sólo dos años casi 23.000 empresas dejaron de operar en el país, mientras se multiplican los procesos preventivos de quiebras en sectores sin chances de competir con la apertura aduanera salvaje.

La imagen que emerge es la de un país que comienza a reorganizar su economía a dos velocidades: una parte que se integra al mercado global y otra que pierde densidad productiva y capacidad de generar empleo.

Desde una perspectiva schumpeteriana, este tipo de reorganización no debería, en sí misma, alarmar. Los procesos de apertura económica, cambio tecnológico y reestructuración productiva suelen producir desplazamientos sectoriales profundos. El problema aparece cuando esto ocurre sin estrategias de contención productiva y social. Y cuando el desequilibrio se vuelve persistente. Hoy ocurren ambas cosas a la vez.

Porque los sectores que hoy encabezan el crecimiento argentino -energía, minería o agroindustria- son altamente eficientes en términos productivos, pero muy limitados en su capacidad de generar empleo. Son actividades intensivas en capital y tecnología; no en mano de obra. Las actividades que se contraen, en cambio, son aquellas que históricamente estructuraron el mercado laboral urbano: industrias manufactureras, redes de proveedores locales y pequeñas empresas de servicios.

El resultado es una economía que puede mejorar en algunos indicadores macroeconómicos -como el PBI o el PBI per cápita, que el gobierno exhibe con orgullo- mientras se debilita su estructura productiva interna. Más exportaciones, pero menos empresas. Más productividad, pero menos empleo. Más competitividad externa, pero una mayor fragilidad social.

Y este desequilibrio ya se siente en los hogares. Relevamientos privados muestran la caída sostenida del ingreso de los hogares, el aumento del peso de los gastos fijos, una restricción creciente del consumo, y un aumento en la deuda privada y en la mora. Así, el día a día de las familias comienza a erosionar las expectativas sociales y el humor colectivo que durante meses sostuvo el respaldo político al programa económico. El problema ya no es sólo económico. Empieza a ser político.

La última ironía

Lo verdaderamente irónico es que esta transformación ocurre en un país obsesionado con la letra K.

Durante años la política argentina giró alrededor de esa inicial. Para unos representaba un proyecto político; para otros un adversario a eliminar. Hoy, sin embargo, Milei la abraza con una devoción dogmática. No como símbolo partidario sino como forma económica: una economía que crece en algunos sectores mientras se contrae en casi todo lo demás. Una economía con menos empresas, menor diversificación productiva y menor capacidad de generar empleo.

Mientras el discurso político oficial celebra haber erradicado la "K", la economía argentina adopta su forma. No como símbolo político; como estructura económica. Sin advertir la ironía, Milei se abraza a una economía en forma de K. Y, como suele ocurrir en estos procesos, el problema no es la forma que adopta la economía, sino el callado resentimiento con el que se la tolera a costa de una reserva de paciencia que no es infinita ni incondicional.

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