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No hay corrupción chica

Jueves, 09 de abril de 2026 01:33

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Sospecho que nos pasa a todos. Después de tantos años de degradación política, de tanta corrupción ostentada con impunidad y de tanta cantidad de causas nobles vaciadas hasta volverse irreconocibles, hemos terminado por creer en cualquier cosa. Por ejemplo, hasta creímos que un outsider sin partido, sin estructura y sin experiencia en la gestión pública de ningún tipo, podía rescatarnos. Que alguien que surgió de paneles televisivos y discursos incendiarios podía conducirnos a un puerto mejor.

Pero es lógico. Cuando se pierde el control de los hechos, estos tienden a dominarnos. Y cuando se pierden los valores más elementales, se puede llegar a creer en cualquier cosa. Por eso, también parece lógico que, cada vez que criticamos al oficialismo, sintamos la necesidad de aclarar de dónde venimos. Como si el pasado nos obligara a relativizar y condicionar el presente. Como si toda crítica sobre el hoy necesitara un descargo previo sobre el antes para no caer en lo que parece un insoslayable binarismo argentino.

Por eso no me sorprende leer frases como "son montos menores comparados con la corrupción histórica". No me sorprende, pero sí me preocupa. Porque el problema no es Adorni. O no es sólo Adorni. El problema es la justificación. ¿Es necesario recordar, cada vez, que esto es "menos malo" que lo anterior? ¿Debemos aceptar algo así como: "mientras roben poco, pero hagan, es mejor que lo anterior"? ¿Acaso existe algo como una "pequeña" falta a la ética? ¿O la amoralidad es una sola y no admite gradaciones? No lo sé. Lo pregunto.

Josef Stalin habría dicho: "Una muerte es una tragedia; un millón de muertes es una estadística". ¿No estamos invirtiendo el argumento? ¿No estamos diciendo ahora que un gran acto de corrupción es una tragedia, pero que uno pequeño es 'apenas' una falta menor?

Me preocupa esta lógica. Y me preocupa más aún su naturalización.

Es cierto que la economía condiciona todo. Cuando los indicadores acompañan, muchas conductas se toleran. Y, cuando la bonanza económica deja de acompañar, esas mismas conductas se vuelven intolerables. Insostenibles. Pero el problema no es el contexto. El problema es el criterio. La ética no depende –no puede depender, jamás– del bienestar económico.

Ley moral

La actitud kantiana ante el mal se define como la lucha contra la tendencia humana de subordinar la ley moral a intereses propios. Kant considera el mal como un uso incorrecto de la libertad, donde se rompe el orden moral al privilegiar la inclinación egoísta por sobre el deber; aunque siempre conserve la esperanza de redención.

Para mí, esa esperanza de redención –la posibilidad de construir un país mejor–, surgirá sólo cuando logremos entender que la amoralidad de Adorni no es menos amoral que otras amoralidades. Que ambas conductas –las anteriores y las actuales– son inmorales. No importa la escala; importa la acción; el quiebre. Porque la ética no admite escalas. Porque cuando comenzamos a compararla y a relativizarla, también comenzamos a perderla.

Y aquí aparecen las contradicciones más incómodas: un gobierno dispuesto a endurecer penas y a encerrar a menores bajo el lema "delito de adulto, pena de adulto", se muestra indulgente cuando el infractor está del lado correcto del poder. Sandra Pettovello echó a su jefe de Gabinete por otro escándalo en ciernes; el gobierno, en cambio, decide sostener a Adorni, aun cuando su situación se ha vuelto insostenible y su permanencia en el gobierno se hace cada día más tóxica.

"El que las hace, las paga", solían repetir con soberbia y orgullo. Parece que no siempre. Parece que no todos.

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