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La reconfiguración geopolítica del Medio Oriente y el ocaso de la unipolaridad

La coyuntura internacional, marcada por la tensión EEUU-Israel frente al eje euroasiático, revela lo que analistas llaman la "derrota estratégica de la omnipotencia occidental"
Martes, 12 de mayo de 2026 01:40

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La superpotencia norteamericana vive una crisis de propósito, atrapada entre fuerza táctica y ceguera geopolítica. No hay una postura "pro-iraní", solo objetividad. No olvidemos que la Justicia argentina responsabilizó a Irán y Hezbollah por los atentados de 1992 y 1994, con 107 muertos y más de 500 heridos, argentinos.

En la AMIA participé junto a un equipo militar israelí de búsqueda y rescate. Recuerdo a un jefe militar, "Amós", nacido en Avellaneda, que cuando entramos bajo los escombros en la oscuridad insultó en perfecto argentino. Paradoja: un oficial israelí con raíces locales salvando vidas en Buenos Aires. Todo se entrelaza: política exterior y seguridad nacional atraviesan a los argentinos.

Doctrina de la Fragmentación

El documento A Clean Break: A New Strategy for Securing the Realm, elaborado en 1996 por neoconservadores estadounidenses conducidos por Richard Perle para Benjamin Netanyahu, cerró la diplomacia de "paz por territorios" y propuso que la seguridad de Israel dependiera de desestabilizar a sus vecinos.

En 1999 esa lógica se trasladó a Europa. Wesley Clark, Comandante Supremo de la OTAN, dirigió la intervención en Kosovo, luego convertida en misión de combate bajo el Capítulo VII de la ONU. En Pej, al sudoeste de Kosovo, lideré tropas argentinas conjuntas. El primer día del despliegue fuimos testigos de un ataque del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK) contra un puesto aliado, destruido por cohetes cerca de nuestra base; ello determinó el ritmo de operaciones combinadas dentro de un teatro de operaciones complejo, en el que nuestra unidad fue altamente condecorada.

Tras el 11-S, la estrategia estadounidense se globalizó. Clark reveló un plan del Pentágono para desmantelar siete gobiernos en cinco años: Somalia, Sudán, Libia, Líbano, Siria, Irak e Irán. Seis quedaron como estados fallidos o en guerras interminables; Irán sigue como último bastión y gran obstáculo para la hegemonía israelí. Clark habló primero en privado (2001-2003) y luego públicamente en 2007, convirtiéndose en referencia para quienes cuestionan las verdaderas motivaciones de las intervenciones en Medio Oriente.

Teología y resistencia

El impulso militar israelí trasciende la seguridad nacional y se nutre de una visión teológica: el "Gran Israel" ("Eretz Israel"), cuya soberanía abarcaría "del río de Egipto al Éufrates". Esto implicaría controlar o neutralizar el sur del Líbano, toda Palestina, zonas de Siria e Irak, Jordania, el Sinaí y parte de Arabia Saudita.

El proyecto, impulsado por sectores teológicos y políticos radicales, sostiene que la llegada del Mesías depende de concretar ese dominio territorial. Sin embargo, enfrenta resistencias de potencias regionales con peso demográfico y militar: Irán, Turquía y Egipto.

La estrategia israelí ha consistido en externalizar el costo de la confrontación, usando el aparato militar estadounidense como brazo ejecutor. Esta "captura del Estado" permitió a Israel proyectar intereses más allá de sus capacidades internas y situar su horizonte teológico-geopolítico en el centro de la dinámica regional.

El análisis de la influencia sobre Washington revela un sistema tripartito de control:

1. Hegemonía Financiera: La arquitectura del dólar, gestionada por una Reserva Federal de carácter privado y vinculada a grandes bancos de inversión (como el Banco de Inglaterra y el Banco de Londres), opera bajo intereses que trascienden las fronteras nacionales. Fondos transnacionales como BlackRock y Vanguard actúan como los custodios del capital que financia el complejo industrial-militar.

2. Captura Legislativa vía AIPAC: El American Israel Public Affairs Committee no es un lobby convencional; es un regulador del Congreso. Con una base de apoyo que supera los 380 diputados, AIPAC garantiza que la política exterior de EE. UU. sea, en la práctica, una extensión de las necesidades estratégicas de Tel Aviv.

3. El Complejo Tecnológico-Vigilante: Desde 2001, la convergencia entre las grandes tecnológicas y las agencias de inteligencia ha creado un sistema de control social. Figuras en la vanguardia de la IA y las redes sociales forman parte de este entramado que asegura la trazabilidad de la sociedad civil bajo el pretexto de la seguridad nacional.

Energía y Estrecho de Ormuz

El conflicto se materializa en la logística de hidrocarburos. El Estrecho de Ormuz, antes vía internacional, fue convertido por Irán en "mar interior" bajo su control con el cobro de peajes y la capacidad de bloquear cerca del 20% del petróleo y gas mundial.

Ormuz, arteria vital del comercio energético, hoy bajo control iraní, otorga a Teherán capacidad de presión existencial.

Para reducir esa vulnerabilidad, Israel propone gasoductos propios que conecten el Golfo con el Mediterráneo, evitando Mar Rojo y Golfo Pérsico.

La ambición es consolidarse como superpotencia energética administrando el flujo hacia Europa, pero la iniciativa genera recelo árabe y resistencia de Rusia y China. De materializarse, Israel transformaría el Mediterráneo en nodo de salida del petróleo y gas del Golfo, convirtiéndose en actor clave de la seguridad energética europea y, al mismo tiempo, en epicentro de tensiones geopolíticas globales.

Victorias y derrotas

Aunque EE. UU. no sufrió una derrota táctica (sin brigadas destruidas ni buques hundidos), pero sí estratégica y moral. Washington mostró incapacidad para estabilizar Medio Oriente y, al subordinarse a intereses israelíes, dejó un vacío ocupado velozmente por Rusia y China.

El rol estadounidense está condicionado por la influencia del lobby sionista en su política interna. En lo financiero, se señala que la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra estarían bajo control de capital privado vinculado al sionismo, influyendo en tasas y flujos globales. En lo político, el Congreso depende del lobby de AIPAC, que financia gran parte de sus legisladores. En lo tecnológico, desde 2001 se consolidó un sistema de vigilancia apoyado en grandes corporaciones.

Así surge la "Derrota Estratégica" de EEUU: no son divisiones aniquiladas ni buques hundidos, sino la erosión de la confianza y la exposición de los límites del poder norteamericano. Washington sufrió que aliados como Pakistán cerraran bases, mientras que su gestión del conflicto mostró incoherencias graves. Este panorama sintetiza el derrumbe de la arquitectura de poder con tres errores que señalan su decadencia:

1. Trampa operativa: externalización de la soberanía estratégica, subordinando su política exterior a Israel y ejecutando planes ajenos como la "lista de Clark", que dejó un cinturón de Estados fallidos.

2. Fracaso militar: superioridad táctica, pero caos logístico, con arsenales para luchar contra, pero que terminó en manos de ISIS y contradicciones como el contrabando de petróleo hacia Turquía, miembro de la OTAN.

3. Error geoestratégico: subestimar a Irán, que transformó el Estrecho de Ormuz en un canal bajo su control e ingresó al eje euroasiático junto a Rusia y China.

El drama de EE. UU. reside en perder la capacidad de imponer su voluntad global, justo cuando Irán, antes enano, emerge como gigante. En vez de enfocarse en Rusia y China, ahora enfrenta a los persas.

El eje Moscú-Teherán

La visita de delegaciones iraníes a Moscú confirma una dinámica de "coreanización" militar: al igual que Corea del Norte provee munición a Rusia a cambio de tecnología nuclear y aeroespacial, Irán consolida un pacto de asistencia mutua con el Kremlin. Para Moscú y Pekín, la supervivencia iraní es línea roja estratégica: su colapso abriría la puerta a la OTAN en el "corazón de Asia", amenazando el Caspio y fracturando la Nueva Ruta de la Seda.

La alianza Rusia-Irán replica el modelo norcoreano: artillería por tecnología avanzada. Para China, la estabilidad de Irán es vital, pues un Teherán prooccidental permitiría a EE. UU. cercar a Pekín desde Asia Central y el espacio túrquico, que abarca Turquía, Azerbaiyán, Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán y Turkmenistán, conecta Anatolia con Asia Central. Los turcomanos, presentes en Irán, Afganistán, Siria e Irak, son puente cultural y geopolítico. Kazajistán produce más del 40 % del uranio mundial, esencial para reactores de EE. UU., Francia y otros, además de petróleo, gas y minerales críticos.

La ecuación es clara: Moscú-Teherán redefine el equilibrio militar y condiciona el futuro energético y logístico de Eurasia. El "corazón de Asia" emerge como epicentro de la disputa global, donde cada movimiento impacta en seguridad nuclear, rutas comerciales y arquitectura del poder mundial.

Fin del orden unipolar

EEUU exhibe desgaste de credibilidad; Israel busca consolidarse como potencia energética; Irán se erige como eje cuyo colapso alteraría el equilibrio euroasiático. Washington, atrapado en una guerra de propósito incierto, actúa como fuerza auxiliar; potencias emergentes constatan sus límites.

Falta de garantías y desplazamientos de lealtades anuncian multipolaridad, con capital y tecnología nuclear como árbitros de soberanía. El despliegue pakistaní en Medio Oriente (fuerte en Arabia Saudita, menor en Qatar, Emiratos y Omán) refleja diversificación de alianzas tras el repliegue parcial estadounidense. En este marco, Irán se afirma como pivote regional y desafío al dólar y al expansionismo energético israelí.

El coloso estadounidense revela límites, sus alianzas se resquebrajan y el orden unipolar se desvanece.

* Mariano Castelli ha liderado operaciones militares de la ONU y de la OTAN. Es especialista en estrategia, gestión de crisis y pensamiento militar contemporáneo.

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