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Trump impone la ley del más fuerte

Jueves, 14 de mayo de 2026 01:17

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Estados Unidos atacó instalaciones civiles y militares en Venezuela y, poco después, Donald Trump confirmó que Nicolás Maduro y su esposa habían sido capturados y "extraídos" del país. "Una operación quirúrgica", la definió.

Trump ordenó el ataque en Venezuela sin autorización del Congreso, amparándose en la figura de una "operación policial". Una operación policial ejecutada mediante bombardeos sobre un país soberano que terminó con la captura y "extracción" de su presidente. Extraña operación policial. No solicitó autorización de organismos internacionales ni buscó la colaboración de países democráticos aliados. Tampoco presentó un calendario –ni siquiera tentativo– sobre cuándo Venezuela recuperaría la democracia. A decir verdad, no parece que la democracia en Venezuela –ni en ningún otro lugar– preocupe demasiado a Trump. Ni siquiera la de su propio país.

Toda acción militar anterior había ocurrido en Centroamérica o el Caribe, regiones que Washington siempre consideró parte de su "perímetro de seguridad". Pero Estados Unidos ha extendido ese "perímetro de seguridad" de acuerdo con la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS-2025); que marca un punto de inflexión en la doctrina internacional norteamericana.

La nueva estrategia retoma la vieja "Doctrina Monroe" –"América para los americanos"–, revive el "Corolario Roosevelt" (quien declaró que Estados Unidos tenía el derecho y el deber de intervenir en las naciones latinoamericanas si estas no cumplían sus obligaciones internas o financieras), y lo radicaliza con lo que, en los hechos, ya funciona como el "Corolario Trump": la redefinición de todo el hemisferio occidental como esfera de influencia directa de Estados Unidos. El cambio recuerda de manera inquietante a la Doctrina Breznev, según la cual la soberanía de un país no era absoluta si sus decisiones internas amenazaban la continuidad del bloque socialista.

El nuevo "hemisferio occidental" imaginado por Trump ha conducido, incluso, al bombardeo de Irán, bajo la estrafalaria denominación de "Operación Furia Épica", luego de la cual llegó a la barbaridad de decir "que seguiría bombardeando Irán por diversión" o "una civilización entera va a morir esta noche".

Ahora, Trump amenazó con tomar control de Cuba "casi de inmediato" y trasladar el portaaviones USS Abraham Lincoln a sus costas tras "terminar el trabajo en Medio Oriente". En este contexto de desborde, nada permite descartar "futuras intervenciones" en Colombia, Nicaragua, Panamá o, incluso, en México. Es cierto que el régimen venezolano representaba una dictadura narcoterrorista de una gravedad inédita en Sudamérica. También es cierto que el régimen iraní ha cometido atrocidades que conmueven a cualquier ser humano cabal. O que la crisis humanitaria en Cuba es inimaginable. Pero Colombia, Panamá o México no son lo mismo.

E, incluso si aceptáramos que ciertas circunstancias excepcionales justifican decisiones excepcionales, lo cierto es que esas excepciones abren la puerta a consecuencias difíciles de prever. No se trata de episodios aislados. Es fácil advertir que el mundo ya no funciona bajo las reglas internacionales que imperaron hasta ahora; las normas han dejado de importar y las instituciones internacionales han dejado de arbitrar. Lo que emerge no es un nuevo orden, sino un interregno sin un orden que lo reemplace.

Antonio Caño, exdirector del diario El País de Madrid, lo plantea con claridad: "Desde el final de la Segunda Guerra Mundial vivimos en un escenario en el que el país que la ganó era al mismo tiempo la mayor potencia militar y la mayor democracia del mundo. Durante décadas, pertenecimos al bloque democrático y nos sentíamos protegidos por una fuerza superior a la de los enemigos de la democracia. Pero ese statu quo puede cambiar. De hecho, está cambiando. China es ya la mayor potencia económica y aspira a ser también pronto la mayor potencia militar. Y China no se siente en absoluto concernida por los principios democráticos. De hecho, considera que la democracia es un sistema corrupto y una degeneración burguesa que conviene sustituir por modelos más justos, equilibrados y eficaces, como el suyo"

La pregunta entonces es inevitable: ¿qué ocurrirá si, algún día, este nuevo orden internacional –en el que la ley del más fuerte reemplaza al derecho internacional– deja de estar administrado por Estados Unidos y pasa a ser dispuesto por China? ¿Cómo evitaremos que sea nuestra forma de vida la que resulte arrasada por la fuerza? ¿Y si algún día fuera China la que decidiera bombardear al resto del mundo "por diversión"; o decidiera "eliminar una civilización"? ¿Seguiríamos, entonces, de acuerdo con este nuevo orden mundial?

Quizás convenga detenerse un momento a pensar. Porque cuando la fuerza reemplaza a las reglas y desdibuja la distinción entre aliados y adversarios, la pregunta deja de ser quién tiene razón. La pregunta pasa a ser sólo sobre quién tiene el poder. Y en ese mundo, tarde o temprano, todos podemos terminar siendo Venezuela. O Irán. O Cuba. O cualquiera que quede del "lado equivocado del César contemporáneo" que detente ese poder.

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