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La visita de Donald Trump a Xi Jinping es un acontecimiento político de enorme envergadura, no solo porque se trata de los líderes de los países más poderosos del mundo en este cuarto de siglo, sino porque ambos encarnan dos culturas muy diferentes y hoy disputan, con distintas expectativas, el liderazgo mundial.
Trump es un impulsivo empresario estadounidense, quien avanza en la política evaluando mal (al menos, eso parece) las consecuencias de cada paso que va dando. Y suele despertar expectativas que luego se alcanzan a medias.
La irrupción militar en Venezuela donde fue deportado el expresidente Nicolás Maduro y su esposa, dejó ese país al mando de la misma élite que acompañaba al dictador depuesto, sin plazos para la reconstrucción de la democracia y asegurándose el control de las mayores reservas de combustibles fósiles del mundo. Sin embargo, hasta ahora, no ha caído ninguno de los supuestos narcotraficantes alineados con Maduro y, en EEUU, los esfuerzos se concentraron en perseguir inmigrantes. Fue un ataque puntual, sorpresivo y sin ocupación de territorio.
La segunda muestra de poderío militar fue la guerra desencadenada, en sociedad con Israel, para destruir todo el poderío nuclear de Irán. Es cierto; nadie ignora que se trata de un régimen agresivo, que maneja organizaciones terroristas y ataca en cualquier lugar del mundo. Trump amenazó con "destruir una civilización en una noche". Casi tres meses después, Irán sigue conservando poder de fuego y para el presidente norteamericano resulta imposible lograr un acuerdo de paz que lo deje bien parado.
En esas circunstancias, Trump llegó a Beijin en posición de inferioridad frente a un interlocutor acostumbrado a manejar los tiempos sin ansiedades y poniendo en práctica lo más fino de la sabiduría china: la diplomacia del soft power.
Con enorme prudencia, frente a la ansiedad de Trump, presionado por la necesidad de lograr apoyo para una salida elegante en Medio Oriente, Xi Jinping, definió con claridad la relación de fuerzas. Y lo hizo con una referencia histórica: "A medida que se acelera la transformación del siglo y el panorama internacional atraviesa cambios y turbulencias, el mundo ha llegado a una nueva encrucijada. ¿Pueden China y Estados Unidos superar la 'trampa de Tucídides' y establecer un nuevo paradigma para las relaciones entre grandes potencias?", dijo Xi. Elegantemente, Xi Jinping le hizo saber a su interlocutor que estaban hablando entre pares. Tucídides es el historiador de la antigua Grecia que, al analizar la guerra del Peloponeso, sostuvo que cuando aparece una potencia emergente (Atenas), el temor de la potencia dominante (Esparta), muy probablemente va a terminar en una guerra.
En su discurso, Xi instaló la idea de una fase de "estabilidad estratégica constructiva" basada en acciones conjuntas. Recalcó que "entre ambos países son más los lazos que nos unen que los intereses que nos separan. Y juntos podemos inyectar estabilidad en el mundo en este tiempo de turbulencias".
Trump se volvió sin lograr el apoyo que esperaba para salir del atolladero de Irán. También, con la certeza de que China no va a declinar nunca sus aspiraciones de unir a Taiwán. "Una insurrección separatista solo podría terminar en una guerra" advirtió al presidente de EEUU, el principal proveedor de armas a Taiwán.
El balance: el lenguaje diplomático puso freno a la prepotencia de Trump. No es seguro que el declive estadounidense sea de la dimensión que insinuó Xi. Tampoco, que China las tenga todas tan fáciles como parece.
Pero, sin duda, este encuentro entre dos potencias diferentes pero poderosas marcará un antes y un después en la historia de este siglo.