PUBLICIDAD

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
PUBLICIDAD

Crecimiento no es desarrollo social

Viernes, 22 de mayo de 2026 01:38
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

La economía argentina comienza a mostrar una paradoja cada vez más dolorosa: el país podría comenzar a crecer mientras una gran parte de su sociedad se queda fuera del sistema.

Los números de inversión impresionan. Ya existen más de US$170.000 millones en proyectos con fecha de inicio entre 2025 y 2031. El stock total de iniciativas supera incluso los US$ 440.000 millones. Si se observa la distribución sectorial de esas inversiones, rápidamente emerge el nuevo corazón económico del país: petróleo, gas, minería y energía. Sólo Oil & Gas explica el 61% de los proyectos de inversión superiores a US$100 millones. Si se suman energía y minería, el porcentaje llega a casi el 80% del total.

Pero detrás de esos números aparece otra realidad mucho menos auspiciosa. Porque los sectores que lideran el crecimiento son eficientes en términos productivos pero limitados en su capacidad de generar empleo. Son actividades intensivas en capital, automatización, energía y tecnología; no en mano de obra. Además, mientras esos sectores crecen, otra parte de la economía retrocede: PyMEs, industria, construcción, comercios y buena parte del tejido productivo urbano orientado al mercado interno. Esta es la economía en forma de "K" de la que tanto se habla: algunos sectores crecen a gran velocidad mientras otros se contraen con la misma intensidad.

Pero esta nueva "K" económica ya no es sólo sectorial, sino que comienza a ser profundamente territorial. Los datos muestran que las inversiones se concentran en regiones muy específicas. Neuquén absorbe el 51% de los proyectos de inversión de más de US$100 millones; Río Negro el 10%; San Juan y Santa Cruz el 7% cada una. El corazón de esa nueva economía se desplaza hacia Vaca Muerta, corredores mineros y energéticos y enclaves exportadores.

Mientras tanto, buena parte de los grandes conglomerados urbanos - en especial el conurbano bonaerense - pierde densidad productiva y empleo formal. Así, aparecen "tres argentinas en una": una vinculada al complejo energético del sur; otra asociada al crecimiento minero andino; y una tercera – ligada a economías urbanas, industriales y de servicios – que no recupera dinamismo. La fragmentación económica adquiere forma geográfica. El problema no es sólo cuánto crecerá el país o una provincia dada sino quién participará de ese crecimiento y quiénes no. Y eso depende, fundamentalmente, de la gestión de cada gobierno local.

"Argentina puede crecer, pero si no se integra a todos, la riqueza se convierte en una ilusión y la fractura social en realidad".

Este nuevo patrón económico está produciendo un nuevo fenómeno: el desplazamiento estructural de la pobreza y una progresiva "conurbanización" del interior. Las provincias que hoy reciben esas inversiones ya comienzan a enfrentar fuertes tensiones demográficas y sociales: migraciones internas hacia mercados laborales incapaces de absorber a la población desplazada y presión sobre la infraestructura, alquileres y servicios de esos lugares.

En toda transformación importante, nuevas tecnologías y sectores desplazan a los anteriores pero la destrucción debe estar acompañada por creación. Cuando la creación es muy débil, la reorganización económica se traduce en desigualdad social. Y cuando la nueva estructura económica deja de absorber trabajo humano a gran escala, el problema adquiere una dimensión crítica. El problema no es sólo económico, es estructural. Y Argentina no está discutiendo cómo construir el puente entre una matriz productiva que se contrae y otra que se expande. La transformación avanza más rápido que la planificación territorial, educativa y urbana necesaria para absorberla.

Crecimiento económico no es desarrollo social. La teoría del derrame se ha demostrado enormemente limitada. Un país puede aumentar sus exportaciones, recibir inversiones y mejorar indicadores macroeconómicos mientras una parte creciente de su población queda excluida del nuevo modelo. Más exportaciones no implican automáticamente más trabajo. Más productividad tampoco implica mayor integración social. Los datos lo confirman. Mientras el PBI comenzó a recuperarse, el empleo privado formal se sigue deteriorando y la inversión real se desaceleró en los últimos trimestres.

El problema no son las inversiones. Argentina necesita inversión, productividad, exportaciones y estabilidad. El problema es creer que esas variables, por sí solas, resolverán la fractura social argentina. Los sectores que hoy impulsan el crecimiento no son demandantes de mano de obra. Y las regiones donde se concentra la pobreza estructural no son las que recibirán la mayor parte del nuevo ciclo inversor. Argentina puede crecer, exportar más y recibir inversiones récord mientras acelera su fractura social y territorial. Y esta es la verdadera discusión que debe emerger. Que no se trata de elegir entre mercado o Estado, entre inversión o regulación, entre apertura o proteccionismo.

La pregunta es mucho más incómoda: cómo evitar que un modelo económicamente eficiente produzca, al mismo tiempo, una sociedad inviable. O cómo no ceder ante un modelo que naturaliza la desarticulación progresiva de toda la estructura social. Cómo evitar convertirnos en una sociedad que acepta desmoronarse en nombre de una grandeza futura ilusoria. Un país no puede enriquecerse mientras una parte tan grande de la población queda fuera del modelo que produce esa riqueza.

Porque cuando esto ocurre, el problema deja de ser económico y se hace territorial, social y político. Y, a la larga, afecta a la propia idea de Nación.

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD