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Sólo dos países en la historia lograron alcanzar el 35% de la producción industrial mundial: el Reino Unido en el siglo XIX y Estados Unidos en el siglo XX. China es el tercer país que alcanza ese porcentaje "mágico" y es probable que, para 2030, supere el 40% de la producción industrial mundial.
Sólo en 2024 construyó más buques comerciales que Estados Unidos en los últimos ochenta años; instaló casi nueve veces más robots que Estados Unidos y produce el 70 % de los drones comerciales del mundo. Es una potencia global de energía verde y domina toda su cadena de valor, desde las "tierras raras" hasta los paneles solares y vehículos eléctricos. China instala el 67% de la nueva capacidad eólica y solar del mundo, cada año; y fabrica el 60% de las turbinas eólicas del mundo. Produce el 90% de las baterías del mundo y controla más del 70% de la producción global de vehículos eléctricos. Mientras Estados Unidos continúa concentrado en servicios financieros, software y consumo; China avanza sobre la infraestructura material que sostendrá el siglo XXI.
También avanza sobre el conocimiento. El "Australian Strategic Policy Institute" publicó un informe según el cual China lidera 66 de 74 tecnologías avanzadas analizadas; Estados Unidos sólo 8. El último ranking de la revista Nature ubica a dieciséis universidades chinas entre las veinticinco instituciones de investigación más importantes del mundo. En 2025, el presupuesto chino de investigación y desarrollo alcanzó el 2,8% del PBI; superior al de toda Europa combinada.
Además, la irrupción de la empresa tecnológica DeepSeek, una avanzada en la IA, terminó de alterar otra percepción occidental: la idea de que China todavía dependía tecnológicamente de Estados Unidos. La IA china, desarrollada sobre chips inferiores a los norteamericanos, logró competir con modelos occidentales de punta y abrió otra dimensión estratégica: el "open source" (código abierto) como herramienta geopolítica. Mientras Silicon Valley protege modelos cerrados y ecosistemas propietarios, China libera arquitecturas abiertas que aceleran adopción global, especialmente en el Sur Global. Los chinos no sólo buscan competir tecnológicamente. Buscan convertir a su economía en infraestructura; en plataformas sobre las cuales otros países deban construir sus propios sistemas digitales. El objetivo no es sólo innovar. Es generar dependencia tecnológica y gravitación geopolítica.
En relaciones internacionales suele utilizarse la teoría de los juegos como una forma de anticipar estrategias y escenarios posibles. Es reduccionista pero útil como aproximación. Dentro de ese marco aparece con frecuencia la metáfora del "tablero de ajedrez geopolítico".
Pero China no piensa el mundo en términos de ajedrez. Su lógica se acerca más al Go; el juego ancestral asiático basado en ocupar espacios, rodear territorios y reducir la libertad de movimiento del adversario. Las partidas no se ganan mediante una jugada brillante, sino mediante un posicionamiento acumulativo. No se busca destruir al oponente de inmediato sino condicionarlo, limitarlo, obligarlo a retroceder hasta hacer inevitable el resultado.
Esta diferencia cultural y estratégica resulta decisiva para comprender lo que está ocurriendo. Durante décadas, buena parte de Occidente asumió que China participaba de la misma carrera tecnológica que Estados Unidos, sólo que desde más atrás. Que imitaba, copiaba y dependía todavía de tecnología occidental. Hoy comienza a quedar claro que ambas potencias juegan juegos distintos. Mientras Estados Unidos concentró gran parte de su estrategia en mantener liderazgo en innovación y "breakthroughs", China avanzó sobre algo más profundo: producción, escala, despliegue y control de insumos críticos. No sólo busca descubrir tecnologías; busca controlar los ecosistemas sobre los cuales esas tecnologías funcionan.
El propio debate estratégico norteamericano empieza a reconocerlo. Cada vez más analistas en Washington advierten que Estados Unidos pensó el poder tecnológico como una carrera hacia la próxima innovación disruptiva, mientras China construía -en silencio la capacidad industrial necesaria para transformar esas innovaciones en poder económico, militar y geopolítico. La diferencia parece sutil, pero es enorme. Porque descubrir primero una tecnología importa menos si otro país logra producirla más rápido, desplegarla a mayor escala y volver dependiente al resto del sistema internacional.
Nuevas "Esferas de Poder"
Mientras Estados Unidos se mueve con prepotencia y desconcierto y Europa sigue perdida en su impotencia intelectual, China avanza sobre las nuevas fronteras del siglo XXI: el fondo del mar, el Ártico, el espacio, las redes digitales, la robotización industrial, la Inteligencia Artificial y las finanzas globales. Las nuevas "Esferas de Poder". Y lo hace con la obstinación de quien sabe que el verdadero dominio se construye en esos espacios invisibles decisivos para la arquitectura del poder futuro; allí donde se define quién controlará los recursos críticos, las rutas comerciales, la información, las reglas tecnológicas y los mecanismos financieros. "Podemos desempeñar un papel importante en la construcción de los terrenos de juego desde el principio, de modo que podamos establecer las nuevas reglas para los nuevos juegos", dijo Xi Jinping en 2014. Detrás de esto existe un proyecto de Estado.
La minería submarina es un buen ejemplo. Desde hace décadas, China invierte en sumergibles, robots y tecnologías capaces de explotar nódulos polimetálicos ricos en níquel, manganeso y cobalto; minerales esenciales para baterías, vehículos eléctricos y sistemas digitales. Y ocupa una posición dominante en la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, el organismo encargado de regular la explotación oceánica. El océano profundo no es sólo un reservorio de recursos. También es un espacio militar y estratégico. Por allí pasan los cables submarinos que transportan información global, sensores, infraestructura dual. Controlar esos entornos significa influir sobre los ritmos del desarrollo tecnológico y militar del futuro.
Algo similar ocurre con el Ártico. El deshielo abre nuevas rutas marítimas que podrían reducir semanas de navegación entre Asia y Europa. China se preparó durante décadas mediante estudios polares, bases científicas, inversiones e infraestructura. Y cuando Rusia quedó atrapada en la guerra con Ucrania, Beijing encontró acceso privilegiado a territorios, rutas y recursos estratégicos.
El espacio constituye otra frontera crítica. La Luna y Marte dejaron de ser símbolos científicos para convertirse en futuras plataformas de poder tecnológico y político. China desarrolla estaciones espaciales, misiones robóticas y proyectos de gobernanza lunar junto con Rusia y otros socios emergentes. Quien controle la infraestructura espacial controlará también recursos, comunicaciones y reglas.
Quizás internet configure el frente más competitivo. China ya domina parte importante del mercado global de telecomunicaciones y busca algo todavía más profundo: influir sobre los protocolos y estándares que organizarán la red del futuro. No necesita imponer un modelo único; le alcanza con fragmentar el consenso occidental y construir ecosistemas alternativos.
Las finanzas completan el tablero. China no busca reemplazar al dólar sino erosionarlo. Acuerdos comerciales en renminbi (yuanes), sistemas propios de compensación y diplomacia financiera forman parte de un proceso lento pero persistente. La estrategia no consiste en destruir el orden financiero occidental sino en volverlo menos ineludible.
Occidente sigue interpretando la competencia tecnológica como una carrera lineal hacia una meta concreta. China comprende algo distinto: que el verdadero poder no depende de victorias rápidas sino de la capacidad de sostener ventajas acumulativas mientras el sistema rival se desgasta progresivamente.
Estados Unidos sigue liderando muchos de los grandes descubrimientos tecnológicos del siglo XXI. Pero China avanza sobre algo igual o más importante: la capacidad de convertir esos avances en escala industrial, integración económica y dependencia global. Por eso la mejor estrategia no consiste sólo en ser quién diseña los mejores chips, mejores modelos de IA o mejores robots sino quién controla los minerales, la energía, la manufactura, las plataformas, las redes, los estándares, las cadenas logísticas y los ecosistemas completos sobre los cuales funcionará ese mundo futuro. El poder tecnológico ya no depende sólo de innovación; depende también de quién controla los insumos sin los cuales el sistema dejaría de funcionar.
La geopolítica del siglo XXI ya no se define sólo en los territorios visibles. También se define en espacios e infraestructuras invisibles. La reciente capacidad china para utilizar restricciones sobre minerales críticos y tierras raras como herramienta de presión diplomática mostró hasta qué punto el control de cadenas materiales puede traducirse rápidamente en influencia geopolítica real.
Y quizás allí resida el verdadero desafío occidental. Porque mientras Estados Unidos continúa pensando muchas veces en términos de innovación individual y competencia de corto plazo, China parece avanzar –paciente y sistemáticamente– sobre los cimientos estructurales del próximo orden global. Como en el Go. Sin buscar el jaque mate. Pero ocupando lentamente el tablero entero hasta volver el resultado inevitable.