PUBLICIDAD

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
PUBLICIDAD

Donald Trump en China: ¿una nueva Yalta?

Domingo, 24 de mayo de 2026 01:58
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

Es probable que los historiadores del futuro sitúen la visita del presidente estadounidense Donald Trump y sus entrevistas con su colega chino, Xi Jinping, como un punto de inflexión en la política mundial, signado por la institucionalización de una suerte de "Grupo de dos" (G-2), una mesa de diálogo y negociación en la que ambas superpotencias buscaron dirimir pacíficamente sus enormes diferencias en la competencia que mantienen por el liderazgo global.

En tren de analogías puede entreverse un cierto paralelismo entre esa visita de Trump y la conferencia de Yalta que en 1943 constituyó el punto de partida para la estructuración del nuevo orden mundial, centrado en el predominio de Estados Unidos y la Unión Soviética y la distribución de sus respectivas esferas de influencia, un sistema de poder institucionalizado luego con la creación de las Naciones Unidas cuya descomposición explica el actual desorden de las relaciones internacionales.

También es probable que Trump haya tenido presente un consejo de Henry Kissinger, el mayor arquitecto de la política mundial de la segunda postguerra y protagonista en 1972, durante la presidencia de Richard Nixon, de aquel acercamiento entre Estados Unidos y la China de Mao Tse Tung que modificó el curso de la "guerra fría". En una de sus últimas intervenciones públicas, el célebre estadista puntualizó que si pudiera hacerle una recomendación al mandatario de su país le sugeriría viajar a Beijing para encontrarse con su homólogo chino y empezar el diálogo diciendo: "Señor presidente, los mayores peligros para paz mundial somos nosotros dos".

Tampoco corresponde subestimar el papel relevante que juega esa memoria histórica en el comportamiento de la dirigencia china, que hace honor a su civilización milenaria, sintetizada en las afirmaciones de Xi Jinping sobre que "las relaciones entre China y EEUU son las más importantes del mundo" y que "deberíamos ser socios, no rivales".

Xi Jinping apeló también a una feliz combinación entre la memoria y la sutileza diplomática cuando señaló que Estados Unidos y China tenían que eludir la denominada "trampa de Tucídides", explicada hace más de 2.000 años por el célebre historiador griego, quien afirmó que la guerra entre Atenas y Esparta obedeció al temor espartano a que el continuo avance de los atenienses los desplazara de su hasta entonces posición dominante.

La sutileza de Xi Jinping consistió en emplear esa analogía para explicitar que en este siglo XXI la superpotencia dominante, Estados Unidos, tenía que sofrenar la creciente tentación de confrontar militarmente con China, la actual superpotencia ascendente, empeñada hoy en coronar con éxito la estrategia que hace 45 años Deng Xiaoping, artífice de la apertura del coloso asiático, definiera como el "ascenso pacífico".

Ventajas comparativas

Existe hoy una tendencia de carácter estructural, imposible de revertir: en algún momento antes de 2050 China desplazará a EEUU como la primera potencia económica global. Las cifras son incontrastables. En 1978 el producto bruto chino era de apenas el 7% del estadounidense. Hoy es más del 66%. Estados Unidos concentra el 23% del PBI mundial y China el 16% y esa brecha se acorta año tras año.

Hace medio siglo China tenía una producción automotriz muy pequeña, con un promedio de un automóvil cada 5.000 habitantes. Actualmente produce 80.000 automóviles diarios (sumando automóviles y vehículos comerciales) frente a los 44.000 de EEUU. Esa cifra representa casi un tercio de la producción mundial. Esa expansión está fundada en la descomunal expansión de su mercado interno, pero también en el ritmo vertiginoso de incremento de sus exportaciones. En 2024 desplazó a EEUU como el mayor exportador de vehículos a América Latina.

Por esa memoria histórica milenaria que los caracteriza, para los chinos este nuevo liderazgo mundial en ciernes no representa ninguna novedad. Desde fines de la Edad Media hasta inicios del siglo XIX China era la primera potencia económica, aunque su espléndido aislamiento la tornaba políticamente irrelevante. La Primera Revolución Industrial les arrebató ese sitial a manos de Gran Bretaña, desplazada un siglo después por Estados Unidos.

En China el siglo XIX es vituperado como "el siglo de la humillación", reflejada en la ocupación por las potencias occidentales de la franja costera de su inmenso territorio, el siglo XX es visto como una etapa de recuperación y el siglo XXI está considerado como un simple regreso a la normalidad, algo que Xi Jinping califica como "el rejuvenecimiento de la nación china".

China avanza rápidamente en las industrias del conocimiento y en energías renovables. La mitad de los robots industriales del mundo, dos millones de unidades, están instalados en fábricas chinas, cinco veces más que en EEUU. Lleva asimismo una amplia ventaja en trenes de alta velocidad, con una red que supera los 50.000 kilómetros, o sea el 70% del total mundial. Encabeza también la producción de paneles solares. Produce 13 millones de vehículos eléctricos por año contra 1.700.000 de EEUU.

La contrapartida de EEUU

A pesar del atascamiento registrado en la guerra con Irán, con su impacto fuertemente negativo sobre el precio de los combustibles y el índice de inflación en Estados Unidos y del consiguiente descenso en la imagen de Trump, la bolsa de Wall Street muestra una de las alzas más elevadas de su historia. Lo más significativo del este fenómeno es que el índice Nasdaq, que mide el valor de las acciones de las empresas de alta tecnología, tuvo en las últimas semanas su mejor período desde 2020.

Amazon, Meta-Facebook, Microsoft y Alphabet-Google, que son las cuatro mayores empresas de alta tecnología, resolvieron aumentar este año en un 77% con relación a 2025 el monto de sus ya siderales inversiones destinadas a la construcción de la infraestructura necesaria para el desarrollo de la inteligencia artificial.

Coincidentemente el Pentágono firmó acuerdos con Amazon, Google, Space X (la compañía espacial de Elon Musk), Open AI (la empresa de Sam Altman que lidera los avances en materia de inteligencia artificial), para integrar sus respectivas capacidades con el sistema militar. Esta alianza entre la Casa Blanca y las principales compañías de Silicon Valley indican la configuración de un nuevo bloque de poder político orientado a impulsar una reconversión integral de la economía estadounidense.

Esa convergencia explica la impresionante comitiva empresaria que acompañó a Trump en su viaje a Beijing. La presencia de Jensen Huang, el máximo ejecutivo de Nvidia, la mayor vendedora global de microchips, cuyo valor accionario supera los cuatro billones de dólares, ilustra sobre un punto relevante del vínculo entre ambas superpotencias. Nvidia diseña los chips, pero su cadena tiene un eslabón débil: los componentes más avanzados son fabricados por TSMC la principal productora mundial de semiconductores, radicada en Taiwán.

Los chips de Nvdia está en el epicentro de las negociaciones bilaterales. Las restricciones estadounidenses a la venta de microchips a China, cuyo levantamiento está en consideración en la Casa Blanca, golpean a su industria del conocimiento. A la inversa, la amenaza de bloqueo de Beijing a Taiwán preocupa seriamente a Washington. Ese empate estratégico en un asunto clave para el desarrollo la inteligencia artificial, el eje de la Cuarta Revolución Industrial, fuerza a ambas partes a una negociación.

Así como durante la guerra fría el poderío atómico de las dos superpotencias sentó el llamado principio de la "destrucción mutua asegurada", que funcionó como factor de preservación de la paz mundial, la interdependencia estructural entre China y Estados Unidos cumple un rol semejante en el mundo de hoy. Una de las peores catástrofes posibles para Estados Unidos sería un colapso de la economía china. A la inversa, uno de los peores desastres para China sería una debacle en la economía estadounidense.

Las circunstancias obligan entonces a Estados Unidos a competir y a convivir simultáneamente, en un juego permanente de negociación y conflicto que habrá de condicionar la política mundial de las próximas décadas. Este G-2 cuyo nacimiento acordaron Trump y Xi Jinping está en la naturaleza de las cosas.

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD