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Para interpretar lo que sucede hoy en Bolivia corresponde comenzar por analizar la desastrosa situación económica heredada por el flamante gobierno de Rodrigo Paz Zamora, que forzó la puesta en marcha de un durísimo plan de ajuste que disparó las reacciones sociales que intenta capitalizar políticamente el ex presidente Evo Morales (2006-2019), judicialmente prófugo y decidido a promover el derrocamiento del primer mandatario y pergeñar su reemplazo constitucional por el vicepresidente, Edmand Lara, un ex oficial de policía con altos índices de popularidad que ya insinuó su predisposición a aceptar el convite.
En términos estructurales el país del altiplano padece el agotamiento del período de bonanza originado en la renta derivada de la producción de gas y de petróleo. En 2006, bajo el primer mandato presidencial de Morales, la ley de nacionalización de hidrocarburos permitió que el Estado retuviera el 82% de los ingresos por la explotación de gas, lo que posibilitó financiar numerosas obras públicas y programas de ayuda social, subsidiar el precio de los combustibles y acumular un récord de reservas en el Banco Central. Un símbolo emblemático del ascenso social que signó a esta etapa fue la construcción del Teleférico, un cable aéreo que permitió unir a La Paz a 3.600 metros sobre el nivel del mar con la localidad suburbana de El Alto, a 4.000 metros de altura, donde reside la población de origen indígena que viaja diariamente para trabajar en la capital. Esa obra monumental significó una mejora fundamental en la vida cotidiana de la multitud de bolivianos que hasta entonces tenían que disponer de varias horas diarias para trasladarse entre sus hogares y su lugar de empleo.
La contrapartida de ese período de fuerte expansión, que consolidó la popularidad de Morales fue que las restricciones impuestas a los ingresos de las compañías extranjeras que explotaban el combustible, combinadas con la centralización de la actividad en la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), carente de la capacidad técnica suficiente, paralizaron las inversiones privadas en exploración. El agotamiento de los pozos descubiertos en los años anteriores causó un paulatino descenso de la producción, que comenzó a desplomarse en el bienio 2014-15, a comienzos del tercer mandato de Morales.
El resultado fue el colapso del sistema energético, con el consiguiente incumplimiento de los contratos pactados con los dos principales clientes, Brasil y la Argentina, que buscaron otras fuentes de aprovisionamiento. Bolivia perdió entonces su condición de corazón energético de América del Sur, lo que quitó sustentabilidad al modelo económico y precipitó su crisis.
Sobre el final del mandato de Luis Arce (2020-2025), quien había sido el Ministro de Economía de Morales durante el periodo de prosperidad, el déficit fiscal trepó al 10% del producto bruto interno, la deuda pública llegó al 95% del PBI y las reservas del Banco Central disminuyeron a 165 millones de dólares frente a los 15.000 millones de dólares de 2014.
En ese contexto adverso estalló la crisis del Movimiento al Socialismo (MAS), disparada por la puja por la sucesión presidencial entre Arce y Morales. La confluencia entre esa descomposición del oficialismo y el descontento de la opinión pública hizo que en el balotaje las elecciones compitieran el ex presidente derechista Pablo Quiroga y Paz Pereira, un "tapado" con una imagen centrista que triunfó en la segunda vuelta con el valor agregado de la popularidad de Lara (su compañero de fórmula) y el apoyo de una franja de antiguos votantes del histórico líder indigenista.
Para graficar el viraje hacia la derecha del electorado boliviano en esa contienda vale consignar que en la primera vuelta, después de Quiroga y Paz Pereira, el tercer lugar correspondió al derechista Samuel Doria Medina, recién el cuarto puesto a Andrónico Rodríguez (un disidente del oficialismo que fue el candidato más votado de la izquierda), que alcanzó el 8,2%, seguido por el conservador Manfred Reyes Vilas, con el 7%, y por Eduardo Del Castillo, postulante oficial del MAS, con sólo el 3,2%, mientras que el voto nulo, propiciado por Morales en protesta por la inhabilitación judicial de su candidatura, llegó al 19%. En Bolivia es imposible comprender el presente sin un cabal conocimiento del pasado. Paz Pereira, nacido en Tarija y enrolado actualmente en el minúsculo Partido Demócrata Cristiano, es hijo del ex presidente Jaime Paz Zamora, también tarijeño, fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en la década del 70 y vicepresidente del mandatario izquierdista Hernán Siles Suazo entre 1982 y 1984.
Paz Zamora accedió a la primera magistratura en 1989 ungido por el Congreso, a pesar de haber salido tercero en las urnas. Fue electo mediante un salto acrobático hacia la derecha que le valió el inesperado respaldo parlamentario del general Hugo Banzer, que salió segundo en esa contienda. Banzer había sido presidente del régimen militar instaurado en 1971 y Paz Zamora lo retribuyó en 1997 con el apoyo que llevó al ex dictador a la presidencia constitucional.
El padre de Paz Pereira era, a su vez, miembro de la dinastía política iniciada por su tío segundo, Víctor Paz Estenssoro, fundador del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y jefe de la Revolución Boliviana del 1951, cuya trayectoria también experimentó un tránsito muy poco frecuente, que lo transportó desde la nacionalización de los yacimientos minerales, implementada en sus dos primeras presidencias (1952-56 y 1960-64), hasta su privatización, ejecutada durante su tercer mandato (1985-89), cuando aplicó un plan de estabilización elaborado por un equipo integrado por el economista estadounidense Jeffrey Sachs, el chileno Felipe Larrain y el argentino Martín Redrado. Paz Zamora sucedió a su tío segundo en la presidencia.
Rodrigo hace honor esa historia de pasaje desde la izquierda hacia el realismo económico. En 2016, pese a militar en la oposición al MAS, Paz Pereira tuvo una activa intervención en favor del "sí" en el referéndum para la reelección de Morales. Cuando el entonces presidente desoyó el mandato negativo de las urnas e insistió en postularse para la presidencia, volvió a alejarse del líder cocalero y engrosó las filas cada vez más nutridas de la oposición con un perfil propio, diferenciado a la vez del estatismo extremo de del MAS y de la derecha tradicional encarnada por Quiroga, quien había sido vicepresidente de Banzer.
Una vez en el poder, Paz Pereira protagonizó un giro copernicano. En el orden internacional canceló el acuerdo de cooperación en materia de seguridad con Irán suscripto por Arce y promovió el alejamiento de los BRICS con un correlativo acercamiento a Estados Unidos que incluyó el regreso a Bolivia de la DEA, expulsada por Morales.
Paralelamente, el colapso financiero del Estado forzó la adopción de un shock de medidas drásticas que supuso una eliminación de los subsidios a los combustibles y provocó un arrasador aumento del 86% en el precio de la nafta y del 163% en el gasoil, un insumo central para el transporte de pasajeros y de mercaderías. Si bien ese brutal ajuste tarifario posibilitó una fuerte baja de la inflación y una revaluación del peso boliviano, su impacto sobre el nivel de vida de la población desencadenó una oleada de protestas sociales, encabezadas por la Federación Campesina Tupac Katari, la Confederación Obrera Boliviana (COB) y los sindicatos docentes y estatales e incentivada por las proclamas incendiarias lanzadas por Morales desde su refugio en Chapare.
El bloqueo total de las carreteras de acceso a La Paz provocó un gravísimo desabastecimiento que, sumado a los pedidos de renuncia de Paz Pereira formulados por Morales, a su condición de minoría parlamentaria y a la declarada intención del vicepresidente Lara de hacerse cargo de una eventual vacancia presidencial, colocaron nuevamente a Bolivia al borde de otra de sus cíclicas crisis de gobernabilidad.
El agotamiento del ciclo del MAS abrió una oportunidad propicia para una nueva etapa política, sujeta empero a una restricción: la Bolivia anterior a Morales quedó definitivamente atrás y todo ensayo por resucitarla está condenado a tropezar con el peligro de una guerra civil. Paz Pereira recibió el mandato de construir esa alternativa superadora. Las circunstancias lo ponen hoy entre su capacidad para cumplir esa difícil misión o sucumbir.
* Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico