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Educación empieza en casa

Sabado, 30 de mayo de 2026 01:47

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En tiempos donde pareciera que toda corrección incomoda y toda autoridad molesta, resulta preocupante observar cómo algunos padres han decidido convertir a la escuela en el enemigo antes que en un aliado. Días atrás, una madre llevó un reclamo al Ministerio de Educación porque su hijo fue retado por la directora mientras jugaba con el banco durante una charla institucional, ignorando deliberadamente las palabras de quien estaba al frente del curso. El hecho, que años atrás hubiese terminado con una conversación familiar y una recomendación de respeto, hoy se transforma en denuncia, escándalo y victimización. Y allí aparece el verdadero problema.

La escuela no puede reemplazar la educación que debe venir desde la casa. Puede enseñar matemática, historia, lengua o ciencias; puede formar intelectualmente, abrir caminos, despertar vocaciones y construir pensamiento crítico. Pero el respeto, la empatía, la disciplina, los límites y la consideración por los demás comienzan mucho antes de cruzar el portón escolar. Empiezan en la mesa familiar, en el ejemplo cotidiano, en el "saludá", "escuchá cuando te hablan", "pedí permiso", "respetá a tus mayores" o "no te burles de nadie".

Cuando un niño o un adolescente, desafía a una autoridad escolar y la familia responde atacando a la institución en lugar de corregir la conducta, el mensaje que se transmite es devastador: cualquier límite puede ser cuestionado y toda figura de autoridad puede ser desacreditada. Así se erosiona lentamente la convivencia. Después nos sorprendemos de la violencia, de las agresiones entre estudiantes, del destrato permanente o de episodios trágicos que terminan con víctimas fatales, como los hechos que el país debió lamentar en Santa Fe. Pero esas conductas no nacen de un día para otro. Se incuban en pequeños actos cotidianos donde se normaliza la falta de respeto, la soberbia y la ausencia total de límites.

También es importante desterrar una idea profundamente equivocada: creer que la educación depende del dinero o del prestigio de una institución. No por asistir a colegios más caros una persona es más educada. Basta subir a un colectivo y observar a muchos jóvenes con impecables uniformes de instituciones distinguidas incapaces de ceder el asiento a un anciano, mirar con desprecio a alguien por su condición económica o burlarse del color de piel, el credo o la realidad social de otro. Eso no es educación.

Podrán tener acceso a mejores oportunidades, idiomas, tecnología o contactos. Podrán vestir ropa costosa y pertenecer a sectores privilegiados. Pero si humillan, discriminan o desprecian, solo exhiben pobreza humana. Y esa carencia no se corrige con cuotas escolares ni con escudos bordados en un blazer.

Resulta doloroso ver cómo algunos jóvenes representan a instituciones educativas o clubes deportivos locales mientras protagonizan actos de soberbia, violencia o discriminación. Porque un uniforme no solo identifica una pertenencia: también representa valores. Y cuando esos valores no aparecen en las conductas, el uniforme pierde sentido y se convierte apenas en una tela cara. La sociedad atraviesa una crisis profunda de autoridad y de responsabilidad familiar. Muchos padres delegan la formación de sus hijos en docentes exhaustos que, además de enseñar contenidos, deben contener emocionalmente, mediar conflictos, suplir ausencias afectivas y soportar cuestionamientos permanentes.

Educar no es consentir todo. Amar no es justificar cualquier acción de un hijo. A veces, el acto más amoroso es poner límites, enseñar respeto y aceptar que una autoridad escolar también tiene derecho y obligación de corregir.

Porque si cada llamado de atención termina en una denuncia, si cada reto se interpreta como violencia y si cada adulto que intenta ordenar es atacado públicamente, terminaremos criando generaciones incapaces de tolerar normas. La casa educa. La escuela lo complementa. Y cuando el hogar renuncia a esa responsabilidad, ninguna institución podrá llenar completamente ese vacío.

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