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Geología social y urbana de la ciudad de Salta

El paisaje del Valle de Lerma era muy diferente a la llegada de los españoles. Sus ríos, sus cerros y su suelo hicieron posible la construcción de la ciudad. Los nuevos pobladores aprovecharon sus recursos y debieron soportar los mosquitos y las pestes.
Lunes, 04 de mayo de 2026 01:17

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La alguna vez llamada ciudad de Lerma en el Valle de Salta, hoy ciudad de Salta en el Valle de Lerma, acaba de cumplir 444 años de vida. Fue fundada en 1582, durante la "Pequeña Edad de Hielo", en un ambiente pantanoso y frío. Se eligió para su fundación el espacio que mediaba entre dos ríos de montaña que drenaban de oeste a este y que hoy son el río Vaqueros por el norte y el río Arenales por el sur.

El valle es en sí una fosa tectónica asimétrica, limitada por dos bloques montañosos con alturas diferenciales, siendo el oriental de menos de 2.000 m sobre el nivel del mar, mientras que el occidental se eleva por encima de los 5.000 m sobre el nivel del mar. La fosa está inclinada de oeste a este y de norte a sur tal como lo demuestra el drenaje interior del valle y se ubica a 1.200 msnm entre el Valle Calchaquí al occidente y el Valle de Cianca al oriente.

La altura de las montañas de occidente, las "Cordilleras del Poniente" como les llamaban los antiguos salteños, genera fuertes pendientes y gran erosión y movimiento de materiales que son transportados por los ríos, verdaderos torrentes de montaña, que van lentamente sepultando el valle con sus sedimentos aluviales y fluviales. Durante el Pleistoceno hubo un gran lago en el interior del valle y por sus orillas se paseaban los mamíferos de la "Edad de Hielo" como megaterios, mastodontes, toxodontes y gliptodontes, entre otros representantes de la megafauna. La rotura de ese lago obligó a la reorganización fluvial del valle y hoy la parte norte de la ciudad pertenece a la Alta Cuenca del Río Bermejo (ACRB) mientras que la parte sur lo hace hacia la Alta Cuenca del Río Juramento (ACRJ).

Las montañas del oeste estuvieron fuertemente glaciadas y en las altas cumbres aún se advierten las cicatrices de los viejos hielos. Hielos que precisamente eran bajados de las montañas a lomo de burro en la época en que Salta no contaba con heladeras.

El valle, hace 450 años

El Valle de Lerma a la llegada de los españoles lucía bastante distinto a lo que es actualmente. El piso del valle estaba cubierto por charcos, lagunas y pantanos, muchos de ellos conectados por tagaretes. Esos cuerpos de agua estaban infestados por mosquitos. No hay viajero que no se queje de haber contraído las fiebres tercianas, chucho, malaria y otras formas con que nombran a las enfermedades palúdicas. Había mucha más agua en el sistema hídrico superficial. Manchones de bosques achaparrados cubrían la región. La flora y la fauna eran más abundantes con muchos animales de caza, hoy casi desaparecidos.

La ciudad se fue construyendo con los áridos prestados desde los ríos vecinos, las rocas y lajas de los cerros cercanos, la cal quemada en hornos rústicos de las calizas de esos mismos cerros, los adobes y ladrillos con las arcillas del suelo; así, poco a poco, se fue levantando una urbe que avanzó a lo largo y ancho del valle.

Y no solamente avanzó cubriendo los viejos tagaretes, tapando esas charcas y lagunas, arrinconando y sorteando ríos, sino también subiendo lentamente por las laderas de las serranías. La topografía de la ciudad, con altos y bajos, se hace evidente cuando se inunda en época de lluvias. Se construyó en zonas estables e inestables, de bajas y altas pendientes, sobre roca firme o materiales sueltos.

Las lajas del Cerro

El cerro San Bernardo fue un dador involuntario de parte de su anatomía para la construcción de la vieja ciudad. Grandes canteras en el cerro proveyeron lajas para las veredas y listones para los cordones cuneta del centro de la ciudad. Sus rocas fosilíferas marinas adornan muchas paredes del microcentro y es común encontrar conchillas de braquiópodos, trazas de trilobites (cruzianas) y hasta dendritas de manganeso, que la gente confunde con helechos fósiles y que son un bello ejemplo inorgánico de la geometría fractal.

Las lajas tienen un valor extraordinario en el marco del patrimonio natural y cultural pero lamentablemente están siendo reemplazadas por baldosas y adoquines de cemento. Antes de la llegada del gas natural a la ciudad, el cerro San Bernardo fue el gran proveedor de leña y de allí bajaban diariamente los burritos leñateros. Hay postales de las primeras décadas del siglo XX donde se ve el cerro como una bola rocosa pelada. Actualmente ha recuperado gran parte de su esplendor y es un pulmón natural que oxigena el aire de la ciudad.

Las aguas de consumo se obtenían primero de los ríos vecinos y de manantiales naturales, algunos de ellos en pleno centro de la ciudad. Luego la sacaron de pozos criollos con aljibes que obtenían el agua dulce del acuífero libre. Y más tarde de miles de pozos profundos en acuíferos confinados. Así como las aguas estancadas disparaban el paludismo, las aguas contaminadas produjeron la gran mortandad de cólera en la década de 1880.

El cementerio de la Santa Cruz registra una fosa común con los muertos de cólera en aquella época. Los tagaretes discurrían lentamente sobre el piso arcilloso del valle y eso generaba estancamiento de las aguas y la acumulación de todo tipo de residuos. La ciudad colonial era bonita en superficie, pero inmunda en sus muladares tal como la describen varios viajeros decimonónicos.

La mejor prueba de contaminación es que los berros, antes muy abundantes, han desaparecido. Los berros son considerados indicadores biológicos ambientales de aguas limpias, cristalinas y de buena calidad.

El suelo del valle cambia bastante en la calidad y propiedad de sus arcillas en un todo de acuerdo con el aporte sedimentario de las montañas. El sector norte de la ciudad tiene arcillas rojizas que provienen de las rocas terciarias de la sierra de Vaqueros, mientras que al sur dominan las arcillas negras. Las rojizas son de naturaleza expansiva y se hinchan con agua en el verano y se deshinchan en invierno. Las arcillas negras carecen de esa propiedad. Dicha diferencia hace que las construcciones y las carpetas asfálticas reaccionen de distinta manera. Hay otras arcillas con características tixotrópicas o que se levigan generando fenómenos pseudo-kársticos.

La distribución de suelos y subsuelos arcillosos tiene connotaciones no solo en la construcción de rutas, puentes, edificios y otras obras civiles, sino también por sus comportamientos diferenciales ante la sismicidad. La expansión demográfica lleva a que se construya en cotas cada vez más altas, en laderas inestables, por debajo de la línea de ribera en los ríos, en zonas de rellenos naturales o urbanos, en suelos productivos ricos que se desafectan de la agricultura o en terrenos inundables que se venden con ese vicio oculto incluido.

El agua siempre es una bendición salvo cuando brota en el interior de una casa como ocurre en algunas urbanizaciones y loteos mal ejecutados. Y peor aún si esa agua está contaminada. Lo cual es común por la ausencia en muchos lugares de cloacas que se remplazan con pozos ciegos. Así como la proliferación de basurales y microbasurales al aire libre.

Los basurales de hoy

En la década de 1980 visitó Salta el Dr. William J. Wayne (1922-2019), profesor de la Universidad de Nebraska, en Lincoln, experto norteamericano en geología social y urbana. En lo primero que se interesó fue en el basural mayor de la ciudad, la filtración de las aguas, la dirección de los vientos y alertó sobre la posibilidad de que dichos basurales puedan explotar por la acumulación interna de metano. Él había estudiado casos en Estados Unidos donde la explosión de basurales cubrió de inmundicia a las ciudades vecinas. O se incendiaron durando años su combustión.

Se interesó también en todos los temas que hemos señalado anteriormente sumando a ello el llamado "riesgo geológico", especialmente lo referente a las arcillas y el tema de las laderas donde podían dispararse deslizamientos de tierras en caso de sismos o por la combinación de sismos con temporadas de lluvias donde el agua lubrica y debilita el suelo y el subsuelo.

La temática del riesgo geológico en las ciudades es amplísima y tiene que ver con deslizamientos de laderas, colmatación de cauces, remoción en masa, inundaciones, desvíos de cauces y erosión lateral, cambios de nivel de base, ascenso y descenso del nivel freático, licuefacción de arcillas, entre otros asuntos.

Es importante señalar que los ríos de la región están en agradación y las cuencas aportan mucho más material que el que ellos pueden evacuar. Eso los vuelve obesos. Y esa "obesidad" afecta obras civiles y terrenos vecinos dando lugar a inundaciones y otras consecuencias. De allí la importancia de la extracción permanente de los áridos a través de una minería responsable.

Muchos de los puntos analizados han sido tratados en mi libro de 2015: "Geología Social y Urbana: Reflexiones geológicas y geográficas en torno a lo antrópico, económico, climático y ambiental". Prólogos Dr. José Sellés Martínez y Dr. William J. Wayne. Mundo Gráfico, 168 p., Salta. El tema, lejos de agotarse, sigue siendo una cantera de asuntos para investigar. Preguntas sobre cuánto pesa hoy la ciudad de Salta, subsidencia asociada, fallas generadoras de sismos, neotectónica, estabilidad de laderas, conformación geológica del suelo y del subsuelo, son algunos de las múltiples cuestiones que hacen al estudio del origen y evolución geológica y urbana del Valle de Lerma.

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