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Armas en las escuelas: manifestación de una violencia social en construcción

Amenazas de tiroteos, alumnos que ingresan armados y una cultura que banaliza la violencia; síntoma de una sociedad que degradó el respeto, naturalizó el conflicto y aún no logró consolidar una democracia que contenga y eduque.
Martes, 05 de mayo de 2026 01:10
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Vivimos en un mundo globalizado. Es una expresión que repetimos con naturalidad, pero que en los últimos años dejó de ser una idea abstracta para convertirse en una experiencia concreta. La sentimos en las redes sociales, en la inmediatez de la comunicación y, de manera dramática, durante la pandemia, cuando un virus apareció en un punto del planeta y, en cuestión de poco tiempo, se expandió hasta alcanzar a toda la humanidad.

Hoy ese mismo patrón parece repetirse bajo otra forma. No se trata de un virus biológico, sino social. Una nueva pandemia comienza a manifestarse, la violencia en las escuelas. En Estados Unidos los tiroteos en establecimientos educativos generaron una conmoción mundial, sin embargo, los percibimos con una sensación de distancia, ocurrían allá. Nos impactaban, pero no nos involucraban. Esa distancia ya no existe. El asesinato de un alumno en la localidad santafesina de San Nicolás fue un golpe al corazón. Como si ese crimen hubiera sido un detonante, las amenazas se hicieron presentes en nuestro país mediante mensajes que anuncian tiroteos y en algunos casos, con jóvenes que ingresaron armados a las instituciones educativas. Lo que parecía ajeno, hoy es cercano. Lo que era excepcional, empieza a adquirir rasgos de patrón.

La velocidad con la que esto ocurre sorprende. Y esa sorpresa deja al descubierto algo más profundo, y es que no estaríamos preparados. Pero aún más inquietante es que pareciera que tampoco terminamos de comprender qué está pasando. Por eso, es fundamental tener presente que la violencia no aparece de un día para el otro. Se construye.

Una historia que no cierra

Para entender este presente, es necesario mirar hacia atrás. Argentina tiene una historia reciente marcada por la violencia. La dictadura militar dejó una herida profunda, con desapariciones, persecuciones, miedo, y ruptura del tejido social. La recuperación democrática fue, en ese contexto, un acto de reconstrucción colectiva.

Los juicios a las juntas y la contundente frase del fiscal Julio César Strassera, "Nunca Más", parecían marcar un punto de partida para una democracia que emergía como un valor, y no como un procedimiento. Hubo un momento en que fuimos un pueblo con educación, y que ese espíritu se expresó con claridad, recordemos a Ricardo Balbín despidiendo a Juan Domingo Perón con una frase: "El viejo adversario viene a despedir a un amigo". Antonio Cafiero reconociendo la figura de Raúl Alfonsín. Existían diferencias profundas, pero había una idea compartida: el otro no era un enemigo para destruir, sino un adversario con quien disputar el rumbo del país. Ese equilibrio, con el paso del tiempo, comenzó a perderse.

En las últimas décadas, la política argentina retomó una lógica más confrontativa. La idea de adversario fue reemplazada, en muchos casos, por la de enemigo. El discurso se endureció, la descalificación se volvió habitual y el conflicto dejó de ser una herramienta para convertirse en un fin en sí mismo. Este cambio tiene consecuencias concretas. Organizar la política en términos de "nosotros contra ellos", genera que la sociedad absorba esa lógica y la discusión se vuelva más emocional que racional. Que la identidad pese más que los argumentos y se genere un clima que no queda encapsulado en la dirigencia, sino que se filtra hacia abajo.

Lo vimos recientemente en el Congreso, durante la apertura de sesiones. Un acto que debería expresar institucionalidad, rendición de cuentas y proyección de futuro, terminó adoptando rasgos de escenario de campaña mediante interrupciones y agresiones verbales. El respeto, elemento básico de cualquier convivencia democrática, quedó en segundo plano, y el mensaje transmitido fue claro: todo vale.

Estetización de la violencia

A este escenario, de violencia política, se le suma el fenómeno de las redes sociales. Que amplifican la información y moldean conductas. En ese ecosistema, la violencia encuentra un canal de expansión inédito.

Un informe del Ministerio Público Fiscal advierte sobre la consolidación de una subcultura digital denominada "True Crime Community" (TCC), en la que jóvenes consumen y reinterpretan crímenes reales.

El fenómeno presenta rasgos preocupantes:

La figura del agresor adquiere centralidad.

Se construyen relatos que lo vuelven atractivo.

Se genera una estética de la violencia.

Se produce un efecto de imitación.

Lo más inquietante es que no se trata de una ideología tradicional. Tampoco hay un proyecto político detrás. La violencia se vuelve un lenguaje, una forma de expresión, incluso un modo de reconocimiento. En ese contexto, las amenazas en las escuelas dejan de ser simples bromas, se constituye una dinámica donde la violencia se ensaya primero como discurso, luego como posibilidad y, en algunos casos, como acción.

El virus entra por la grieta

Una democracia debilitada deja grietas por donde se filtra el "virus" de la violencia. Entra por lo pequeño, por aquello que empieza siendo una excepción y termina naturalizándose, una norma que no se cumple, un control que no se ejerce, una falta que nadie corrige. Esa repetición va moldeando una indiferencia que se vuelve hábito y deja de importar. A partir de ahí, la violencia crece, se organiza, se legitima y termina ocupando espacios que antes estaban sostenidos por la ley y los valores.

En ese mismo proceso, también se distorsionan las prioridades. Se sobredimensiona el espectáculo, se exaltan ciertos logros, como los deportivos, valiosos sin duda, mientras pasan casi inadvertidos hitos que hablan de otro tipo de grandeza. Hace pocos días, un microsatélite argentino, Atenea, logró establecer comunicación desde más de 70 mil kilómetros en condiciones extremas del espacio profundo, en el marco de la misión Artemis II. De más de sesenta países postulados, sólo cuatro fueron seleccionados, y de los dispositivos enviados, apenas dos lograron comunicarse con éxito. Uno de ellos fue argentino. Ese hecho expresa el nivel de nuestra capacidad científica, el potencial de nuestro capital humano y la posibilidad concreta de construir un país basado en el conocimiento, que debería ser una política que garantice igualdad en el acceso a la educación de alta calidad, a la ciencia y a las oportunidades en todo el territorio. No hay progreso sostenible sin capital humano de calidad generado por personas formadas en el conocimiento, entrenadas para aplicarlo y sostenidas en valores. En definitiva, saber, saber hacer y saber ser.

Las escuelas deberían ser el espacio donde se cultiven y se visibilicen estos logros, donde hechos como el desarrollo del satélite Atenea, y tantos otros en la ciencia, la tecnología, la cultura o la producción, se transformen en fuente de inspiración cotidiana. Allí debería construirse el orgullo por el conocimiento, por el esfuerzo y por la capacidad de crear. Un horizonte para los jóvenes cargado de sentido, desafíos y referencias valiosas fortalece a la sociedad desde su base.

Política con lenguaje agresivo, redes sociales sin control, una democracia debilitada y la ausencia de incentivos adecuados configuran un escenario donde la violencia encuentra terreno fértil, la violencia en las escuelas responde a esa lógica. No aparece de manera espontánea. Se instala en una sociedad donde el respeto se erosiona, el diálogo se debilita y la violencia se vuelve parte del paisaje. El límite se corre lo suficiente y lo que antes parecía impensable comienza a ser posible.

La escuela es el reflejo de la sociedad. Allí se condensan valores, tensiones y conflictos. Por eso, si la violencia aparece en ese ámbito, el problema es educativo y social. Habla de una sociedad que no logró consolidar plenamente su cultura democrática, naturalizando el enfrentamiento agresivo y que no pudo controlar adecuadamente el impacto de la cultura digital en los jóvenes.

Lo que está ocurriendo en las escuelas es una señal de alerta sobre un fenómeno que empieza a mostrar regularidad, y eso lo vuelve más preocupante. Pero también puede ser una oportunidad para revisar qué estamos construyendo y qué valores estamos transmitiendo como sociedad. ¿Queremos seguir profundizando la lógica del enfrentamiento o recuperar la del diálogo?

El problema que hoy se expresa en el arma dentro de la escuela es la manifestación visible de algo más profundo sobre el lenguaje que usamos, de la cultura que sostenemos, de la política que practicamos y de la indiferencia que fuimos naturalizando.

El desafío de fondo 

Enfrentar esta realidad exige reconstruir el entramado social que hace posible la convivencia. Implica fortalecer las instituciones, recuperar el valor de la palabra y reinstalar el respeto como base. Necesitamos asumir que la democracia se sostiene en el cumplimiento de la ley, en la confianza institucional, en valores ciudadanos sólidos y en la responsabilidad colectiva. En ese camino, debemos tomar conciencia que la escuela es el crisol donde además de enseñar contenidos, forma ciudadanos y define cómo entenderán la ley, el respeto y la convivencia democrática.

Si no cuidamos esa base, la violencia crece, se vuelve habitual y deja de sorprendernos. Y en ese punto, deja de ser algo ajeno para pasar a formar parte del país que estamos construyendo.

* Héctor Iván Rodríguez es Ingeniero industrial, Máster en comunicaciones sociales y doctor en Estadística

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