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De Cuba a Nicaragua; con o sin escalas

Jueves, 07 de mayo de 2026 01:32

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Durante años, una gran parte del debate político argentino giró en torno a una advertencia tan repetida como efectiva: el riesgo de convertirnos en Cuba haciendo escala en Venezuela. La imagen era clara, casi pedagógica. Un proceso de degradación progresiva que comenzaba con el deterioro institucional continuaba con un colapso económico y terminaba en un régimen cerrado, autoritario y sin libertades básicas.

Ese diagnóstico –exagerado para algunos, evidente para otros– funcionó como límite político. Era el Rubicón que no debía ser cruzado. Y una gran parte de la población votó contra ese camino.

Pero los procesos políticos no siempre avanzan en línea recta. A veces, sólo cambian de dirección y, luego de una vuelta muy larga, arriban al mismo destino. Porque si el kirchnerismo nos llevaba a Cuba, haciendo escala en Venezuela; el mileísmo parece querer llevarnos a Nicaragua, con escala en El Salvador.

Por desgracia, no es una metáfora. La decisión de cerrar la sala de periodistas de la Casa Rosada –una medida inédita desde el retorno a la democracia cuya reciente reapertura no los redime del pecado original– no es un hecho aislado. Es un punto de inflexión desde el cual el vínculo entre el poder político y la prensa dejó de ser conflictivo para pasar a ser hostil.

La escalada venía en aumento, pero, a partir de ese momento, tanto en discursos públicos, entrevistas, como, sobre todo, en redes sociales, el presidente multiplicó sus ataques a periodistas. Luciana Geuna fue acusada de "delincuente" y convertida en blanco de una denuncia penal. Romina Manguel fue calificada de la "imbécil del Telepase". Joaquín Morales Solá fue señalado como "basura inmunda". Y la lista sigue.

No es un detalle. No es una cuestión de formas. Es una definición de cómo se comienza a ejercer el poder en Argentina. Ya no se trata de atacar al periodismo en general, sino de redefinir su lugar: de actor incómodo –pero necesario– a enemigo que debe ser ridiculizado, vilipendiado, amenazado y disciplinado.

"El problema no es el conflicto. No la crítica hacia la prensa. El problema es cuando el juego deja de ser tal y se convierte en un método violento".

Una redefinición que no queda sólo en gestos. Se vuelve método. Y no son exabruptos aislados sino una estrategia de comunicación y, de nuevo, una nueva forma de ejercicio del poder. "Basuras inmundas", "basuras repugnantes", "corruptos", "delincuentes", "ensobrados", "chorros". Decenas de insultos acompañados por el acrónimo que es consigna: "No odiamos lo suficiente a los periodistas"; NOL$ALP.

El problema no es el insulto; el insulto siempre dice más de quien lo profiere que de la persona aludida. El problema es su función. Porque cuando el poder degrada el lenguaje lo que erosiona no es la imagen de los periodistas sino la posibilidad de construir un espacio público común y una verdad compartida. Además, el insulto degrada al presidente y a la investidura presidencial, por demás vapuleada. Al final del camino, degrada a la democracia.

El episodio en el Congreso cierra el ciclo. Lo que debía ser una sesión institucional –la rendición de cuentas del jefe de Gabinete ante el Congreso–, se convirtió en un espectáculo circense –de todas las fuerzas políticas en el recinto– en el que el gobierno hipotecó su credibilidad política buscando blindar Manuel Adorni. Tras el evento y ante preguntas de periodistas la respuesta no fue política, fue personal: "corruptos son ustedes", "¡chorros!", gritó el presidente de la Nación.

Y justamente esa es la lógica que importa. Porque ese vínculo con la prensa no es nuevo. Tiene antecedentes claros. No en lugares donde incluso líderes confrontativos y polémicos mantienen reglas básicas de interacción y convivencia. Se parece más a otra cosa; comienza a parecerse a El Salvador donde el gobierno fue cerrando progresivamente los espacios al periodismo hasta convertirlo en un actor marginal y forzado al exilio. Y podría llegar a parecerse a Nicaragua, donde el periodismo dejó de existir como práctica independiente.

Ya no es una cuestión ideológica. Es método. Porque estos procesos –cuando arrancan– nunca comienzan con la censura explícita sino con una deslegitimación progresiva. Con una lenta construcción del enemigo. Con la instalación de la idea de que el periodismo no informa, sino que conspira. Que "opera" y complota para derrocarlo. Y, a partir de allí, todo es posible. Lo que hoy es un insulto será, mañana, una restricción que, naturalizada, podría convertirse en una exclusión definitiva.

Ese es el problema. No el conflicto. No la tensión. No la crítica –incluso la más dura– hacia la prensa. Eso forma parte del juego democrático. El problema es cuando el juego deja de ser tal y se convierte en un método violento. Porque cuando el poder decide que no necesita ser interpelado, lo que desaparece no es la prensa. Es el límite. Y sin límite, el poder cambia su naturaleza.

Durante años discutimos si el riesgo era o no terminar en Cuba. Si el camino nos llevaba –o no– por Venezuela. Hoy la discusión no es menos grave, ni menos seria. Es casi la misma. No vamos a Cuba, pero podríamos estar comenzando a rumbear hacia Nicaragua.

Y el problema no es el punto de partida o el de llegada. El problema es el camino que estamos comenzando a recorrer, mientras los aplaudidores y obsecuentes de siempre vitorean y trinan festejando sólo haber quedado "del lado correcto del poder"… y de las ganancias.

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