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Un sistema sin reflejos

Miércoles, 10 de junio de 2026 02:54

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Los criminales muestran una enorme capacidad para detectar los sitios vulnerables donde captar a sus víctimas. Pero los sistemas de seguridad del país todavía no han mostrado la misma capacidad de reacción frente a la violencia de género en todas sus modalidades. Los femicidios son previsibles, porque los femicidas y sus víctimas dan señales. Algunas, más perceptibles que otras.

En Salta, está muy vivo y lacerante en la memoria el asesinato de Natalia Cruz, de Campo Quijano, a manos de su expareja, Daniel Serapio, en febrero último. El criminal, que fue detenido 11 días después en una cueva de los cerros de Tastil, venía siendo denunciado por Natalia desde cinco años antes. El mismo día del crimen, ella se había presentado en la comisaría a solicitar la custodia policial ordenada por un juez, porque sabía que el peligro era inminente.

Cuesta creer que todo se haga tan fácil para un maniático violento, obsesionado con su exmujer. Obsesionado con matarla.

Las fuerzas de seguridad, los funcionarios y magistrados, y también los organismos aplicados a la prevención en situaciones sociales críticas deberían estar muy atentos a los casos de vulnerabilidad pasibles de sufrir violencia. Porque la prevención es clave.

En estos días, el asesinato y descuartizamiento de Agostina Vega, en Córdoba, es un ejemplo sórdido de cómo los criminales llegan antes que los fiscales y policías a los núcleos vulnerables.

Agostina tenía 14 años. Ya había sufrido abuso (no denunciado) por un joven de 18 años, Franco, quien ese fin de semana estaba preso, por otras razones.

Claudio Barrelier, un típico manipulador, barrabrava, ñoquis de la municipalidad de Córdoba protegido por el exconcejal peronista, sindicalista y abogado Ricardo Moreno, mantenía una relación compleja con su expareja, Melisa Heredia, la madre de Agostina. El día de la desaparición, madre e hija habían estado con él en una reunión. Poco después, Agostina le pidió a Melisa el teléfono de Barrelier. La adolescente tomó un remise para encontrarse con él. Cuando Melisa llamó al hombre para saber dónde estaba su hija, en la madrugada, le creyó cuando este le dijo que se había ido con un amigo. Y por eso no lo mencionó en su primera denuncia.

La maniobra muestra a Barrelier como un paradigma del delincuente perverso y sin escrúpulos. Un manipulador de personas vulnerables, como Melisa y Agostina.

Melisa sabía que, un año antes, su expareja había estado preso veinte días por haber secuestrado y maniatado a una mujer, que escapó desnuda mientras Barrelier trataba de comunicarse con personas con las que intentaba hacer un negocio sexual. La víctima aseguró que el hombre estaba armado. Ni la policía, ni el fiscal, ni la madre de Agostina le creyeron, a pesar de que las evidencias eran contundentes.

Probablemente, las influencias de su abogado, el concejal Moreno, le permitieron salir bajo fianza y seguir cobrando el sueldo municipal sin que nadie se diera por enterado de lo ocurrido.

A pesar de sus antecedentes, el criminal tuvo tiempo de descuartizar a Agostina, retener los restos en una casa habitada por muchas otras personas, llevarlos hasta un descampado donde los enterró en el auto de Soledad Andreani. Ella trabajaba en el club nocturno "Wachitas Bar". Barrelier, a pesar de sus antecedentes, la demora en el allanamiento facilitó que la casa y el auto fueran lavados reiteradas veces.

¿Hubo complicidad de los fiscales? ¿Hubo sometimiento?

Puede ser. Lo cierto es que los femicidios de Natalia Cruz y Agostina Vega muestran la falta de solidez de los poderes del Estado para proteger a las mujeres, y en general, a todas las personas vulnerables, anticipándose a los agresores.

Los femicidas cuentan, demasiadas veces, con la indiferencia o la negligencia de policías y fiscales ante denuncias ante las que no deberían dejar que las dudas sean más fuertes que el derecho de los débiles. Por eso llegan tarde.

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