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En cuatro oportunidades Argentina se quedó sin participar en un Mundial de fútbol. Solo una fue por no clasificar: México 1970, cuando fue desplazada por Bolivia y Perú. Esa también fue la última vez. En las ocasiones anteriores (1938, 1950 y 1954), la ausencia obedeció a decisiones de la propia Asociación del Fútbol Argentino (AFA).
En 1938, la AFA decidió no presentar a la Selección en la Copa del Mundo de Francia como forma de boicot, ya que la FIFA incumplió la promesa de alternar las sedes entre América y Europa, eligiendo a Francia en lugar de Argentina para organizar el torneo. El presidente de la FIFA era entonces (¡y durante 33 años!) el abogado francés Jules Rimet. Como consecuencia, una de las camadas más talentosas de la historia del fútbol argentino se quedó sin disputar el certamen. Ese mismo equipo ganaría consecutivamente los Sudamericanos de 1945, 1946 y 1947.
Rimet deshizo su promesa principalmente por razones geopolíticas: el deporte era un instrumento de propaganda para demostrar el poderío de las naciones. Los otros grandes actores europeos eran Italia y Alemania. La gangrena silenciosa del fascismo comenzaba a expandirse, anticipando la guerra. Los jugadores italianos recibieron un telegrama de Mussolini antes de la final que decía algo así como: "Vencer o morir". No era una metáfora. Vencieron. Por suerte.
La AFA se arrepintió y solicitó tardíamente ser incluida. La FIFA rechazó airadamente la pretensión de los "boicoteadores".
La ausencia argentina en los Mundiales de Brasil 1950 y Suiza 1954 se vio sazonada por otros condimentos.
En octubre de 1948, con Juan Domingo Perón como presidente, los jugadores declararon una huelga de enorme relevancia para el futuro del fútbol argentino. El conflicto se inscribía en un clima social más amplio: reclamaban mejoras salariales, mayor flexibilidad contractual y, en definitiva, acceder a las conquistas laborales que otros trabajadores ya habían logrado. Exigían, además, la libertad de contratación una vez cumplido el vínculo y el reconocimiento de Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA).
La FAA dispuso un paro simbólico de un minuto para los partidos del 30 y 31 de octubre de 1948. La AFA amenazó con suspender el campeonato si se concretaba la medida… Los jugadores cumplieron, y la AFA suspendió las fechas. La huelga formal se declaró el 10 de noviembre, y la AFA decidió continuar el torneo con equipos de Tercera División. El conflicto se extendió hasta el 26 de abril de 1949.
La huelga triunfó, pero no pudo evitar que casi un centenar de los mejores jugadores emigraran, en su mayoría a Colombia —entonces no afiliada a la FIFA—, atraídos por salarios muy superiores. En 1949 jugaban allí 57 argentinos: Adolfo Pedernera, Alfredo Di Stéfano, Pipo Rossi, Antonio Sastre, René Pontoni, Julio Cozzi, entre otros.
Con este drenaje de talento, Perón no podía permitirse una humillación deportiva, siendo el deporte uno de los pilares simbólicos de su política. A ello se sumaron conflictos políticos y deportivos con el país organizador, Brasil, lo que llevó a desistir de la participación en el Mundial de 1950.
Fue un gran torneo que culminó con el "Maracanazo", cuando Uruguay derrotó a la "Verdeamarela".
La dimensión de la oportunidad perdida se comprende mejor al recordar que Argentina venía de ganar en forma invicta los Sudamericanos de 1945, 1946 y 1947, y que incluso se ausentó del torneo de 1949 por disputarse en Brasil. La sensación se amplifica al mencionar los nombres: la delantera de La Máquina (Muñoz, Moreno, Labruna, Pedernera, Loustau), el trío Farro–Pontoni–Martino, el propio Di Stéfano, Tucho Méndez y tantos otros.
Fue una época oscura para el fútbol argentino, con escasa participación internacional. Sin embargo, en 1953 se produjo uno de los pocos hitos del período: la victoria 3-1 ante Inglaterra en Buenos Aires. El impacto fue tal que durante 60 años el 14 de mayo se celebró el Día del Futbolista (hasta que en 2020 la AFA lo trasladó al 22 de junio por el "gol del siglo" de Diego Maradona, también contra los ingleses).
La ausencia en el Mundial de 1954 no tiene una explicación única, pero sí un hilo conductor. Para entonces, la selección ya se había recompuesto y contaba con un equipo altamente competitivo (con nombres como Amadeo Carrizo, Néstor Rossi —si regresaba—, Ángel Labruna, Félix Loustau, Ernesto Grillo u Omar Sívori), en condiciones de competir incluso con las poderosas Alemanias y Hungría (que se quedaron con la Copa y las medallas). Sin embargo, Argentina no participó por una suma de viejas heridas: conflictos con federaciones americanas (por la cuestión de los jugadores emigrados) y con las europeas (arrastrados desde 1938). En definitiva, no quiso integrarse plenamente al sistema internacional de la FIFA en ese momento.
Quizás allí esté la clave de todo: Argentina no quedó afuera del mundo por falta de fútbol, sino por exceso de conflictos. Mientras en la cancha tenía con qué disputar cualquier título, fuera de ella acumuló decisiones, orgullos y tensiones que la alejaron de los escenarios donde ese talento debía medirse. Y el fútbol, como la historia, no espera.