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Anarquía de mercado; una amoralidad

Jueves, 11 de junio de 2026 02:10
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Cada cierto tiempo aparece una idea que, de tan radical, obliga a preguntarse si estamos frente a una nueva teoría económica, una propuesta política o frente a una concepción distinta del ser humano. La llamada "anarquía de mercado", formulada por Robert P. Murphy –y seguida con fervor por Javier Milei–, no pertenece a ninguna de estas categorías y sólo constituye una nueva forma de perversión. De amoralidad.

Presentada como la culminación lógica de la libertad individual, imagina una sociedad donde el Estado desaparece, y sus funciones son reemplazadas por acuerdos voluntarios entre individuos, contratos privados, compañías de seguros y agencias de arbitraje. La justicia, la seguridad, la policía, la defensa, la salud, la educación, la resolución de conflictos y buena parte de las responsabilidades públicas quedarían sujetas a mecanismos de mercado. Responsabilidades privadas como el cuidado de los hijos, también.

La discusión se plantea en términos económicos. Se discute si un sistema sería más eficiente, más innovador o menos costoso. Se comparan incentivos. Se discuten mecanismos de asignación de recursos. Se modeliza. Se calcula. Se proyecta. Pero el problema de esta idea no es económico, es humano.

La anarquía de mercado parte de un individuo autónomo que organiza su existencia mediante acuerdos voluntarios con otros individuos igual de libres y autónomos. Y aquí aparece la dificultad. No porque considere irrelevante la libertad individual; todo lo contrario. Sino porque una sociedad está compuesta por una infinidad de cosas que anteceden a todo contrato. Porque una sociedad puede organizar intercambios mediante contratos; lo que no puede hacer es fundarse sobre ellos. No cuidamos a un hijo porque hayamos firmado un acuerdo. No dejamos de asistir a un familiar enfermo porque no sea rentable hacerlo. No protegemos a un anciano porque exista una cláusula que nos obligue a ello. No reconocemos la dignidad humana porque una compañía de seguros lo estipule en una póliza. No evitamos el asesinato para bajar una prima del seguro. Todas esas obligaciones son obligaciones morales que anteceden al mercado y al Estado.

"La anarquía de mercado es incapaz de reconocer que las responsabilidades fundamentales que sostienen a una civilización nacen en la empatía".

Las responsabilidades fundamentales que sostienen a una civilización nacen en un territorio más antiguo que cualquier contrato. Nacen en la empatía, en la familia, en la comunidad, en la cultura, en la conciencia de pertenecer a algo que nos excede y que no elegimos del todo. Pertenecen al ámbito de lo que significa ser un ser humano. La anarquía de mercado es incapaz de reconocer esta diferencia nada sutil y tan elemental. Además, una sociedad es también una red de obligaciones no elegidas. Nadie eligió a sus padres. Nadie eligió a sus hijos. Nadie eligió la lengua que habla. Nadie eligió la generación histórica en la que nació. Nadie eligió las deudas culturales, morales y simbólicas que heredó. Sin embargo, somos lo que surge de esas realidades no elegidas. La libertad individual extrema parece buscar olvidarse de esa herencia elemental.

Por eso me parece importante enfatizar la palabra amoralidad. No inmoralidad. Amoralidad. La diferencia es decisiva. Una sociedad inmoral todavía reconoce lo que está bien del bien y lo que no. Puede equivocarse. Puede corromperse. Puede elegir mal. Pero continúa conociendo la diferencia. La amoralidad es otra cosa. Es el momento en que la pregunta deja de ser relevante. Es cuando se reemplaza el ´qué debemos hacer' por el 'qué conviene hacer'. Cuando deja de ser quién merece protección y pasa a ser quién puede financiarla. O su salud. O su educación. Cuando dejamos de asumir la responsabilidad que tenemos frente a los más vulnerables y sólo nos preguntamos qué cobertura poseen y cómo nos desentendemos de ellos. Es cuando esa lógica contractual desplaza a la lógica moral. Cuando dejamos de hacernos la pregunta sobre qué cosas nos debemos unos a otros, aunque no hayamos firmado nada.

Nación

Una Nación no es un contrato. Una patria tampoco. Hay algo en la pertenencia colectiva que antecede al intercambio y que sobrevive a él. Por eso palabras como comunidad, solidaridad, memoria, patria y bien común le generan tanto enojo a esa visión tan contractual y amoral de la vida.

El mercado puede determinar cuánto vale algo, pero no puede –y no debe– establecer qué merece ser protegido. Puede asignar precios, pero no puede –y no debe– crear valores ni sustituir los existentes. Puede organizar intercambios, pero no puede –y no debe– reordenar el funcionamiento de una comunidad. En verdad, ocurre todo lo contrario. Las sociedades existen porque reconocen obligaciones anteriores a los contratos. Escriben una Constitución porque deciden comportarse como sociedad. Escriben leyes para convivir como individuos sociales, libres pero sujetos a obligaciones no contractuales. Viven en comunidades porque aceptan responsabilidades que no dependen de su rentabilidad. Porque entienden que existen seres humanos cuyo valor excede el de cualquier cálculo económico.

Cuando una sociedad comienza a olvidar esto, el problema ya no es la desaparición del Estado; es la desaparición de aquello que nos permite seguir llamándonos sociedad. Que nos permite seguir llamándonos humanos.

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